Pasaron 12años cuando volvimos por segunda vez a Disney. Pero esta vez fuimos mis hijos, mi esposo y yo.
Ellos tenían 6 y 9 años así que ya no teníamos que cargar a nadie, ya eran “grandes”.
Y por supuesto que con mucha anticipación planeamos el viaje. Los niños contaban los meses, las semanas y los días para poder ir a Disney.
Teníamos todo listo, traíamos identificaciones, documentos, pases, reservaciones, todo. Nada nos faltaba, por aquello de las re cochinas dudas de que nos pidieran algo sorpresivo a la hora del permiso de internación.
Así que un día antes de nuestro vuelo ya estábamos en la frontera; sacamos el permiso y nos quedamos del lado mexicano, para al día siguiente salir temprano.
Ya por la mañana y con mucho tiempo de anticipación salimos del hotel para cruzar la frontera y tomar el vuelo en Laredo Texas rumbo a Houston y después a Orlando.
Traíamos un buen colchón en cuanto al tiempo para nuestro vuelo, pensando en que nos pudiéramos tardar en cruzar la frontera….¡Pero no fue suficiente!, tardamos mas de 3 horas en pasar y ya no podríamos agarrar el vuelo.
No sé cuántos rosarios recé, traté de mantener la calma mientras veía que el tiempo se agotaba, y aunque nunca fui a ningún curso sicoprofiláctico trataba de inhalar y exhalar lo mas tranquila posible…mhhh…uff…mhhh…uff. Pero siempre pensaba en positivo, y en que sí lo lograríamos. Y como uno tiene que registrarse y cuanta cosa antes de subir al avión, peor aún, pues ya ni siquiera teníamos tiempo para eso.
Así que le pedía un milagro a Dios para que el vuelo se retrasara.
Porque ya era inevitable el poder abordar. Y pensaba…”¡Mis hijos!,¿Cómo decirles que podríamos perder el vuelo?…¡Aghh!. Digo, no sé si se podía aplazar o algo así, pero en ese momento era terrible.
Entonces cuando ya estábamos del lado americano y manejando como locos rumbo al aeropuerto, me dice mi marido (ya ligeramente alterado)…
-Hay mucha neblina, tal vez se retrase el vuelo. Y yo por mis adentros…”¡Siiii por favor!, que se retrase el vuelo, que se retrase el vuelo, que se…”
Y Dios fue GRANDE, pues se retasó el vuelo ¡Siiiii!
Y mi marido todavía alegando con el chavo de la ventanilla que porque nos quería cobrar sobre equipaje y que las mangas del chaleco…. Yo casi lo pellizco, y le digo entre dientes…”ya déjalo así, no importa. Lo que importa es que no perdimos el vuelo”.
Así que ya relajados y después de un cambio de chones nos fuimos a comer. Regresamos con suficiente tiempo y llegamos triunfantes a Orlando ya muy noche. Pasamos unas vacaciones maravillosas, lo disfrutamos al máximo y a los 7 días ya muy contentos ahí vamos de regreso, otra vez.
Traíamos cargando hasta el molcajete, llenos de cosas, souvenirs, y mugrero y medio. Mis hijos con sus gorritos de Mickey, yo con mi cangurera siempre, bolsa y cuanta cosa y mi marido empujando un carrito con todas las chivas.
Estábamos ya en Houston y nuestro transbordo era en unas 3 horas. Así que tranquilamente nos sentamos a comer ahí en el aeropuerto. Después de un rato nos paramos para dirigirnos a la sala de espera. Y cuando íbamos por un túnel me sentí un poco extraña, un tanto ligera y no daba qué era…..¡MI BOLSA!, que le digo a mi marido.
-¡Mi bolsa, no la traigo!
En eso el túnel se hizo más largo, no vi pasar mi vida ante mis ojos pero si me sentí como naufrago en un inmenso mar. Estábamos varados en un país que no era el nuestro, ¡Aaaaaa!
¡ Dios!, en mi bolsa traía TODO, visas, pasaportes, identificaciones, boletos de avión ¡TODO!
Regresamos después de unos 8 ó 10 minutos que fue lo que tardé en darme cuenta de mi bolsa, y por supuesto que ya no estaba en la silla donde habíamos comido…
Preguntamos y nada, nadie vio nada. Mi mente de plano se shoqueó y se puso en blanco. Pero mi marido recordó que en ese momento que estábamos ahí, una señora de la limpieza andaba cerca trabajando. Y salió corriendo a buscarla. Mientras yo con los niños, y todas las chivas, me imaginaba ” viviendo” en el aeropuerto hasta que nos pudieran regresar a nuestro país. En eso llega mi marido con la bolsa y dicho y hecho, la señora la vio y la agarró. Ya no nos importaba si con buenas o malas intenciones, el asunto es que ella la traía en su carrito y nos la regresó.
Y así como un sobrino dijo, cuando se encontró con una tienda de videojuegos que tanto buscaba en McAllen, dije,- “¡Gracias Dios!”.
El color y la cordura regresaron, y estando en la sala de espera le digo a mi marido…-¡No inventes!, ¿Cómo es posible que en el mismo aeropuerto pase lo mismo después de tantos años?
Llegamos al aeropuerto de Laredo en el último vuelo de la noche, y ya nos sentíamos casi en casa, fuimos los últimos en bajar del avión y nos topamos con un guardia muy agradable que nos deseó buen viaje pues ya estaban cerrando el aeropuerto. Y le dije a mi marido…
-Ahorita voy nomás paso al baño, ustedes vayan por la camioneta.
Salí y ya estaban listos con la camioneta en la puerta. Nos fuimos, y antes de cruzar la frontera me dice mi marido…-Deja voy a cargar gasolina. Así que nos paramos en una gasolinera y los niños me pidieron que les comprara unas lechitas, y les dije…-Claro, dejen saco unas mo…ne…das….¡OH MY GOOD!…¡Mi cangurera!. La había dejado en el baño…¡Dios!, casi podía oírlo decirme…¡TORRRRPE!.
Y me pregunta mi esposo…-¿Qué pasa?, y tragándome las palabras le dije que se me había quedado la cangurera en el baño. Y me dice todo alterado…-¡¿Cómo?!, ¡¿Otra vez?!
Siiiip ootra vez y en el mismo día.
Era increíble el pensar que me pudiera estar pasando esto, nunca en mi vida se me había olvidado o perdido mi bolsa, nunca. Y precisamente cuando traigo los documentos más importantes es cuando me sucede.
Entonces que se arranca, y ahí vamos de regreso al aeropuerto para “ver” si de pura casualidad ahí siguiera mi cangurera en el baño. Yo le dije a mi marido que ya no importaba, que lo único que traía ahí eran mis tarjetas de crédito, mi identificación y unos dólares, y que podía cancelar las tarjetas, lo demás no importaba. Y él…-¡Ahhh cómo de que no importa!
Así que con la cola entre las patas me bajé de volada a ver si encontraba mi cangurera. En eso el guardia amable que nos había despedido me dice…-A usted la quería encontrar.
Por suerte al hacer su rondín para cerrar el aeropuerto se encontró mi cangurera y recordó que era yo por la identificación.
Por supuesto que toda lánguida, lacia y guanga regresé. Pero eso pasa por siempre ocuparme y preocuparme de ellos, que si la cartera, la maleta, el celular, el pasaporte, los boletos, la cámara, la chamarra… ¡Lotería!. Fue tanto cuidarlos que me olvide de mi.
Ahora ellos me cuidan a mi.
Mayo 2013