El día se acercaba y desde tiempo antes, mi mamá se ponía a la labor de confeccionar nuestros disfraces.
¡Que emoción!, nos reuníamos en casa de unos compadres de mis papás y toda la chaviza también.
Recuerdo muy bien que una vez mis hermanos iban disfrazados de fantasmas y yo de diablita. Mi mamá me había hecho una especie de máscara completa, roja, con cuernos, un suetercito rojo, mallas, short rojo y listo!. Me sentía fascinada con mi atuendo. He de haber sido una mini diablita flacuchina porque mi tamaño así lo era. Y mis hermanos mayores que andaban de fantasmas, como estaban casi del mismo tamaño, no se sabía quién era quién.
Así y unas veces más, jugábamos en una terraza grande que daba a la calle, y cuando se daba la hora de irnos, nos íbamosa pedir dulces.
¡Que gran momento!, ¡que libertad!. Andar por las calles libres, correteando, jugando, sin tener que andar de la mano de un adulto; lo que nunca hace uno a menudo. Y lo mejor de todo, es que era de noche. Eso aumentaba la emoción.
Nos tocaba de todo, claro. Había quién nos ofrecía unos cuantos dulcesitos y otros que nos daban de los caros y bien padriurix.
Cantábamos en cada casa, en especial las que estaban decoradas porque era seguro que ahí si nos daban dulces. Nos topábamos con otros grupos de niños pidiendo dulces y a veces las calles se abarrotaban de escuincles disfrazados…qué experiencia tan grata. Aún ahorita y con el paso de los años es algo que siempre sigo disfrutando.
Y estando más grandecita, una vez me tocó ir a otra colonia a pedir dulces, y nunca se me va a olvidar cuando llegamos a la casa de unos viejitos, y que al tocar a su puerta y cantarles, ellos muy lindos nos hicieron pasar a su sala. No lo esperábamos, así que era algo curioso ver a un montón de chamacos disfrazados, muy propios sentaditos y comiendo galletitas con leche que los viejitos nos habían ofrecido. Después nos llenaron de dulces nuestras bolsas para que siguiéramos nuestro camino.
Había otros que nos tenían jugarretas y nos asustaban apenas llegando. Y por supuesto que los más asustables eran los más pequeños.
Hoy en día y ya con hijos seguimos con esa divertida tradición. ¡Es padrísimo!, no sé quién se divierte más si mis hijos o yo. Y desde que eran bebés ya los traía por las calles pidiendo dulces. La primera vez que lo hice con mi bebé, tenía 4 meses, así que lo envolví con gasas, y se veía tan bello mi pequeño como una momia mini, mini.
Lo que es curioso, es que ahora se disfraza uno de lo que sea y no precisamente de horriblisidades, y está padre porque salen a relucir súper héroes, personajes de televisión, de películas o temáticos.
También no dejamos atrás nuestras tradiciones y ponemos un altar de muertos, con su papel picado y sus ollitas de barro. Tan típico y colorido que me recuerda mucho a Guanajuato, ya saben, allá donde viven nuestras tataratías. Todas igualitas que hasta parecen de la misma familia. Las momias, claro.
Si se dan cuenta, que yo sepa no hay ningún país en el mundo donde se respeta y se bromea a la muerte como en México. Los chistes, albures y las clásicas “calaveras”, son únicas en nuestro país.
” Muy contenta la Fierecilla estaba
pues sus escritos organizaba,
y narraba lo que le pasaba
de cuanta cosa y ocurrencia le
ocasionaba.
Más la Calaca le decía:
-No te fíes Fierecilla
que una maldición te caería,
si no gustas a tus lectores,
un like no te pondrían”.
Y si…así fue y así es. Pedíamos dulces cuando éramos chicos. Ahora seguimos haciéndolo con nuestros hijos. Nos disfrazamos de cosas raras y las fiestas y reuniones nunca faltan. Veneramos a los que se fueron, con pan de muerto, flores y sus recuerdos. Pero a pesar de hablar de la muerte, en México se le festeja como se merece.