En ese entonces teníamos 6,5 y 3 años respectivamente mis hermanos y yo. Jugábamos en un patio el cual yo veía enorme, era de cemento y tenía una barda muy grande. Tenía una reja de fierro y un gran árbol de mango que nos proporcionaba mucha sombra, y bajo ese árbol había un pequeño chapotiadero de cemento y a lado estaba estacionado un carro viejo todo oxidado que me supongo era de los dueños de la casa.
Ahí vivíamos, a lado de un panteón, en una casa de un piso con sótano el cual semejaba a un búnquer pues se parecía a esos lugares donde se resguarda la gente cuando llega un huracán. Ese lugar era misterioso y sólo mis papás podían tener acceso ahí pues el simple hecho de levantar la puerta era peligroso para nosotros. Y más que nada lo utilizaban como bodega. Digo, nunca tuvimos miedo, pero pensándolo bien ese sótano estaba a la altura de las tumbas que estaban enterradas a lado uuuuy!
Nunca tuvimos miedo porque mis papás nunca nos inculcaron miedo, era muy natural para nosotros vivir a lado de un panteón.
De hecho hay un restaurante de mariscos muy famoso del otro lado de la avenida donde aseguran que “ahí se está mejor que en frente”. Y tienen toda la razón.
En esa casa teníamos una perra que se llamaba Muñeca, era una perra corrientita de mediano tamaño color canela y la verdad no recuerdo cómo llegó a la casa pues desde que tengo uso de razón ella ya estaba ahí. Siempre atenta a cualquier cosa ella nos vigilaba día y noche. Le gustaba comer mangos y era una lucha a muerte el tratar de agarrar los mangos; mi mamá con un palo largo los tumbaba del árbol y nosotros teníamos que estar bien abusados de tratar de atraparlos en el aire porque si caían al suelo la Muñeca corría y los mordisqueaba para que no se los quitáramos. Al final ella se quedaba con sus mangos mordidos y luego se los comía.
También le gustaba comer paleta y más cuando se la daba yo, era una chupada yo y otra ella, una yo y otra ella y así….éramos muy compartidas.
Y después de un día de fiesta sabíamos cuántos globos se había comido pues a la hora de ir al baño la delataban. Ella fue uno de los perros que dejó mas huella en nuestra vida.
A parte de los vecinos tiesos y callados que teníamos por un lado, por el otro teníamos unos que ya eran muy grandes, era un matrimonio francés muy amable, su casa era muy extraña y misteriosa, y era algo obscura por dentro. De echo ellos fueron los que me regalaron ese Piolinzote cabezón que daba miedo (bueno, les daba miedo a mis hermanos).
Por las tardes mi mamá nos sacaba a pasear, nos llevaba a dar unas caminaditas por ahí y a veces, sólo a veces nos metíamos al panteón a jugar. Era muy emocionante ver aquel lugar, con tantas tumbas, nichos, capillas y caminitos; todo era fantástico para nosotros y nunca nos dio miedo. En lo personal me gustaba ver las tumbas blancas todas diferentes, unas viejas otras no tanto, con sus flores de colores, con sus formas extrañas todas garigoleadas y ese aire fresco que recorría todo el lugar por tanto árbol que había.
Y más que jugar era pasear por aquel lugar, admirar esa extraña belleza y sobre todo respetar a los que ya descansaban ahí.
“No llenes las tumbas de flores, llena de amor los corazones. En vida hermano, en vida”.
Marzo 2013