¿Que qué se necesita para conocerlo?…yo pienso que unos zapatos cómodos nomás. Y el estar dispuesto a darse unos cuantos baños de pueblo también.
Hay muchas maneras de llegar ahí: en tu coche, en taxi, camión, turibus, pesera, taxicleta, etc, etc. Pero la preferida por mi y más rápida, es el metro. Todo un mundo subterráneo está ahí bajo nuestros pies, desde dos hasta tres niveles de profundidad. Es como un hormiguero gigante, con sus túneles, niveles y múltiples direcciones. Siempre me ha sorprendido su funcionalidad, los ríos de gente, la vendimia (hasta ropa y fayuca venden a todo lo que da) y esa extraña forma de vida tan despreocupada de los que están arriba. A mi como que me faltaría el aire después de mucho rato de estar ahí.
Así que desde donde uno esté, tiene que tomar la línea correcta hasta la estación Zócalo. Es impresionante emerger de la tierra y salir a una explanada enorme donde el Palacio Nacional y la Catedral la enmarcan. Al costado derecho de la Catedral se encuentra el Templo Mayor, que bueno, la verdad no es muy interesante de ver si es que ya antes uno haya visto las pirámides de Uxmal o Chichen-Itzá.
Todo un rebumbio de gente hay en el Zócalo. Siempre está lleno de vida: vendedores ambulantes, pintores caricaturistas o de los que pintan con gis en el piso, los que venden burbujas, avioncitos, globos y algodones. Todo un mercado ambulante hay ahí y no falta alguno que otro loco que ande haciendo huelga de hambre o grupos pidiéndole algo al gobierno. El “bara bara” y el “llévele llévele” es clásico por supuesto. Y ahí todos son “Seño” o “Wero”.
También se encuentra El Monte de Piedad, al cual nunca he entrado pero me da curiosidad. Dice mi mamá, que ahí hay de todo y que son varios pisos los que tiene. Un día voy a ir.
No sé si todavía dejen entrar al Palacio, pero ahora con lo del bicentenario daban visitas no guiadas pero si en grupos. Esa vez entré con mis hijos de pura chiripada y fue fantástico. Vimos todos los cuadros de los presidentes, sus pasillos, los salones, que si el Rojo, Verde o algún otro color, el mausoleo, en donde algunos de nuestros grandes héroes se encuentran ahí, entre todos, el cráneo de Miguel Hidalgo. Pasamos por el pasillo donde el presidente camina con la bandera cada 15 de septiembre para dar el grito de independencia. En fin, es un museo prácticamente.
Y la Catedral, pues es algo imponente, nomás con decirles que tardaron 200 años en construirla. Que por cierto se está hundiendo, ya que ésta fue edificada sobre el imperio Azteca. Todavía se puede ver un mega péndulo al centro de la Catedral el cual indica el grado de corrección que ha tenido. Tuvieron que provocar ligeras hundiciones hace más de 20 años para poder nivelar lo mejor posible toda la estructura. Y bueno, ya habíamos hablado del majestuoso órgano y de las visitas al campanario. Ahí dónde venden los boletos para el campanario, sería bueno preguntar a qué horas dan los recorridos en los que se tocan las campanas para que valga más la pena la visita.
Afuera, están los grupos de danzantes, con sus penachos, caracolas, tambores y sonajas. Eso me gusta demasiado, muero por ponerme un atuendo de esos y aprender a danzar como ellos. Sus sonidos me gustan, su ritmo, su intensidad. Y aunque hay de todo, el ver a muchos con ese cuerpo atlético tanto de hombres como de mujeres brincando y danzando incansablemente, es impresionante. Siempre me he visualizado así, como una guerrera, como una diosa azteca. Al fin que mi papá siempre dice que nomás me falta el penacho…en fin, un día lo haré.
Pero en cuanto a la comida ahí depende de gustos. A nosotros nos gusta un restaurante que muchos no darían ni un quinto por él, es comida económica el cual está abierto las 24 horas y siempre tienten gente. Se llama “El Popular” nomás con eso les digo todo. Pero su comida es rica, casera y el vivir la experiencia es interesante. Tienen pan de dulce muy antojable y nata. Éste se encuentra en la calle 5 de Mayo a unas escasas dos cuadras de la Catedral. Pero hay un restaurante español muy recomendable en la calle Uruguay número 18. Se llama “El Castellano”, abren después de la una creo y hay dos secciones: el piso de abajo es para pedir a la carta y más finolis el asunto. Pero por un pasillo que se encuentra a su costado izquierdo, uno sube a dos o tres pisos más de puro restaurante. Ahí sin ser de menor prestigio se sirven platillos españoles y lo hacen como en 4 ó 5 tiempos. Vale la pena ir y con mucha hambre.
Y si…así fue. Uno no termina de conocer y descubrir tanto de lo que nuestro México nos tiene. Y aunque no sea de mucho mundo el andar entre las calles abarrotadas de gente y el tener que andar a las vivas, el corazón de México siempre está latente.
12 años
EL CORAZÓN DE MÉXICO
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