No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 12 años

UNA HISTORIA MÁS

    Siempre, desde que era chica, me gustaba que me contaran historias. Pero de las reales, las verdaderas. En especial las de mis abuelitas, pues era transportarme a un pasado tan lejano y sorprendente, por su forma de vida y época.
    Me contaban sus aventuras y desventuras. De cómo vivían de niñas, de cuando se casaron y tuvieron hijos. Había tanto que contar, que me gustaba el ver sus ojos transportarse a aquella época. Miraban a lo lejos tratando de rescatar esos recuerdos. 
    A veces, esas miradas eran tristes, pues tocaban recuerdos que en su momento les hicieron daño. Más yo procuraba girar un poco el tema y no revivir momentos tristes. 
    Nostálgicas, alegres, simpáticas y a veces rencorosas, así eran ellas, cargando toda una vida a cuestas.
    De hecho, la historia de mis padres me parece muy lejana: su infancia, sus juegos, la escuela, sus amigos, su modo de vida tan distinto. 
    Todo es muy interesante, se va creando historia en la propia familia y no aquella de los libros que se cuentan de grandes héroes. Yo tengo a mis héroes y heroínas, que acertados, equivocados o no, han dejado huella en su camino. 
    Muchas veces nos gusta que nos cuenten la misma historia, como si al volverla a platicar fuera a pasar algo diferente o inesperado. Otras, nos las sabemos de memoria. Pero aquellas, que con el paso del tiempo van saliendo de la nada, son sumamente interesantes. Comprendo, que a veces es por la complejidad del tema, que tal vez de chicos no nos la habían contado, porque no la hubiéramos entendido. No era su momento de ser contada y hoy en día, mis padres siguen sorprendiéndome.
    Ahora ha sido mi turno de contar mis propias historias a mis hijos. Pero me he ido más allá de ellos, porque decidí compartir todas estas historias con ustedes. Gusto que me da enormemente el poder compartirlo y que lo hagan suyo en sus propias experiencias.
    Todo es real, nada creado ni inventado. Procuro ser lo más transparente posible, no importándome si me expongo o no, soy humana, con cualidades y defectos. No tengo de que avergonzarme. Es parte de mi historia nada más.
    Y a pesar de que el tiempo ha pasado y ya no tengo niños pequeños para leerles cuentos en la noche. Tengo a dos adolescentes en plena edad de la punzada, que me piden por las noches que les lea una historia más de mis propios escritos. 
    Que gran satisfacción es tener en casa a mis lectores favoritos,  ansiosos como niños pequeños para que les lea un escrito. 
    Después de haberse bañado y cenado, la condición es, de que se suban rápido para meterse a la cama y poder leerles algo. Y si aparte les pongo aceite de Melissa, más grato es el relato. 
    Sentada en una silla, en medio de las dos camas y a media luz, primero rezamos, luego les pongo Melissa y les doy su beso. Y ahora si, me piden que les lea una historia más. Se acurrucan y sus miradas se pierden en lo profundo del cuarto, tratando de imaginarse cada palabra que les digo, sonríen, están atentos y a veces se mueren de risa. Pienso, que es uno de los mejores momentos del día.
    Y sí…así fue. Grandes anécdotas tenemos cada quién. Hechos reales y fantásticos que nuestros padres y abuelos hicieron. Experiencias lindas, simpáticas, locas, descabelladas, pero todas ellas originales y únicas.

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