Hacía mucho frío y todavía faltaba un largo camino para poder llegar a nuestro destino: La Ciudad de México.
En aquel entonces, viajábamos en una camioneta con camper, mis papás adelante y mis dos hermanos mayores y yo atrás. Éramos muy pequeños, posiblemente tendría yo unos 5 años. El frío era insoportable, así como las náuseas por tanta curva en el viaje. Cerramos las ventanas y nos tapamos con cobertores, sólo queríamos dormir para evitar el mareo. Y no siempre fue así, solíamos cada quién estar frente a una ventana abierta y ver el camino por largo tiempo hasta que nos diera sueñito. Casi podíamos reconocer cada lugar por el que pasábamos, ya que cada año en Navidad regresábamos con la familia a México.
Ese año fue diferente, el olor al escape de la gasolina era mucho y nos revolvía el estómago. Por eso optamos en dormir para no sentir náuseas. En ese momento al tener todo cerrado, la cabina se había convertido en una cámara de gas. No teníamos comunicación con nuestros papas, pues, dos cristales gruesos de ambas cabinas nos separaban. Sólo nos podíamos ver.
Se hizo de noche y llegamos por el norte a lo que es la Ciudad de México. Y ahí vimos a unos primos que mis papás saludaron en la calle. Mis hermanos y yo logramos incorporarnos y quisimos saludarlos a través de las gruesas ventanas verdes, más no nos escucharon e inmediatamente nos volvimos a dormir.
Tuvimos que atravesar toda la ciudad para llegar al sur, a la casa de Tepepan, allá en Xochimilco.
Mis papás creyendo que todavía dormíamos, llegamos justo a tiempo a Tepepan. Más su impacto al ver que no reaccionábamos para que nos bajáramos de la camioneta fue devastador. Al principio creyeron que estábamos bien dormidos, pero al ver que me estaba saliendo espuma por la boca vieron que algo grave sucedía y actuaron inmediatamente. Con gran rapidez nos llevaron a un hospital y sólo recuerdo voces alteradas y que alguien me llevaba cargada corriendo para entrar al hospital.
Al día siguiente, desperté en una camilla con unos tubos en la nariz. No me dolía nada, más lo único que me preocupaba era que se me estaban saliendo los mocos como agua y no podía limpiarme bien la nariz. Mi suéter lo dejé todo embarrado y al tratar de incorporarme, veo que en los cubículos a mis costados estaban mis hermanos igual que yo, con tubos en la nariz. Se despertaron y al vernos con cosas chistosas en la cara nos reíamos sin tratar de hacer mucho ruido…niños al fin.
Recuerdo haber visto a mis papás con cara de angustia cuando fuimos corriendo hacia ellos en la sala de espera. No sabía porqué, si mi felicidad de verlos era mucha. No sé mis hermanos, pero creo que no tuvimos miedo de estar solos ahí pues ya nos habían dicho que mis papás estaban afuera.
Pasaron muchos años y un día haciendo recuento de lo ocurrido, mi papá nos dijo que el doctor lo había regañado, que porque eso podría haber sido una tragedia. Lo escuche, pero aún así no lograba comprender lo grave del asunto. Para mi, fueron muchas náuseas y dormir para evitar el mareo.
Más ya estando casada, un día que estaba viendo un documental a cerca de lo que le puede pasar al cuerpo humano por falta de oxígeno, me impactó. Hay una serie de etapas, por así decirlo y la última de ellas es cuando la persona empieza a fermentar y salirle espuma por la boca, después viene la muerte.
Pero todavía no.
No vi un túnel, ni luz blanca ni nada de eso. Era muy pequeña para estar consciente de eso. Y ahora me doy cuenta de la gran oportunidad que Dios me dio para seguir aquí. Para poder vivir una vida plena, para poder corregir mis errores una y otra vez y seguir dando gracias por estar aquí.
Y sí…así fue. Sé que va a ser doloroso el que mis padres vuelvan a revivir esto. No acostumbro a escribir tragedias. Más sin embargo, es parte de mi historia.
Lo único que quiero compartir, es que a veces, no está en nuestro conocimiento el luchar por nuestra existencia, para eso tenemos el poder de la oración de nuestra familia, para continuar en este mundo. Pero cuando ya somos más maduros y nuestra vida pende de un hilo, la mayor parte de ese milagro de seguir aquí, depende mayormente de nosotros mismos.
Dedico un gran reconocimiento de valor y coraje para seguir aferrada a esta vida, a esa gran guerrera que es mi mamin. Una sobreviviente más que venció al cáncer.
11 años
TODAVÍA NO
Some HTML is OK