Teníamos como 15 días para recorrer la gran Ciudad de México. La primer semana la pasamos en Reforma, cerca del monumento a la Revolución y la otra semana en el Ajusco, al sur de la ciudad.
Pero como mi marido tenía que estar de trabajo una semana antes de Navidad, mis hijos y yo nos aventuramos a recorrer la gran ciudad solos. Ya en otras ocasiones lo habíamos hecho, así que nada nos detenía. Al principio da un ligero temor, andar sola con dos niños. Pero gracias a que de adolescente salía con mis primos y mis hermanos a todas partes allá en México, aprendí a moverme mas fácilmente.
Mi esposo me decía…-Llévate el coche. Pero ahí si le zacateo un poco. Prefiero moverme en metro, tren ligero, autobús, trolebús, tren sub urbano o lo que sea.
El chiste es ponerse buso y que no le vean a uno la cara de turista desubicado. Agarrar fuerte a sus escuincles o que le sigan a uno rapidito el paso, sin que se ataruguen. Hay que saber a dónde ir, por supuesto. Así uno puede tomar el camino correcto. Enseñarles a los hijos las líneas del metro para que en una perdida de aquellas, Dios no lo quiera, puedan regresar a su destino.
Así que estando bien alertas, nos aventamos al ruedo. Visitamos muchos lugares: como el Castillo de Chapultepec, las trajineras de Xochimilco, el museo de Antropología, el Centro Histórico, la Villa de Guadalupe…que por cierto es algo digno de ver. Y lo que más atrajo mi atención no fue la Virgen misma, ella está igualita, como en cualquier foto, litografía, estampa o lo que sea. Lo que más me sorprendió y que se me hizo chistoso, fue que para ver a la Virgen, había que pasar sobre una banda de esas como las que hay en los grandes aeropuertos. Y lo hacen para que la gente no se “estacione” rezándole a la Virgen. Así que había una banda de ida y otra de regreso. Y era muy curioso el ver a la gente rezarle a mil por hora, mientras duraba el trayecto frente a la Virgen. Apenas se ponían en posición y se arrancaban a toda
velocidad…”Virgencitademividatepidocontodaelalmameayudesconlasaluddemimamacita….” y así muchos rezos más se escuchaban susurrar. Y como a muchos no les alcanzaba el tiempo para la rezada, pues se la agarraban a la vuelta y vuelta. Ahhh pero pregúntenme qué le recé yo…¡Pus nada!, andaba nomás de puro mexican curios viendo a los pobres fieles tratando de conseguir el milagrito. En fin…
Hemos visitado Six Flags, el Papalote y muchos lugares más. Pero el que más nos ha gustado y hemos ido varias veces, es al Campanario de la Catedral. De por sí la Catedral misma es impactante, con ese órgano tan imponente al que afortunadamente lo escuché tocar hace muchos años. Es algo alucinante, magistral, intenso. Ocupa toda la parte central de la Catedral.
Pero allá donde casi nadie ve, o donde uno no pone atención, está un módulo que dan visitas guiadas al Campanario. Cuesta como 15 pesos la media hora o más. Pero su recorrido es ¡emocionante!. Es como vivir la experiencia dentro de un castillo, pero no el de andar por sus pasillos, no, es andar por los pasillos y lugares secretos del mismo. Uno entra por una pequeña puerta que está a un costado de la entrada principal y se sube por una torre con una escalera en espiral. Así cómo la de los cuentos…hasta la torre más alta. Se llega a varios cuartos vacíos y uno en especial tiene una acústica perfecta, en donde si uno dice una palabra en una esquina, en la otra se escucha perfectamente. Pero más allá, se llega a las cúpulas da la Catedral, por pasillos, escaleras y vigas de madera, sorteando a cada momento una mala caída. Y ahí con su piso de ladrillo rojo como si fueran pequeñas montañas, se encuentran en cada torre todas las campanas, tan grandes y majestuosas. Cada una de ellas con su propia historia. De tamaños diferentes y de sonar distinto.
Fuimos testigos de la grandeza de ellas, pero también supimos que una campana fue la causante de la muerte de un hombre el cual no tuvo la habilidad suficiente para hacerla sonar. Y desde entonces la llamaron “La Castigada”. Estuvo por muchísimos años así, castigada sin poder tocar. Pero hoy en día ya no tiene el castigo y toca tan majestuosamente como las demás.
En esas visitas al Campanario, sólo se las muestran a uno y cuentan las historias de cada una de ellas. Pero ese invierno que fuimos, alcanzamos a llegar al último recorrido del día. Estaba obscureciendo y me desanimó un poco por no tener buena visibilidad. Pero cual va siendo nuestra sorpresa que en ese momento y estando al rededor de la campana más grande, la hicieron sonar…su sonido era ensordecedor, pero no como para taparse los oídos. Las ondas sonoras golpeaban nuestro cuerpo haciendo que vibrara cada parte de él. Fue una experiencia única, intensa y emocionante.
Y si…así fue. Recorrimos nuestro México y disfrutamos cada una de sus bellezas. Y aunque nuestra experiencia fue algo mística, el sonar de las campanas me hicieron recordar la intensidad de la vida.
12 años
LA CASTIGADA
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