Eso es algo de toda la vida, de nuestra infancia, la de nuestros padres y ahora la de nuestros hijos. Esas cosas de niños que sólo se viven una vez. Es tan corto el tiempo, el de la infancia, que pasa fugaz casi sin darnos cuenta. Es más la edad adulta que vive uno, que la de niño. Así que quien tenga hijos pequeños u adolescentes, hay que disfrutarlos mucho…porque los hijos no esperan.
Son tantas las ocurrencias de ellos que llenan nuestras vidas enormemente. Un niño cuando es pequeño, puede ser tan ingenuo y tan literal que uno tiene que cuidar sus palabras para que el niño no se confunda. Es como si un niño le pregunta a su mamá…-¿Dónde está mi pelota?
-Allá arriba. (refiriéndose uno al cuarto). Y el niño voltea a ver al techo… ¿?. Bueno, ella dijo “arriba”, más no que parte exacta de “arriba”.
Son ingeniosos, listos y chapuceros. Entre ellos se ponen a prueba a ver quién es más machin, si el que escupa más lejos o el que aguante más sin parpadear. Anteriormente se decía que si tenía alguien un lunar en la uña es que tenía novio o novia. Que si entre amigas se caían mal se decían…”córtalas”. Y si a la hora de tener que hacer algo, inmediatamente decíamos “sáfo” y así nos librábamos de aquello. Igual decíamos “tápon” para ganar tiempo.
Las pláticas eran profundas, claro. El clásico tema de que quién era el más fuerte, si Batman o Superman. O las discusiones acaloradas de que si mi papá era más grande, más fuerte o más alto que el tuyo. Todo era competir, discutir o alegar. Más entre hermanos, y aquí el que dijera la última palabra, ganaba. Un día mis hermanos mayores anduvieron jorongando todo el día con un tal “mm”, “ah”. Uno decía “mm” y el otro “ah”. Todo el santo día estuvieron con eso y ninguno de los dos se rajaba, porque el que no contestara, perdía. Así que se llegó la noche y aún ya acostados seguían con su “mm”, “ah”, “mm”, “ah”… yo creo que les dio la madrugada, y ya cuando alguno parecía que había dicho la última palabra, después de un rato el otro contestaba…”ah”. Nunca supieron quien ganó porque el cansancio al final los venció.
Acá en Monterrey, los niños tienen una manera muy peculiar de discutir que me causa mucha gracia. Si uno dice algo y al otro no le parece, le dice…-¡A que no!, y el otro…-¡A que si!, y le vuelve a contestar…-¡A que no! , y así. Y claro, con ese acento regio, es muy simpático oírlos.
Cuando uno es chico o niño, en especial los hombres, siempre hablan de cochinadas, de pedos y leperadas. Por lo menos a mi me tocó vivir así esa infancia, pues siempre he estado rodeada de puros hombres. Así que el oír esas socrocidades no me espantan.
Un día voy entrando a la casa, y desde afuera se escuchaba a mis hijos junto con algún primito que estaban contando vómitos, y decían como el Conde Contar…-¡Un vómito!, ¡dos vómitos!, ¡¡tres vómitos!!…Digo, a pesar de mi curiosidad no quise irrumpir en su cuarto, así que los dejé que siguieran contando vómitos.
Otro día, mis hijos andaban con sus tareas después de comer y el más grande entonaba alegremente una canción al ritmo de Daniela Romo, que decía…”Pelos en la panza cuando no te los arrancas tienes ¡pelos, pelos!. Pelos en la axila cuando no te los depilas tienes ¡pelos, pelos!”…¡Buehh!, lo peor del caso es que a mi también me gustaba cantar socrocidades. De hecho les he enseñado algunas canciones a mis hijos también. Había una muy buena que decía así…”¡Queremos comer, queremos comer!: sangre coagulada revuelta en ensalada, vómito caliente de muerto reviviente, hígado picado de sapo reventado, y de postre, caquita de venado, con un toque de pus hirviente para la digestión”.
Yo nunca fui de las del tipo Rosita Fresita ni cosas de esas, fui ligeramente atrabancada, chiva loca, peleonera y apestosa igual que mis hermanos. Si…definitivamente los hombres son muy apestosos, y más estando juntos. El cuarto de mis hermanos olía a demonios; y yo no sé porqué les hieden tanto las patas a esa edad.
En cuanto a las palabrotas ese es otro punto. Hay una anécdota muy buena de un tal Bruno, que a los 4 ó 5 años se le ocurrió decir “tonto o menso” y su mamá toda ensatanada que le grita…-¡Bruno!, ¡sabes muy bien que me reemputa la madre que digas chingaderas!. Bueno, creo que le quedó bien claro al pobre niño. Sólo espero y no venga mi papá a quererme embarrar un chile en la trompota por lo que acabo de escribir, así como una vez lo hizo cuando era chica. Que risa, estábamos viendo la tele en el cuarto de mis papás y había visita abajo en la cocina; en eso, yo enojada le he de haber dicho tonto o menso a alguno de mis hermanos. Y que le van con el chisme a mi papá, pa pronto que se deja venir y sin decirme nada que me agarra del brazo y me jala hasta la cocina, y casi volando pasamos por entre la visita y ante la expectación de todos, abre el refri de un jalón que tal pareciera me fuera a meter ahí, y que saca un chile y me dice embarrándomelo en la boca…”¡TE–DIJE–QUE NO–DIJERAS–MALAS–PALABRAS!”. Eso si, por lo menos fueron unas 5 ó 6 embarradas…en fin.
Y si…así fue y así es. Las cosas de los niños casi siempre son las mismas, aunque sean de generaciones diferentes, las situaciones se presentan casi igual. Es como si se pusieran de acuerdo para tener las mismas ocurrencias. Los niños son maravillosos, alegran nuestras vidas y también nos causan grandes dolores de cabeza. El amor a un hijo es querer abrazar y ahorcar al mismo tiempo. (¡A que si!¿”Vedá”?).
13 años
COSAS DE NIÑOS
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