Cuántas veces hemos perdido algo y no nos damos cuenta que está ahí en frente de nuestras narizotas.
-Mamiiiii!, dónde está mi playera
gris?.
-Ahí está en tu cajón.
-Nooo, no está!
-Checa bien!, ahí debe de estar
en su lugar.
-Que no estaaaa!, no la veo.
-Y si voy y la encuentro, qué te
hago?!!!.
¡Me cachis!, ahora entiendo ese arte de la aparición espontánea que tienen las mamás. Porque aparentemente donde no hay nada, pufff!, ¡aparece!.
!No lo busco!, decía mi hermano en ves de decir “no lo encuentro”. Hasta para eso se vuelve uno medio tontin y no podemos decir bien las cosas.
Pero en grados de aparición en una familia, los primeros en no encontrar las cosas son los hijos, luego siguen los maridos y al final las mamás.
Sólo que a diferencia de los hijos que le preguntan todo a la mamá, los maridos pueden morirse en la raya, tratando de encontrar lo que buscan sin preguntar nada. Como si el hecho de preguntar y buscar al mismo tiempo, fuera demasiado para una sola actividad mental.
En vez de eso, buscan por toda la casa revolviendo todo como desesperados…
-¡Gadamadre!!, che..cable!, me lleva!…
Entre unos que otros resoplidos y demás.
Peeeero, son muy predecibles. Hacen cosas que uno ya sabe perfectamente lo que quieren, casi casi como leerles el pensamiento.
-Oye…
-Aquí está tu cepillo!.
Y no es que nos las demos de muy picudas, pero digamos que somos bastante perceptibles y observadoras.
Pero a pesar de lo habilidosas que podamos ser, se nos han perdido nuestros hijos en nuestras propias narices!.
Eso le pasó a mi mamá una vez. Tenía a mis dos hermanos mayores muy chiquitos y estando en una tienda de ropa que se le pierde el más chico…
-¡Luisito!, ¡Luisitoo!, dónde está Luisito!!!
La pobre buscaba desesperada por entre la ropa, siendo que traía a Luisito cargando y no se había dado cuenta…en fin.
A mi por lo general, siempre se me anda perdiendo mi hijo el más chico. Y aunque ya está grande y más alto que yo, tiene un tino para que no lo vea aún teniéndolo ahí cerca.
Es como ver sin ver. Eso me pasó ayer, que entré a un restaurante buscando a mi marido y no lo vi y estaba ahí frente de mi, sentado en una mesa con mi otro hijo.
La verdad no se necesita estar uno tan exquisito como para no verlo. Simplemente nuestra mirada pasa por encima de todo sin poder ver.
Pero qué les digo de uno mismo!. Solitos nos hemos perdido alguna vez y a veces de la manera más tonta.
Es lógico que si eres nuevo en una ciudad, te vayas a perder fácil verdad?. Pues para evitar eso, mi esposo me dijo hace ya 12 años que llegamos a Monterrey, que no me preocupara y que nada más buscara el Cerro de la Silla y le diera para allá, no importara qué camino fuera, sólo que me llevara para allá, pues ahí, a faldas del cerro es donde vivía.
Lo curioso es que muy pocas veces me medioperdí, algo así como estar perdido y encontrado pero sin daño permanente.
Pero, a pesar de tantos años y de poder librar caminos tan enredados y lejanos que pueda haber acá en Monterrey, resulta que un día me perdí en un estacionamiento. Ohh Sii, ahí como la ven, me perdí en un estacionamiento. Y más que estacionamiento, yo digo que es un vórtice del terror!, ¡un bucle sin fin!!.
Déjenme les cuento…resulta que es un estacionamiento como todos, que es en espiral y lo más lógico es que si vas por toda la periferia vas subiendo y bajando en cuadro, verdad?. Pero éste no. Tiene un piso y otro conectados infinitamente!. Son como cuatro pisos y se conectan el primero con el segundo y el tercero con el cuarto y de ahí no sales a menos que sepas realmente por dónde salir.
Lo peor del caso, es que he ido mil veces y ese día no sé qué me pasó, que no podía salir del vórtice del terror!. Ya para la tercera vuelta que le di y llegar al mismo lugar, me estaba desesperando y ya no sabía si era un dejavú o el día de la marmota. Parecía de locos!
Así que paré y respiré profundamente, -tranquila-, me decía, -no te desesperes-. Y en eso, cómo si hubiera sido una revelación, vi un camino central dentro de ese bucle sin fin, que era el que me comunicaba entre cada piso sin quedarme ahí. Hasta parece que vi la luz, pues parecía que estaba segada en mi desesperación. En fin…no morí ahí.
Y sí…así fue. Que ha veces nos perdemos muy fácil, pero no tanto, porque lo más curioso es… que estamos aquí para contarlo.
8 años
PERDIDOS Y ENCONTRADOS
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