Ese es el lema del salón de yoga donde trabajo. Orgullosamente puedo decir que yo lo puse como eslogan y fue algo pensado a conciencia y no como algo que se oyera padre nada más.
Desde un principio, pensamos en ser congruentes con lo que fuéramos a ofrecer y aunque vivimos en un mundo en donde los números y las ventas sobrepasan la importancia de lo que uno está ofreciendo, hemos puesto en alto la calidad de nuestros servicios y poco a poco se van viendo los resultados. La gente sale contenta de sus clases, siempre con una sonrisa y esperando pronto su siguiente visita.
Armonía y muy buena vibra es lo que se respira en el salón. Todos nuestros maestros son excelentísimos y nuestro pequeño equipo de trabajo ni se diga. Hemos puesto nuestro corazón ahí, que pienso yo, vale más que cualquier otra cosa.
Hemos estado logrando ese equilibrio personal, del cual estamos ofreciendo a nuestros alumnos.
Son cosas que se notan y que la gente te dice…”que bien te ves…se ve que estás a gusto con lo qué haces…estás feliz”. Es algo que se proyecta y no es como los que suben selfies a cada momento anunciando lo felicísimos que están.
De hecho, una de nuestras alumnas ha estado tan contenta con nosotros y con sus clases de yoga, que su mismo doctor le ha dicho…”la yoga que estás haciendo no la dejes, porque te veo mejor que nunca”.
Queremos ofrecer salud, bienestar, tranquilidad, serenidad, fuerza, resistencia, agilidad y ese equilibrio emocional en tu vida que tanto buscamos.
Y bueno!, tal vez muchos se preguntarán, ¿para qué sirve la yoga en tu vida?. Eso mismo me cuestionaba antes de incursionar en este medio. Es más, ni siquiera le daba la importancia que debía porque la desconocía totalmente. Era algo que veía como una práctica algo sosa y que me llevaba a formar parte de un mundo de yoguis medio extraños.
Pero no fue así, tuve la gran sorpresa de encontrarme con una práctica que lo conjunta todo: fuerza, resistencia, elasticidad, agilidad, concentración, serenidad y determinación.
Es una práctica donde empiezas a romper con todos tus miedos. Tal ves en un principio sean miedos a no caerte, a poder hacer un parado de manos, a no perder el equilibrio…pero es algo que indirectamente se refleja en tu vida. Aprendes a perder el miedo a la determinación en cuanto a tus proyectos, a tus decisiones, a ser más asertivo en lo que haces…logras vencer tus propios miedos.
…El otro día, me tocó clase con una de nuestras maestras, que es muy dura por así decirlo. Ella es de la vieja escuela, sin tantas contemplaciones ni tan condescendiente. Es buenísima en lo que hace y por eso mismo te exige para sacar lo mejor de ti. Así que estando en su clase, estuve todo el tiempo calladita, haciendo mi mejor esfuerzo. Pero en una de esas, me pone de espaldas contra la pared pegada completamente, con las piernas abiertas y los brazos también haciendo una estrella y me da la indicación de que gire mis pies hacia un costado y que rote solamente mi cintura, hasta quedar con mi cara frente a la pared y mis brazos extendidos en todo lo ancho. Aparentemente era casi imposible hacerlo, pues al no tener suficiente apoyo en los pies y al hacer una torsión total en mi cuerpo, perdía el equilibrio y me caía.
No puedo decir que me puso una regañiza, pero algo cercano a eso estaba y fíjense, bien curioso, estamos tan acostumbrados a rezongar, que hasta parece ser deporte nacional en donde sea. Lo hacemos ya hasta involuntariamente, el justificarnos por cualquier cosa y lo que es peor aún, el hacernos los ofendidos. Así que pude acordarme de todo eso y solo me limité a seguir instrucciones con ganas de decirle “¡Pero es que…!.
¡Pero nada!, que me calla mi subconsciente, tú puedes!, ¿no que querías equilibro?, ahí está!, demuestra que sí se puede y no nomás andes diciendo de cosas!.
El caso es, que después de toda la pachoteada, por no decir toda la pedorreada que me pusieron, me di cuenta que así como los quebrados y la regla de tres simple, que al parecer son de lo más inútil, a final de cuentas son cosas que nos sirven en la vida diaria.
Pues han de ver que el fin de semana pasado, nos pusimos mi hijo, mi esposo y yo a pintar la cocina. Y no saben de cuánto me sirvió la yoga. Para empezar pude estar agachada, hincada y flexionarme constantemente sin problema alguno. Pero lo más sorprendente, fue cuando tuve que estar sobre de una escalera de tijera y sin perder el equilibrio, tenía que hacer la misma torsión que la maestra me había pedido. Tenía que alcanzar la unión de la pared con el techo sin estar jalando y jalando la escalera. Me sentí muy contenta de poder hacerlo sin el mayor esfuerzo. Jamás me imaginé que en algún momento de mi vida, aplicaría esa torsión que me habían enseñado y que la verdad para mis adentros, en ese momento, se me había hecho completamente innecesario.
Y sí…así fue. Que hemos de buscar nuestro propio equilibrio en todo lo que hacemos. Buscar ese balance perfecto, entre el trabajo, la familia y los amigos.