Al llegar a casa después de la escuela, siempre era grato que al entrar respirara profundamente y oliera a algún rico guisado. No sé si era la combinación entre el hambre, lo fresco de la casa, y ese olor tan delicioso de la comida que habían preparado, que hacia que el llegar a casa fuera tan agradable. Tal vez olía a “Hogar”. Y si pudiera describirlo de alguna manera creo que ese sería mi mejor ejemplo.
Corríamos a la cocina a ver qué nos había preparado mi mamá o mi abuelita, y apresurados nos cambiábamos y nos lavábamos para ir a comer.
Y al sentarnos a la mesa, mi papá, como siempre, le decía a mi mamá (y le sigue diciendo), -Gorda, hoy si te quedó rica la sopa.
Mi papá y mis hijos son de las pocas personas que veo disfrutar tanto su comida, así sea un simple plato de frijoles o un finísimo platillo.
Hacen de su comida un deleite.
Ahora que ya tengo a mis hijos, se repite la misma historia. Entran apresurados y lo primero que dicen es…-¡Mmmm, que rico huele!
Siempre me ha sido grato el cocinarles, y desde que eran chiquititos siempre fue una sorpresa su comida. Estando sentaditos a la mesa, se tapaban sus ojitos esperando a que les pusiera su plato, y después…¡Taraaaán!, veían lo que les ponía y decían…¡Wuaoo!
Ahora que ya están mucho más grandes ya no se tapan los ojos, pero siempre me dicen…-¡Qué rico mami!. Así sean papas hervidas, siempre me dicen que lo que hago está muy rico. Y me preguntan que cómo le hago para que mi comida sepa muy rica, y yo les contesto que la hago con mucho cariñito, por eso sabe rica.
Algo de lo que me siento muy orgullosa es que la muchacha que me ayuda siempre me ha dicho que mis hijos son “Los niños agradecidos”, porque siempre me dan las gracias por hacer su comidita, por servirles, porque les hago cosas ricas. Siempre me dicen…-Gracias mami, muchas gracias.
Por eso al entrar a la casa uno siente ese descanso anticipado de todo el trajeteo del día, es como si uno llegara a su “destino” no importa las veces que tengamos que salir.
Durante la semana, siempre les cocino cosas sanas, con poca grasa, bien balanceada. Nunca les pregunto qué quieren de comer, ese no ha sido mi estilo. Claro que sí les preparo algo especial cuando me lo piden.
Pero los sábados y los domingos mi marido prepara los más deliciosos almuerzos. Nomás que él es más garnachero. No importa qué tanto tenga que preparar, él lo hace solo. Se luce y hace unos platillazos de miedo.
Siempre procuro tener lo básico en el refri y en la despensa, a menos que quiera preparar algo muy especial pues lo compro. Pero para mi nunca me ha agobiado el pensar día con día qué les voy a preparar de comer.
Simplemente abro el refri y veo lo que hay, soy muy versátil en ese aspecto, siempre encuentro algo para preparar y nunca salgo corriendo a comprar la crema o el cilantro si es que me faltó. Una de dos, o lo omito, o cambio de platillo. Esas cosas no me estresan.
Un día me preguntaron mis hijos que de qué era la sopa, y yo les contesté…-De piedrita.
-¿Cómo de piedrita?, preguntaron curiosos.
-Si claro, de piedrita. Dejen les cuento una historia…”Había una vez un señor muy pobre y hambriento que llega a un pequeño poblado y pasando por la calle del mercado pide un poco de comida pero nadie quiso darle nada. Quería prepararse una sopa por lo menos con el cazo que traía. Así que a la mitad de la calle prendió leña, puso su cazo y lo llenó de agua. Se buscó una piedra y la echó al cazo. La gente comenzó a observarlo y al ver que el agua ya hervía, el señor se acercaba al cazo y olía el vapor que emanaba del agua y decía…-¡Mmmm, que rica sopa de piedrita!, pero si tan sólo tuviera unas papas sabría más rica. La gente intrigada observaba al señor y uno de ellos le dice…-Yo tengo unas papas. Y se las da.
El pobre señor sigue oliendo su rica sopa y dice…-¡Mmmm que rica sopa de piedrita!, pero si tan sólo tuviera unas zanahorias sabría más rica. Y otra persona le dice…-Yo tengo zanahorias. Y se las da.
Y así el señor siguió pidiendo cosas y se las fueron concediendo hasta que al final preparó una rica “Sopa de piedrita” y todos comieron.”
Así ese día, yo no había ido al super todavía y casi no tenía nada en el refri, puse mi olla y le fui echando la poca verdura que encontraba en el refri, un poco de todo y me quedó una rica sopa de piedrita. Y a mis hijos les encantó.
Hay quienes no les gusta cocinar y es muy válido. También hay veces que no tenemos ganas de cocinar y también es válido. Pero si se dan cuenta podemos prescindir de todo, menos de comer. Y si así es, por lo menos que la comida sea uno de nuestros pequeños placeres de la vida.
Cocinen con cariño y les aseguro que les va a quedar más rica su comida.
Junio 2013