¿Se acuerdan de la película Rebeldes con Causa? Donde sale John Travolta, si no es así ojalá puedan verla, van a pasar un rato muy agradable.
Y algo así es lo que a veces nos sucede.
Siempre he pensado que si vas a hacer algo, utilices la razón y no el simple impulso.
Pero a veces la vida te da oportunidades únicas en donde si analizas demasiado y reprimes tus deseos, esa oportunidad se pasa de largo y nunca volverá y se quedará una frustración muy grande.
Así me pasó hace muchos, muchos años, donde tuve la oportunidad de hacer algo y por pensar tanto la cosas y exagerar de prudente, al final, todo salió peor…hubiera sido mejor pedir perdón que pedir permiso.
La edad, el valor, la madurez y la falta de culpa, te hacen avanzar, crecer, mejorar, arriesgarte y tantear el camino sin tantos miedos.
Así nos pasó hace unos años. Desde que llegamos a vivir a este fraccionamiento donde hay un bosque, empezamos a festejar el cumple de mi hijo más pequeño con una gran elotiza. Invitábamos a sus amigos y a las familias completas de ellos.
Imagínense cuánta gente!, nos la pasábamos súper bien, en un ambiente súper relajado, donde todos iban y venían y siempre se sintieron en su casa.
La dinámica era así: Se les invitaba al amiguito y a toda la familia a participar de la fiesta, se les pedía traer casas de campaña, sleeping bag y todo lo necesario para acampar en el bosque; sólo los niños y papás hombres estaban invitados a quedarse en el campamento. A cierta hora de la noche, después de la elotiza, se les acompañaba a los niños al bosque para instalar sus casas de campaña y ya estando instalados, las mamás, hermanitas y hermanitos pequeños se retiraban dejando al club de Tobi a su suerte.
¡Era una gran aventura!. Me acuerdo de esas épocas y me llena de tanta alegría el recordarlo. Todos se veían felices, traviesos, cómplices, con esa sensación de libertad que les dábamos a los niños, de acampar toda la noche “solos” en el bosque.
Según ellos contaban cuentos de terror, se iban a explorar con sus linternas en lo obscuro del bosque, pero regresaban a los 5 minutos porque sí les daba ñañaritas…qué risa.
Qué felicidad tan grande de una experiencia así y miren que yo lo viví desde afuera, porque como mamá, no me iba a quedar con ellos, sólo los papás hombres, para estar al pendiente de cualquier contingencia, más que nada con la fogata.
Los papás súper relajados los dejaban ser, simplemente se mantenían por ahí cerca en otras casas de campaña.
Llevaban bombones para asar, salchichas, golosinas, refrescos y chucheria y media.
Aaaaa pero cuando los papás sacaban la carnita para asar, bien que se arrejuntaban para pedirles un pedazo.
Eran los años maravillosos ni más ni menos.
Al día siguiente, les llevaba hot dogs o tamales para que desayunaran.
Lagañosos y hambreaditos iban saliendo de sus casas de campaña. Algunos con piquetes de moscos, otros con algún rasguño, pero todos muy felices de haber pasado una gran noche.
Les llevaba también pastel y le cantábamos las mañanitas a mijo. Con eso se cerraba el día y se despedían.
Así fue durante unos dos, tres años más. Los papás ya sabían la dinámica y era toda una experiencia maravillosa el acompañar a los hijos a instalarse para su noche de campamento. Nonono, algunos llegaban con navajas suizas con miles de aditamentos, brújulas, kit para acampar, repelente, silbatos, binoculares, no bueno, Indiana Jones se quedaba corto.
Pero el último año sucedió algo rotundamente inesperado.
Esa vez, mi marido formaba parte de la mesa directiva del fraccionamiento y se vio con el compromiso moral de avisar que queríamos hacer un campamento…grave error.
Todos los años anteriores habíamos hecho el campamento sin ningún detalle ni inconveniente. Jamás se le había pedido permiso a nadie y nunca hubo alguien que se quejara de nosotros por ruido o dejar algún desperfecto en el bosque. Eso si, eran muy cuidadosos con la fogata y de no dejar ningún rastro de basura o desperfecto. Todos estaban advertidos de no hacer desmanes. Y siempre todo fluyó en santa paz.
Pero la moral ganó y mi marido publicó en el chat de tooodos los vecinos, lo que queríamos hacer. Cosa que debió ser por lo menos en corto con el chat de la mesa directiva.
Así que empezaron a haber muchas opiniones a favor y otras en contra.
Fue un balde de agua fría para mi, porque sabía perfectamente que iba a ser el último campamento que se festejaría a mijo y más que nada por la edad, ya después no querría hacerlo y así fue.
Si no se hacía ese año, difícilmente sería después.
Le dieron un rotundo no a mi marido de hacer el campamento y la verdad se me rompió el corazón.
Me llenaba de coraje ver a gente malvibrosa sin quehacer, que nada les quitaba dejar que un grupo de niños se divirtieran sanamente. Muchos votaron a favor y por unos cuantos en contra, tuvieron que decir que no al permiso.
Obvio que por estar en la mesa directiva, no se podía dar un mal ejemplo o incumplir con ciertas decisiones.
Pero fue tanta la tristeza que vio mi marido en mi, que dijo…a la fregada la mesa directiva!, me vale que me corran, el campamento, la elotiza y la fiesta se va hacer!.
Fue todo un complot, se les avisó a los papás que estábamos sin permiso y que por eso cuando fuéramos a acompañar a los niños al bosque, teníamos que ir en silencio para que no nos descubrieran. Así tipo una misión suicida, todos llevando hieleras, cargando cosas, sillas plegables, todo lo necesario para que se instalaran, como un equipo encubierto a hurtadillas para no ser descubiertos.
Obvio la adrenalina era mayor, porque estábamos incumpliendo un permiso denegado. Que para mis pulgas yo no hubiera pedido permiso de nada a esas alturas del partido.
Y sí…así fue. Que hubo fiesta, elotiza, la gente disfrutó como siempre, nos fuimos al bosque a escondidas y los niños pasaron un gran campamento y nadie se dio cuenta.
Muchas veces es mejor pedir perdón, que pedir permiso. Y efectivamente, fue el último campamento que quiso tener mijo de cumpleaños en el bosque, en fin.