La noche llegaba y con ella un sin número de movimientos, sonidos y sensaciones. Vivíamos al lado de un pantano y toda una vida nocturna empezaba a despertar; los grillos, las ranas, las chicharras, los murciélagos y uno que otro búho también. A nuestro alrededor sólo teníamos a unos vecinos por un lado y por el otro a nuestro maravilloso pantano. Él nos susurraba por las noches, con sus sonidos característicos, y nos recordaba cada caer del Sol que ahí estaba…lleno de vida.
Por las mañanas, el paisaje del pantano era maravilloso, verde, exuberante y muy tentador para ir a explorarlo. A veces en el ambiente flotaban esas pelucitas blancas que al soplarle a unas florecitas en forma de esfera salían volando por todos lados. El aire las hacia volar a su antojo y era un logro el poder atraparlas.
Cuando era pleno verano, el calor vaporizaba y el ambiente se ponía cálido y húmedo. Sudábamos copiosamente mis hermanos y yo pero eso no nos importaba, no dejábamos de buscar alguna cáscara de chicharra pegada a un árbol, o de seguir un interminable caminito de hormigas hasta descubrir de dónde salían. Buscábamos ranas, gusanos medidores y perseguíamos garaballos. El calor apremiaba pero la curiosidad era demasiada y no podíamos perder la oportunidad de encontrar algo nuevo.
Por las noches el ambiente se tornaba fresco y húmedo. Y si era tiempo de lluvias, olía a tierra mojada. Al pasar la lluvia, el pantano siempre se manifestaba en todo su esplendor, los grillos y las ranas parecían que entonaban un magnífico concierto, y el croar de las ranas no era el clásico “Croac”. Estas eran diferentes; cantaban en sintonía en dos grupos, unas primero y otras después, y su croar era un “Uoooó”, “uoo”, “Uoooó”, “uoo”. A veces aumentaban su croar las ranas como tratando de no ser opacadas por los grillos y todo eso era un deleite para nosotros. Para algunas personas que llegaban a estar en la casa por las noches, era simplemente ruido, y nos preguntaban que cómo podíamos dormir así. Para nosotros el croar de las ranas siempre fue un arrullo en nuestros sueños.
En ciertas épocas del año, por las noches, podíamos ver esas pequeñas luces verdes tintileantes que volaban por todos lados. Las luciérnagas, son de esos animalitos tan preciados por su extraña naturaleza que es fascinante verlas danzar parpadeantes por toda la oscuridad, son nobles e indefensos, y nos encantaba poder atrapar alguna; la tomábamos con cuidado y la poníamos dentro de nuestras manos en forma de casita y por un oyito nos asomábamos para poder verlas. Nuestras manos resplandecían por dentro como si fuera luz de neón mientras sus patitas nos hacían cosquillas al caminar.
Y si…así fue, jugábamos de noche cuidando de que no nos saliera algún animalejo, tratábamos de piñatear con una escoba algún murciélago en el patio cuando volaban muy bajo, pero eran muy listos y ni siquiera pudimos tocar alguno; recorríamos todo el patio que era muy extenso y arbolado pero sin pasar los límites del pantano, pues a esas horas ya había mucho bicho extraño y ya no era conveniente estar ahí.
Después de la hora del mosco mi papá salía a la terraza a fumar su puro, y nosotros aprovechábamos las últimas horas permisibles para gozar hasta el último momento el estar afuera.
Julio 2013