En cada familia, yo pienso que siempre hay algún personaje que deja huella, alguien con quien nos identificamos, a quién admiramos o simplemente su singular figura y comportamiento lo dice todo, bueno o malo pero que es recordado. Tal vez algún abuelo, tío, papá, hermano, no lo sé; algún pariente al que fácilmente lo identificamos como muy original.
Creo que en mi familia hay varios y uno de ellos fue mi abuelita Conchita: simpática, ocurrente siempre muy ella. Me encantaba oír sus historias desde que estaba yo muy pequeña.
Fue hija de padres españoles que habían buscado refugio en nuestro país en aquel entonces. Nació en buena cuna y nada le faltaba, creció con comodidades y era muy bella de buen linaje, todos sus parientes parecían artistas de cine y a ella en su momento le decían “la bonita”.
En realidad fue todo un personaje y no terminaría en contar su vida, pero vamos a transportarnos mejor a un pasado no muy lejano: cuando ya vivía en casa de mis papás. Fue un poco antes de mi adolescencia, había enviudado de unas segundas nupcias y se quedó con nosotros. Durante mucho tiempo antes de mudarse yo la recuerdo siempre de negro con un chongo de cebolla, bajita y gordita, blanca como la leche, de cara ovalada ligeramente alargada, ojos grises y una nariz tan fina como ella.
Y cuando se quitó el luto después de no sé cuanto tiempo la veía uno muy coqueta, guapa y presentable, era el alma de las fiestas y le gustaba rodearse de buenas compañías.
Tenía puntadas muy chistosas y le pasaba cada cosa que nos moríamos de la risa. Una de ellas fue estando en un velorio; llega acompañada de una señora y ya saben, de negro y con velo. Y como es de esperarse el ambiente era sepulcral, un montón de gente y todos callados, algunos sollozando calladamente, en fin. En eso estando sentadas y después de mucho rato que le dice la señora a mi abuelita en voz bajita…-Oiga Conchita…¿le cuento un chiste colorado?. Y mi abuelita da un respingo y dice…-¡Nooo cómo cree!, bajando un poquito más la voz.
-Andele, nomás uno.
-Buuueno, pero nomás uno.
Y que se lo cuenta…¡Ohh Dios!, que se empieza a atacar de la risa mi abuelita en pleno velorio, y para que no la vieran que se tapa la cara con las manos y tal parecía que estaba llorando. En eso la gente se empezó a dar cuenta y ella no dejaba de reírse, mucho menos de quitarse las manos de la cara, cuando oye que alguien dice en voz alta…-¡Traigan alcohol por favor, que a la señora le está dando un ataque!. Al oír esto se ataca más de risa y las lágrimas le escurrían sin poder controlarse. Al final terminaron sacándola y echándole aire creyendo que la pobre señora lloraba desconsoladamente por el difuntito.
Que cosas…en otra ocasión estábamos una noche jugando con las barajas al Rey esquinado. Es un juego no muy largo pero si muy sesudo, y como dice mi papá “ahí no existen parentescos, cada quién ve por lo suyo”. Éramos 6 a la mesa y ya habíamos corrido varias rondas, y estando en lo más peliagudo del asunto, veo que a mi abuelita se le pasa una oportunidad de reacomodar cartas sobre la mesa y descartarse. No dijo nada pero su expresión corporal la delataba, bajaba los ojos a su juego, levantaba las cejas y sus dedos jugaban nerviosamente en la mesa. Su oportunidad se le había ido, y era el turno de mi mamá. Ella hace su juego y tampoco se da cuenta de que puede reacomodar cartas sobre la mesa y deja pasar esa oportunidad también y dice…-“Paso”. En eso a mi abuelita la traiciona su subconsciente y dice en voz alta…-¡Oootra babosa!…
No,no,no, nos hemos reído como nunca. Y mi mamá le dice entre risas…-¿Osea que me está diciendo babosa?. Bueno, mi abuelita no sabía dónde meterse, se puso toda colorada y entre risa y risa no sabía cómo justificarse.
Un día yendo al cine con mi mamá y mi abuelita vamos hecha la raya porque ya era tarde. Nos deja mi mamá y nos dice…-Adelántense mientras me estaciono. Entramos de volada al cine que todavía eran de los grandes que tenían dos pisos y ya habían apagado la luz, íbamos todas encandiladas y nos quedamos paradas ya adentro. Yo ni me fijé en mi abuelita, estaba atenta a la pantalla para cuando prendieran el proyector. En eso oigo a mi mamá que dice…-¡Conchita! ¿¡Qué hace!?.
Que risa, mi abuelita había entrado junto conmigo pero se giró a su izquierda quedando frente a la pared casi en sus narices con la pantalla a sus espaldas creyendo ella de que estaba todo “muy” oscuro. ¡Dios! Mi mamá no podía dejar de reír nomás de verla parada frente a la pared. Bueno, creo que esas cosas sólo le pasan a las abuelitas. Así cómo una vez que se lavó los dientes con “Clearasil”, la crema esa para los barros y espinillas. Ella no vio pasta de dientes en el baño y se encontró eso y pues se lavó los dientes.
Nos llegó hacer leche Nido con agua de limón y también preparó la comida del perro con Knor Suiza.
Le gritaba al de la tele con las comedias (telenovelas) y se desesperaba diciéndole…-¡Ahí está babosa! ¿¡Qué no ves!?. Y ya en los últimos años le daba de bastonazos a la tele.
Y si…así fue. Una abuelita cariñosa, alcahueta, jovial, coqueta, muy amiguera. Con su pasado espléndido y tortuoso , con sus fortalezas y debilidades pero siempre…muy ella.
13 años
CONCHITA
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