No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 13 años

DÍAS DE ESCUELA

   Eran casi las 8am y como siempre llegábamos raspando. En algunas ocasiones (no muchas) de plano nos dejaban afuera de la reja junto con otros niños que también llegaban tarde a la escuela. Y era muy vergonzoso porque no nos dejaban pasar hasta que tooodos los grupos pasaban por enfrente de nosotros y se acomodaban en sus salones después de la clásica formación por filas en el patio principal. Por supuesto que cuando no era nuestro caso uno pasaba frente a ellos con un pequeño dejo de satisfacción.  Qué gachos éramos verdad.

Estábamos en la primaria y la vida no era tan complicada, sólo se requería de una maestra y no de una o dos asistentes para poder controlar a un grupo de 54 alumnos. Y eso del llamado bullying no se conocía como tal, simplemente eran niños abusivos con los cuales uno aprendía a defenderse, no había enfermería ni mucho menos psicóloga que atendiera algún berrinche de alguna criaturita.

Había una maestra que le gustaba dar reglasos, mejor dicho, aplicaba la técnica del reglaso y por supuesto que era a los niños groseros o desordenados a los que les tocaba. También hubo un maestro que daba de gisasos, los aventaba con muy buena puntería y a veces hasta con el borrador les daba.  Ellos no se desgastaban tratando de convencer al escuincle de que se portara bien.  Así como antes, nuestras mamás no se desgastaban tanto con nosotros, pues ellas tenían la técnica del secreto de la chancla… Qué velocidad, qué rapidez, qué puntería.

Los salones eran amplios y ese olor a lápiz, gis y libro de texto eran inconfundibles.  No había clima y los mesabancos eran grises de una madera muy gruesa.  Y para la hora de entrada, recreo y salida tocaban la campana.

Mis hermanos y yo llevábamos unas mochilas de plástico duro tipo portafolio, la mía era naranja, eso era lo que se usaba al igual que las clásicas cantimploras semitransparentes  y rugosas. Y mi mamá nos mandaba siempre con nuestro lonch que por lo general era un sándwich de frijoles refritos y agua de limón.  A nosotros nunca nos dieron dinero para comprar en la tiendita a menos que quisiéramos algo en especial.  Pero aún así creo que yo regresaba con el dinero pues al no estar acostumbrada en comprar chucherías no me decidía por algo.  Y aún ahorita, me cuesta trabajo en decidirme por algún mugrerito, es tanta la gama de galletas y papas que hay que no me decido fácil por alguno.  Mejor no compro nada.

Pero vendían unas galletas saladas con salsa búfalo que eran lo máximo. Nomás que eso sabía rico en la escuela, si en mi casa me las hacía no me sabían tan ricas.

Y como nadamás teníamos media hora de recreo no quería desperdiciar ni un minuto de mi valioso descanso comprando mugreritos.  Me comía mi sándwich rápidamente o si no lo mordisqueaba nomás pues eso no era importante para mi, ni siquiera tenía hambre. Yo salía destapada al patio para jugar a la roña, los encantados o lo que fuera que sea corriendo, me encantaba correr y siempre fui muy rápida, nadie me alcanzaba. También me gustaba mucho jugar al elástico, era buenísima en eso, se necesitaba de agilidad y destreza para poder ganar.  En el juego de manos ni se diga, dominaba fácilmente cualquier combinación de palmadas.

Y aunque el jugar a las canicas era cuestión de niños yo también le entraba, y nos íbamos a los pinos en el patio trasero a apostar nuestras canicas.

Afortunadamente tuve unos muy buenos compañeros, donde el salón era muy unido, así que a la hora de jugar o compartir no importaba si era niño o niña.  Todo el tiempo era andar como chiva loca, y pues cómo no, si tenía que aprovechar mi tiempo al máximo.  Regresábamos al salón con los cachetes colorados y sudando a más no poder.  El salón siempre olía a escuincle correteado después del recreo.

Recuerdo perfectamente a mis maestras durante mi primaria, y hubo una con la que me tocó tres años. En tercero, quinto y sexto. Fueron los mejores años de mi primaria;  la queríamos muchísimo a mi maestra Maty.  Todo de ella me encantaba, su carácter, su nombre, la manera de dar las clases, lo joven y bella que se veía.  La admirábamos demasiado, así que nunca tuvo problemas con nosotros a pesar de ser un grupo muy numeroso.

Un día estando en clase llegó un señor al salón,  ¡ Y saludó de beso a la maestra Maty!…y todos…¡Uuuyyy!.  Creo que ahí fue la primera vez que sentí la pena ajena. No podía creer que “MI” maestra tuviera novio, esposo o lo que sea, y mucho menos que hiciera esas cosas. En ese entonces yo la visualizaba como mi maestra nomás y no como una señora cualquiera que pudiera hacer su vida hogareña.  Mi mente la registraba como una gran maestra y yo era su fan.  Y dije wauuu, las maestras también se casan.  En fin…gran descubrimiento el mío.

Y si…así fue. Disfruté de mi austera escuela, intercambie papas hechas polvo con otros niños, corrí como gacela por todo el patio, me soquetié a un niño en segundo que colmó mi paciencia y jugué retos a muerte con el elástico. Fui buena alumna pero en cuarto la maestra que daba reglasos hizo ver mi suerte. Admiré a mi maestra Maty y saliendo de sexto le dije adiós a mi escuela y a mis compañeros.

Pocos, menos de los que pueda contar con una mano he vuelto a ver.

Julio 2013

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