El día de hoy algo me hizo retroceder en el tiempo. Vi a un grupo de hormigas queriendo trepar inútilmente una roca muy lisa. Todas ellas sin ser muchas, tenían un aspecto un tanto extraño, eran muy rojas y cabezonas. Cargaban con sus pinzas una especie de larva negra y desesperadamente querían pasar por ahí sin poder lograrlo.
Yo venía bajando del Cerro de la Silla ya cansada y me animó a continuar mi camino, el ver aquellas pequeñas incansables tratando de lograr su objetivo. Horas más tarde comprendí el porqué de su apuración: estaban tratando de reubicar a su colonia pues por la tarde se dejó caer la lluvia.
Fue cuando recordé cuánto me gustaba verlas cuando era chica, las observaba por largos ratos, todos sus movimientos y su grandes alcances. Veía desde dónde venían y hasta dónde iban.
Por lo general conocía unos cuantos tipos de hormigas, pero las que siempre me gustaron observar eran las arrieras: rojas, grandes y muy fuertes, parecían ser las amazonas de todas las especies. Cargaban pesos increíbles y hacían hasta lo impensable para poder lograr su misión. En algunas ocasiones me tocó verlas cruzar el agua del pantano que había a lado de casa de mis papás, y se las ingeniaban caminando por encima de unas pequeñísimas hojas que flotaban sobre el agua las cuales parecían una ligera nata verde en el pantano…nada las detenía.
A veces cuando encontraban un árbol con hojas tiernas eran voraces y en cuestión de dos o tres días lo dejaban pelón. Trazaban a su paso un camino como si fuera un sendero y su único objetivo era conseguir la mayor cantidad de comida posible.
Primero las observaba minuciosamente, veía cuáles eran las hormigas obreras y cuáles las hormigas soldado; unas dirigían y protegían a la colonia y las otras trabajaban llevando enormes cargamentos. Su organización es estricta y no permiten ningún tipo de invasión de otras colonias, luchan a muerte, y a veces si ambas colonias son fuertes después de una gran batalla sólo quedaba el rastro desolador de ambas colonias exterminadas.
Ellas son guerreras y en cuanto a tamaño y fuerza siempre salen victoriosas. A menos que les toque pelear con unas de su misma especie. Casi siempre se vencían entre si, a menos de que alguna colonia sobrepasara en número a la otra. Pero sus luchas encarnizadas era sin compasión alguna, era una especie de batalla campal. Quedaban trenzadas, sin cabeza, todas torcidas. Era lo único que se veía después de una lucha a muerte, una alfombra roja de hormigas muertas.
Y si…Así fue, me pasaba casi horas observándolas a todas ellas, unas negras chiquitas y muy lentas, otras grandes y peludas, unas rojas pequeñas que picaban tipo friega quedito, otras negras alargadas con alas, también las clásicas negras que siempre están en la cocina y las más letales rojas y punzantes, las hormigas arrieras.
Todas ellas invasoras del patio, el pantano y la casa. Siempre buscaban la mejor manera de sobrevivir.
Y es curioso, uno aprende de ellas, a poder interpretar ciertos comportamientos natos, pues cuando más alocadas estaban ya sabíamos que se avecinaba lluvia, cambio de clima o mal tiempo. Eran muy predecibles y nos mantenían al tanto.
Una vez, estando muy pequeña como de unos tres años una hormiga me picó en la panza, y que le grito a mi mamá…-¡Mami!…¡Mira mami, mira!; jalando a la hormiga, -¡Qué valiente es, y no se suelta!.
La escena era muy chistosa dice mi mamá, pues yo jalaba a la hormiga y ella prendida me jalaba el pellejito.
Creo que desde ese entonces ya me gustaba el poder observarlas.
13 años
LAS GUERRERAS
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