Tres veces en mi vida he ido al Cielo. Y no precisamente porque haya muerto y regresado, no, aquí sigo todavía. Ese cielo que conozco es verde, lleno de vida, con una vegetación abundante, clima templado y paisajes hermosos.
Se le llama la Biosfera del Cielo, es una reserva ecológica de las pocas que existen en el mundo. En ella se encuentra una biodiversidad increíble que sólo los naturalistas y gente especializada en el tema pueden maravillarse de la riqueza que ahí existe. Se puede ver un cactus y a lado un pino, o palmeras y helechos juntos. Y por lo visto hace millones de años todo un mar estaba sobre de él pues se pueden apreciar fósiles de caracoles incrustados en las rocas.
El Cielo se encuentra en el estado de Tamaulipas en Gómez Farías y hay que subir una montaña por un largo camino que nos lleva hasta un valle. Ahí está el Cielo.
La primera vez que fui éramos 5 personas. Teníamos que llevar mochila, casa de campaña, trastes, comida, todo lo indispensable para estar unos días en la naturaleza.
Nuestras mochilas no debían de pesar más de 20 kilos si no es que queríamos llegar a rastras. Desde las faldas del cerro hasta Casa de Piedra que así se llamaba nuestro destino dentro del Cielo, eran más de tres horas de camino a pie.
Todos fuimos animados a ir por mi hermano. En ese entonces teníamos como unos 20 años mas o menos y la aventura nos emocionaba muchísimo. Éramos mi hermano, un amigo, mi cuñada (en ese entonces su novia), su hermana y yo. Y como mi hermano y su amigo ya habían ido varias veces les era muy fácil guiarnos.
Cuando apenas llegamos a las faldas del cerro, tuvimos que dejar la camioneta y seguir a pie. Éramos jóvenes, fuertes, vigorosos y nada nos detendría hasta llegar a nuestro destino. Pero cuando ya llevábamos un gran recorrido de subida y con las mochilas a cuestas como que lo emocionante se empezó a tornar en extenuante. Mi hermano y su amigo iban plátique y plátique. Pero a esas alturas de la montaña uno se agota más y como que se marea (el mal de montaña), y que le digo a mi cuñada…-¿Y para esto hicimos taanto berrinche?
Seee, las niñas querían ir al Cielo hasta que consiguieron el permiso. Y me dice mi cuñada…¡Ahora te aguantas!
El problema no era la caminata ni la subida. El asunto es que teníamos que caminar como los caballos, mirando pal piso y sin voltear porque nos mareábamos. Pero los muchachos iban como si nada y nos decían, ¡Miren esto, miren lo otro, miren aquello!, y nosotras sin voltear les decíamos… Ajá, si ajá.
El dolor en los hombros era intenso por tanto tiempo de llevar las mochilas, sentíamos que se nos arrancaban los brazos, pero no podíamos quitárnosla porque resultaba peor el volver a cargarlas, y lo único que podíamos hacer para descansar un poco la espalda y los hombros era agacharnos hacia adelante y apoyar las manos contra las rodillas.
Cuando por fin llegamos, ni siquiera había tiempo de descansar. Teníamos que armar la casa de campaña para asegurar nuestra estancia. Nos colocamos cerca de un río heladísimo y prendimos una fogata.
Realmente ahora que lo pienso fue muy riesgoso pues estando allá arriba si nos pasaba algo no había nadie cerca que nos pudiera ayudar.
Teníamos que hacer guardia por turnos en la noche para evitar que se apagara la fogata y cuidar que no se acercaran algún oso o tigrillo que anduviera por ahí.
Y la primera noche que pasamos cuando teníamos ganas de hacer pipí se nos hizo muy fácil ir atrás de la casa de campaña sin tener que adentrarnos al monte en la oscuridad. Creo que nunca debimos de haber hecho eso. A la mañana siguiente un zumbido tremendo nos despertó, invadía por fuera la casa de campaña y no podíamos salir.
Eran abejas que fueron atraídas por la pipí. Pero nosotros como buenos exploradores sacamos nuestros insecticidas y las atacamos. Sólo tuvimos una baja en nuestra lucha porque a mi cuñada la alcanzo a picar una abeja en la pompa.
Y desde ese día nos fuimos pal monte para ir al baño y echarle tierrita.
Recuerdo que al día siguiente mi cuñada y yo nomás nos dimos un baño vaquero, era casi imposible aguantar lo helado del agua. Pero su hermana y los muchachos sí se metieron al río. Y aquellos condenados nomás se hacían bromas y decían…-Oye, como que con el agua fría se te adelgaza la voz ¿no crees?.
No podría decir que olía a bosque, a campo, o a selva. Era un todo. Olía a vida.
Su clima templado es constante todo el año. Las mañanas son frescas, las tardes agradables y las noches son frías. Así es siempre.
Esa primer noche la Luna llena nos acompañó, blanca, enorme, radiante.
Iluminaba su cielo y nuestro cielo; podríamos no haber tenido fogata con toda esa claridad. Pero era un tanto perturbador porque al haber mucha claridad podíamos ver a nuestro alrededor, y todo un juego de sombras se veían entre los árboles.
Los que van al Cielo, les gusta, o no les gusta. Prácticamente no hay términos medios. Y sí…Así fue…
Junio 2013