No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 13 años

EL PASO DE LA MUERTE

Había pasado el mediodía y todavía no era tiempo de cerrar. Me encontraba en una de las tiendas de mi papá y yo era la encargada. En aquel entonces teníamos varias tiendas de artesanías mexicanas, las únicas en Tampico.  Y ese local el que yo tenía era el más bonito, fui decorándolo con la misma mercancía de tal manera que al entrar parecía que uno se transportaba a otro sitio, mágico, bello, agradable.  Tenía dentro de la tienda un mezanine con una hermosa casita de madera y un  balcón que realzaba la belleza de todo el local.  Colgaba papel picado desde lo alto y los sombreros de charro y los sarapes revestían todo a su alrededor. Alebrijes, árboles de la vida, barro negro, papel maché, cerámica, mimbre, juguetes de madera y tantas y tantas cosas más era lo que vendíamos. El turismo de todos lados nos llegaba y en especial los extranjeros eran los que valoraban más el trabajo artesanal.
Ese día, como siempre yo bien presentable atendía algunas cosas. En eso llega mi papá de repente y me dice…-Oye mijita, necesito que cierres porque nos vamos a México.
-¡¿Qué?!
-Si claro, nos vamos a México y necesito que te vayas hacer tu maleta porque el vuelo puede salir en cualquier momento.
Para esto, eso de los planes de viajes o salidas a mi me lo tenían que decir con una semana de anticipación para poder organizarme mentalmente y hacer mi maleta. El decirme las cosas de trancazo como que no funcionaban en mi. Así que lo único que le pude decir a mi papá fue…—
-Pepepero ¿¡Como!?, ¿Así nos vamos y ya?.
– Bueno, ¿quieres ir o no?.
-Sssi.
-Entonces, vuélale.
Así que tomamos el vuelo de la tarde y yo todavía no digería el que hubiera puesto mi maleta tan rápido y me haya ido así nomás.
¡Nerviosa era poco! y además el olor del café en el avión me revolvía el estómago. Estábamos sentados casi hasta adelante y fue horrible porque el baño me quedaba muy lejos. Mi papá para esto no se daba cuenta de que yo ya estaba cambiando de color y como no quería decirle que me sentía mal, le dije muy propia que iba a ir al baño.  Al pararme salí casi destapada hasta la parte de atrás con el temor de no poder llegar. Abrí la puerta y no recuerdo realmente si vomité. En eso me siento en la taza para poder recuperar un poco el color cuándo algo de turbulencia sacude el avión. Me agarre de las paredes como pude y a lo lejos escuché por el altavoz que hablaban. No sabía qué decían, no se le entendía nada y como el avión no cesaba de menearse me apaniqué, y pensé …-¿¡Qué!?…¿¡Posición fetal!?… ¡¡La cabeza entre las rodillas!! ¡¡Ahhhh!!.  Y que salgo de un portazo y me agarro de los asientos traseros casi jalándole las greñas a una señora. En eso veo en la fila de a lado a una amiga de mi hermano y le pregunto…-¿¡Qué!?, ¿¡Qué dijeron!?.  Y me dice…
-Naaada, que te vayas a sentar porque vamos a aterrizar.
¡Oh Dios! Ahora a aterrizar. Como pude llegué a mi asiento y me amarre. Llegamos al aeropuerto de la Ciudad de México y mi papá fresco como una lechuga me dice…-Vamos a agarrar el metro.  ¡Dios!, la casa de Tepepan estaba hasta el otro extremo de la ciudad y mi papá pretendía que me subiera al metro y transbordar no se cuantas veces, noooo!.  Fue cuando le dije que me sentía mal, cosa que si hubiera sido mi mamá ella se hubiera dado cuenta desde antes de salir. Total que agarramos taxi y lo único que yo quería era llegar a la casa.
Llegamos y otra vez fui al baño. Pálida, verde, descolorida no sé de qué color estaba pero si muy descompuesta. Todo me daba vueltas y de pronto el piso se movió, estoy segurísima que se movió, ¡Ohh Dios! ¡Lo que faltaba!, un temblor.  Según mi papá dice que él no sintió nada pero yo digo que si.
Pasamos la noche y al día siguiente mientras mi papá salía ha hacer sus asuntos yo me quedaba en la casa la cual era como una pequeña hacienda y tenía dos casas. Era cómo una herradura, y las casas estaban unidas al centro. En la otra casa vivían unos amigos de toda la vida y como el día anterior había preparado unas croquetas de atún y las había compartido con nuestros vecinitos, por la mañana del día siguiente estando en la cocina que da al patio, veo llegar a uno de los muchachos alto, delgado, recién levantado, con los pelos parados y me dice con su singular figura desde fuera de la ventana…-Vecinita, vengo a decirle que qué ricas las croquetas las que hizo ayer.
Que risa, nomás se levantó para decirme eso.
Por la tarde llega mi papá y me dice…-Mijita vámonos porque vamos al teatro.
Como no traíamos coche teníamos que tomar el tren ligero y luego transbordar en el metro. Pero como siempre el tiempo apremiaba. Así que salimos corriendo porque el teatro estaba en casuchi y nos quedaba muy lejos. Tomamos el tren ligero, transbordamos al metro y aún ahí teníamos que transbordar a otras líneas para poder llegar.  Un mar de gente retrasaba nuestro paso y estando en el vagón, mi papá se da cuenta de que el vagón de a lado venía casi vacío y el de nosotros estaba hasta el chongo y me dice…-Mira mijita, ponte bien abusada porque ahorita que pare el metro nos cambiamos de vagón, pero tienes que correrle bien rápido porque si no, nos dejan afuera.
Nunca hubiera dicho eso, mis manos empezaron a sudar y cuando paró el metro me dice…-¡Correle!
¡Dios!, sentía que me jalaban las patas y que tal vez me apachurraría la puerta por no llegar. Le corrí lo más rápido que pude y entre la gente que entraba y salía pudimos cambiarnos. Definitivamente fue el paso de la muerte.
Por supuesto que cuando bajamos del metro no iba a estar ahí el teatro, claro que no. Le caminamos a paso veloz y no sé cuántas calles recorrimos, el caso es que por la altura llegamos bien bofeados al teatro.
Y si…así fue, me hicieron pasar momentos terribles en el avión, estuve varios días con váguidos, mi ritmo cardíaco se mantuvo al extremo con los dichosos transbordos contra reloj y mi condición física se puso a prueba. ¡Aaaah peeero! qué bonita obra de teatro, eso si. El Diluvio Que Viene ha sido una de las mejores obras que he visto en mi vida.

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