No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 12 años

LA CASA EN LA PLAYA

En tiempos de abundancia, tuvimos la oportunidad de gozar ciertas cosas. Tal vez no nos dábamos cuenta y a la vista de otros era demasiado. Pero mis padres, siempre fueron las mismas personas: trabajadoras, luchonas, serviciales, caritativas y humildes. Eso es muy importante, la humildad ante todo, tengas poco o mucho, se humilde. Ellos vinieron desde abajo y supieron manejar un negocio como equipo. Mi papá hacia negocios, buscaba proveedores, conseguía clientes y nos mantenía. Y mi mamá le ayudaba con el cargo de la casa: los niños, las escuelas, idas y venidas, el surtir la mercancía diariamente, porque en casa teníamos bodegas, el arreglar la mercancía dañada, era un trabajal.
Y algo de lo que aprendí de todo esto, es que no debe de existir una rivalidad o competencia de poderes y liderazgos entre la pareja, cada quién cumple con su papel en la medida que uno puede. Son valores entendidos, pues tanto mi mamá como yo ahorita, podría decirse que somos personas improductivas económicamente. Más sin embargo el estar apoyando al marido sin verlo como una competencia, vale más que todos los ingresos extras que uno pudiera adquirir. Sería padre que algún día pudiera aportar otro ingreso, pero lo poco o mucho que fuera, jamás sería una competencia, rival, o punto de discusión de quién gana más. Somos un equipo.
Así que durante esos tiempos boyantes, mis papás tuvieron la oportunidad de construir una casa en la playa. Se hizo de dos pisos tipo colonial, con una terraza enorme que daba a la playa, teníamos hamaqueros y todo aquel que ganara una hamaca, difícilmente podían bajarlo.  Mi papá acostado en una de ellas y con la brisa del mar y las dormidotas que se daba, decía….”Ahhhhy, que caigan plátanos, pero pelados”. Era pura vida.
La casa no era muy grande, tenía dos recamaras, 3 baños, sala comedor cocina, y otra tipo terraza más grande en lo que se supone que era la cochera, así como que en desnivel. Un asador en el patio trasero con vista al mar.
Esa casa aún estando en obra negra, íbamos a calentar el lugar, y entre los escombros, la familia y amigos llevábamos de comer y nos la pasábamos muy bien.
Ya estando terminada fue aprovechada bastante. Los fines de semana ahí nos íbamos y siempre había visita. En vacaciones, se llegaron a juntar unos amigos de Pachuca, unos primos de México y otros amigos de allá también. En total fuimos 5 familias contando la nuestra y otros de Tampico.
Dormíamos dónde podíamos, los chavos nos la pasábamos libres en la playa, íbamos y veníamos y cada quién comía como podía. Los juegos de mesa abundaban y teníamos buenos partidos con el Maratón y el Pinta Monos. No había televisión ni radio, así que nos la ingeniábamos para pasarla bien.
La casa en la playa fue tan compartida, que hasta sacaban cita para pedirla prestada a familiares y amigos.
Por supuesto que muchos de nuestros amigos llegaron a ir. Pura chaviza de 18 en adelante. Todavía mi esposo alcanzó a conocer la casa he ir ahí. Y en una de las primeras visitas como novio oficial, andaba con un matamoscas tratando de cazar una mosca latoza. Todos estábamos en el garage, algunos comiendo, otros platicando unos iban y venían, el caso es que éramos muchos. Pero en una mesa estábamos jugando tres personas más y yo al Scrable.  El juego ya estaba casi cerrado, no había espacio dónde acomodar las últimas letras y la puntuación estaba reñida. En eso, la mosca se para sobre el tablero y….¡ZAZ!, mi marido da un golpe certero para matar a la mosca y tooooodas las fichas salieron volando…..yo creía que eso sólo pasaba en las películas, pero ya vi que no. Y lo único que se oyó al unísono fue…¡BETOOOO!
Creo que no fue muy audaz de su parte, siendo que todavía estaba en el proceso de quedar bien con la familia. Lo bueno fue que sacó el cobre desde el principio y ya todo mundo lo conoce. Por eso, fue bueno conservarlo…seeeee.
Creo que unos tres años más pasaron y la casa de la playa se tuvo que vender. Fueron tiempos difíciles, pero siempre con los pies bien plantados sobre la tierra. Nos gusta la buena vida, pero también sabemos vivir en la austeridad.
Y sí…así fue. Esa casa de la playa se gozó bastante, se compartió con familia y amigos. Cada uno la sintió como suya, y fue tanto el deseo y la ilusión de tenerla, que fue de ellos de corazón. La gente se sentía libre de hacer lo que quisiera, como si fuera parte de su propio hogar.

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