No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 13 años

TEPEPAN

Así es como le llamábamos a la casa de mi abuelita paterna, pues ese era el nombre de la colonia allá en Xochimilco donde vivía. Tenía una gran barda de piedra volcánica y su patio grande siempre tenía un olor fresco a romero y pino muy característico. La casa era como una pequeña hacienda en forma de herradura.
Ahí pasábamos nuestras Navidades año con año, pero nuestra fiesta en grande era la del 25 de diciembre en donde se juntaba toda la familia de mi mamá junto con la de mi papá.
Pero para esto desde un día antes, había que comprar todo para la pachanga; así que nos íbamos al mercado de Xochimilco a surtirnos de todo. Chicharrón, longaniza, papas, tortillas, etc. Y también se mandaba pedir un borrego porque se hacía barbacoa de pozo. Era todo un show.
Ya para la noche del 24 mi papá y sus hermanos se ponían a preparar el pozo para la barbacoa. Creo que nunca he escuchado que se mensearan tanto como en ese momento;  era “su momento”. Peero, ahí de aquel niño o fémina que se acercara porque se lo agarraban de su achichincle.  Ellos núnca pudieron ir por la sal,  uno le decía al otro “la sal” y el otro se lo decía al otro “la sal”, así que terminaban pegando de gritos para que alguien les llevara la sal.  Era muy interesante ver como preparaban el pozo siempre y cuando no nos estuvieran pidiendo la sal, los cerillos, el cuchillo, un trapo…
El pozo se encontraba al fondo del patio, por eso era hiper odioso estar yendo y trayendo cosas a la cocina y más con un frío de aquellos. Le prendían fuego y quemaban las pencas de maguey para ablandarlas, las acomodaban en capas y ponían la carne encima, siempre fue todo un arte y algo que realmente disfrutaban mucho los señores hacer.
Se dejaba toda la noche cocer y ya para el mediodía que es cuando llegaba la gente se destapaba. Era todo un acontecimiento y siempre se daba abasto para toda la familia que iba pues se llegó a contar 80 personas. Recuerdo que se ofrecían también tacos de papas con longaniza y tacos de chicharrón, refrescos y muchas cheves.
Después de la gran comilona se partían las piñatas, de esas clásicas de barro rellenas de cacahuates, colación, caña, jicamitas, dulces, mandarinas y tejocotes. Yo siempre creí que los tejocotes eran para aventarse y que por eso los echaban a la piñata, pues ya cuando les tocaba el turno de los adultos de partir la piñata, se lo agarraban a tejocotazos a la hora de darle.
A los niños nos ponían confeti en nuestra piñata, pero a la de los adultos se le ponía harina. Era toda una verbena, rostros sonrientes, re encuentro de familias y mucha diversión. Después de las piñatas todos nos poníamos a jugar, el clásico era el de brincar la reata, tenían una reata muy grande y gruesa que sólo entre dos adultos podían hacerla girar.  Me encantaba ver a mi mamá con qué astucia brincaba la reata y cuando le hacían el “carne, chile, mole, pozole” nunca perdía. También jugábamos a los Calabaceados que era mi favorito, y a muchos otros mas.  Familias de todas las edades nos divertíamos por igual.
Que tiempos aquellos….

Febrero 2013

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