Los domingos de playa hacíamos cosas diferentes. Nos gustaba dar largos recorridos por la orilla del mar siempre pensando en que teníamos que caminar el mismo tramo para regresar, así que no nos podíamos cansar mucho porque todavía faltaba el regreso. Recolectábamos pequeñas conchitas y galletas marinas que son como monedas blancas muy delicadas de una textura semejante a un hueso poroso. Ramas, almejitas y unas especie de cochinillas o cucarachitas de mar que se enterraban rápidamente en la arena.
Siempre era muy divertido ir rayando la arena con una vara, dejar huella donde sea y hacer figuras todo el tiempo. Y aunque el panorama no cambiaba mucho conforme avanzábamos, nuestras ganas de seguir adelante eran muy tentadoras.
Al ir con amigos y familia nos la pasábamos más padre, jugábamos al avión o bebeleche, al stop, la pelota y un juego que siempre me ha encantado, los calabaceados, y como estábamos en arena no había problema si nos caíamos. Ese juego consta de una gran rueda, todos agarrados de la mano; por fuera una pareja también agarrados de la mano corren alrededor y de repente uno de ellos da un manotazo en las manos a cualquiera de los que están agarrados de la rueda. Es entonces cuando la pareja elegida tiene que correr en sentido contrario e intentar ganarle a la otra pareja su propio lugar y cerrar el círculo. Los más pequeños volábamos si es que un adulto nos llevaba corriendo y los choques con la pareja contraria eran casi inevitables. Cansados, aventados, arrastrados y chocados siempre terminábamos, y por supuesto muertos de la risa también.
Al final de la playa, hay un gran malecón y en su punta un faro. A este lugar se le llama “Las escolleras” y es muy visitado por cientos de turistas. Es un largo recorrido para llegar hasta el faro, y ahí en la punta del malecón están las “matatenas”, realmente se llaman tetrápodos pero parecen matatenas enormes, las cuales funcionan como rompeolas de las escolleras. Cada una de ellas pesa mas de 10 toneladas y están todas encimadas unas con otras alrededor del malecón para poder soportar el embiste de las olas. Ese gran malecón es el que da desembocadura al río Pánuco y es ahí donde el agua dulce y el agua salada se juntan. En su recorrido del malecón uno puede ver entrar y salir a grandes barcos cargueros, camaroneros, de la marina, lanchas y remolcadores, entre otras cosas. Es fácil saber cuales son los camaroneros porque las gaviotas siempre los delatan. Y es muy grato ver a las divertidas “toninas” que son como delfines pero obscuras. Que yo sepa a las toninas no se les pesca, son muy queridas por todos allá en Tampico y Madero.
Un día vi una noticia en el periódico que me dio mucha risa, decía: ” Andaba borracho y se fue de jeta en las escolleras”. Es por eso que uno siempre tiene cuidado al caminar a la orilla del malecón porque abajo están las rocas y las matatenas y no vaya a ser que alguien se caiga de jeta también….¡aaa raza!
Allá en mis terruños, hay una leyenda que todo mundo conoce y dicen que los huracanes no llegan a Tampico porque cerca de las plataformas marinas hay una base de marcianos que nos protegen de los huracanes…..¡naaaa! Y pues será cierto o no, pero los huracanes no llegan completamente…en fin.
Hace muchos años cuando llegó el huracán Gilberto fue tan duro el embiste de las olas sobre el malecón que trepó una de las matatenas sobre la calle; nadie podía dar crédito a eso.
Y como todo, se volvió parte del atractivo turístico, la gente se tomaba fotos con ella, comía raspados, jícamas y mangos con chile, elotes asados y disfrutaba de una gran vista al inmenso mar.
Abril 2013