No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 12 años

¡A COMER!

Llegando de la escuela, todo ese acaloramiento y cansancio de tantas horas de clase se disipaban al entrar a la casa. Tan fresca, tan grande, tan agradable. El olor a comida ya se percibía desde antes de entrar a ella. Y esa mezcla de olores y sensaciones tan agradables nunca los voy a olvidar.
Subíamos a nuestros cuartos, dejábamos la mochila y después de cambiarnos nos llamaban a comer. A veces había tiempo para ver nuestras cosas, como si saludáramos nuestras pertenencias después de varias horas de ausencia; todo en orden, todo muy nuestro.
El piso era tan fresco y agradable que me tiraba en él disfrutando de esos pequeños instantes. Y con el cachete pegado al piso, veía cada una de las uniones entre loza y loza. Las recorría lentamente con mi dedo haciendo pausa en cualquier grieta que hubiera y luego retomaba el camino que iba trazando.
Al estar boca abajo y con el oído pegado al suelo, escuchaba con atención todos los ruidos de la casa: las pisadas, voces, movimiento de sillas y hasta los cubiertos al acomodarlos en la mesa, todo se oía, y no se diga cuando alguien le jalaba al baño.  Esos eran mis entretenimientos: observar, escuchar, sentir.
Y después de un rato mi mamá nos decía…-“¡A comer!”.
La mesa puesta con su mantel, el agua fría de limón, cada quién en su lugar y después de una botanita de mi papá empezábamos a comer. ¡Qué hambre!, todo lo que nos servía mi mamá era bueno. A pesar de lo remilgosa que era, pues fui de muy poquito comer. No podía platicar mucho porque me llenaba de aire, no comía tortillas porque si no, ya no me cabía el guisado. Entonces me acostumbre a comer sin ellas.
Los platillos de mi mamá eran prácticos y muy ricos sacados de su propia inspiración, no había recetas ni condimentos indispensables. Nunca se complicó la existencia. Claro que había platillos los cuales nos encantaban mucho, como las albóndigas y los frijoles negros refritos, los peneques, las tortitas de atún, y tantos y tantos guisos más.
Peeeero, había un platillo que no sé de dónde rayos lo sacó mi mamá, que a mis hermanos y a mi nos hacía sufrir demasiado. Ahora que lo sé, es un platillo árabe.  Era algo medio aterrorizante a la vista, parecía un cerebro cocido. Y luego su olor no era nada agradable, casi tan espantoso como se veía. Se supone que era picadillo envuelto en una hoja de col cocida…¡Guiuuu!.
Entonces aquello se transparentaba y parecía comida de terror: cerebros de mono o algo así.
Pobre de mi mamá, ahora que lo pienso, ya me imagino a ella esmerándose tanto para que luego viniéramos nosotros y tratáramos de ver con el tenedor a ver si esa cosa no se movía de nuestro plato. En fin…me parece que lo hizo unas dos veces nomás. Lo bueno es que no fuimos de esos niños que dijeran…¡”Guácala”!. Sólo nos veíamos los unos a los otros y preguntábamos entre si…-
-Oye tu, ¿qué es esto?.
-¡Pus no sé!
-¿Y tu?
-No pus tampoco sé.
Cuando se llegaba el fin de semana, venían a visitarnos unos compadres y sus hijos. Era un fin de semana en su casa y a la siguiente en la nuestra. Así la pasamos muchos años. Y les re encantaba el venir a nuestra casa, con todo ese patio que teníamos, más a parte un pantano a lado que nos daba horas de diversión.
Nos dejaban libres y nos íbamos ya sea a explorar por ahí o a jugar en nuestra “cueva”. Realmente era un club donde teníamos nuestras cosas, ya saben, cacharros viejos y uno que otro banquito que nos habían regalado. Teníamos reglas, un líder, credenciales hechas con cartulina y un recorte pegado con un dibujito y nuestro nombre, había rangos y hasta el Popeye, mi perro, formaba parte del club.  Habíamos aprovechado un árbol muy grande y frondoso del pantano que hacía la forma de una cueva. Ahí jugábamos.
Y cuando era hora de comer, mi mamá sonaba fuertemente la campana que tienen todavía a la entrada de la casa, y como conejitos salíamos brincando desde el monte acudiendo a su llamado.
Y si…así fue. Disfrutamos de esos buenos momentos en familia comiendo juntos. Nos entreteníamos con pequeñas cosas. Compartimos nuestro cariño con personas muy queridas y nos la pasábamos súper bien.

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