Cuando llegaban los domingos por lo general íbamos a la playa, y no era nomás una salidita y dar la vuelta, no claro que no; mi mamá que era la que movía el pandero, siempre hacía ricas tortas de jamón, agua de limón y hasta el clásico salpicón que a todos nos gustaba. Subíamos a la camioneta hielera, carpa, sillas, mesas, botana, refrescos, pelotas, una banana inflable y hasta una lancha inflable también, en fin todo lo que se nos pudiera ocurrir y más. Y ya listos con nuestros atuendos playeros emprendíamos nuestra salida.
Siempre buscábamos un buen lugar retirado de las palapas; y era todo un show el instalarnos, con eso de que la carpa tenía como chorrocientos tubos, nombre! pa atinarle dónde iba cada uno.
Anteriormente cuando éramos más chicos, no llevábamos carpa, sólo ponían mis papás toallas o alguna sábana agarrada de coche a coche para que nos diera sombra, llevaban algún banquito para ellos y nosotros como éramos muy chicos nos la pasábamos todo el tiempo en el agua, o si no jugando con la arena.
Crecimos con eso, y el olor de la arena, la brisa húmeda de la playa y el sonido del ir y venir de las olas es algo que nunca se olvida.
También lo que nunca se me va a olvidar es cuando una aguamala me picó, esas vienen siendo como medusas o algo así, y hay épocas del año cuando salen muchas a la orilla del mar. Son curiosas e interesantes, parecen globos transparentes de color azul, con unas especies de hebras por un extremo que es lo que pica. Para esto nosotros sabíamos de cuán peligrosas eran y de que provocaban mucho ardor si las tocábamos. Así que un día al estar mirando una en la arena, uno de los niños que ahí estaba se le ocurre levantar sus hebras con un palo y el aire las voló y me rozó el pie…pero qué ardor! No se quitaba con nada. Total que una señora le dice a mi mamá que eso se quitaba con pipí, y han de creer que fue santo remedio!
Las enchapopotadas eran clásicas también, me imagino que por mucho tiempo las plataformas de refinería han de haber tenido derrames los cuales provocaban que la orilla del mar tuviera chapopote, a veces más a veces menos. Y siempre terminábamos con las plantas de los pies manchados. Lo bueno es que ya desde hace muchos años que no se ve eso.
La playa nos encantaba, entrábamos y salíamos de ella mil veces y como tragábamos (bueno yo) mucha agua de mar, nos poníamos una purga de aquellas. Y era córrele a ver a dónde para ir al baño, en fin.
Lo que nos gustaba mucho también era ir a las dunas de arena, no siempre íbamos, era de vez en cuando y nos súper encantaba. Pues habían unas dunas enormes frente a la playa que estaban muy padres como para ir a jugar. Teníamos que caminar un tramo algo largo para llegar a ellas y ya estando ahí era divertidísimo el aventarse desde arriba. Subíamos y bajábamos un chorro de veces, parecíamos incansables, y cada vez que nos aventábamos buscábamos una manera diferente para bajar, unas nos rodábamos de barrilito, otras con marometas, otras corriendo nomás que con el riesgo de irse de boca y otras más osadas con un mortal al frente. Nos echábamos de panza, de espaldas boca abajo y también como resbaladilla.
Al final terminábamos todos empanizados masticando arena, con arena hasta en las orejas, rosados y con el traje de baño roto.
Así pasábamos esos días en la playa y nos retirábamos cuando el atardecer llegaba.
Las familias y amigos nos juntábamos, disfrutábamos tardes agradables comiendo rancheritos y raspados, elotes, coco con chile, palanquetas de cacahuate y cocadas. Y lo mejor de todo, el estar ahí era gratis….no tenía precio.
Marzo 2013