No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 12 años

EL CIELO…MI TERCERA VEZ.

Desde que llegué a este mundo, un gran cielo me ha visto crecer. Con el paso del tiempo lo he tocado de diferentes maneras. Pero por tercera vez, he estado ahí…
Hablo acerca de ese Cielo tan mágico y maravilloso que es palpable, tan lleno de vida y tan interesante para aquellos que gustan estudiarlo. El Cielo, es esa reserva ecológica; una de las pocas que hay en el mundo y que está en Gómez Farías, en el estado de Tamaulipas.
Tal vez, algunos puedan pensar que no tiene tanto de extraordinario, que nada más es como ir de día de campo. No lo sé, para mi ha sido unas de las mejores experiencias de mi vida. Y por supuesto que la compañía es un punto clave para pasarla muy bien.
Esta vez no subimos a pie, y ni alquilamos burros. Ahora todo fue más fácil; una camioneta nos subió hasta unas cabañas que lo tenían todo: agua caliente, baño, cocina, camas, todo. Era algo así como que una visita fresa al Cielo.
Unos 15 años atrás supe lo que era “lograr” llegar al Cielo. Con ampollas en los pies, cansados a más no poder, con un dolor punzante en los hombros por llevar a cuestas una mochila de campismo que pesaba horrores, durante más de tres horas y nadie que nos pudiera ayudar.
Ahora todo fue distinto, digamos que más light. No cargamos nada y llevábamos hasta hielera y carne para asar allá. De igual manera y en nuestra “suite” nos acomodamos 6 personas: mi hermano, mi cuñada, su prima, un amigo, mi esposo y yo.
La cabaña estaba muy mona, con un mezanine en donde había 2 camas matrimoniales y abajo había otra. Su cocina y una terracita coqueta.
Llegamos a un pequeño ranchito sobre unas hermosas colinas verdes, con sus casitas de madera y sus coloridos jardines. Tenían árboles frutales y unas cuantas gallinas que bagaban por ahí. Desde cualquier punto que estuviera uno, era digno de fotografiarse. Tan pintoresco y colorido que daban ganas de admirar por horas su belleza. El aire siempre fresco, como un otoño permanente, se antojaba disfrutar la tarde al rayo del Sol.
Uno de esos días, no recuerdo el orden, fuimos guiados por un lugareño al Cerro de la Campana. Según esto, el señor era un buen guía, y no lo dudo. Lo que me tenía con un poco de pendiente era que andaba algo ebrio por no decir borracho. Simpático el señor, pero a esas alturas del partido no creo que fuera a preocuparse mucho por nuestra seguridad, ya que teníamos que escalar el pequeño cerro sin protección alguna. El caso es que ya estando a una gran altura y trepando como Dios nos daba entender, nos dice…-Nomás no miren pa abajo. Digoo creo que los pinos que estaban a nuestro alrededor, nos daban una falsa sensación de seguridad, porque el reatazo si nos caíamos tal vez no la contábamos. Y bueno, nadie se calló y la vista desde la punta del cerro era fabulosa.
De regreso, pasando por una de las cabañas, salía un humo muy oloroso, y estoy casi segura que era marihuana. Apestaba a petate quemado. Y haciendo bromas atravesamos por ahí. Y bueno, pues qué más hacía la gente ahí, ya que en “Pueblo Quieto” no había mucho en qué entretenerse, era de esperarse, claro. Pero después de un rato y de habernos fumado el humo que nos invadió, me agarró un ataque de risa de la nada. No podía calmarme, pues al parecer un buen pericazo me había puesto.
Esa noche, estando en la cabaña, nos pusimos a jugar cartas y no faltaban las risas y tonterías que animaran la noche. En eso, un ratoncito gris, hermoso, de orejitas redondas y ojitos de Bambi, se paseaba por donde estaba el escurridor de platos. Y como no queríamos hacerle daño, lo observábamos viendo sus osadías. Pero no podía quedarse ahí, cerca de los platos y la comida. Así que mi hermano fue por una trampa para agarrarlo. Eran de esas jaulas en dónde al entrar el ratón, se cerraba de golpe la puerta.
El pequeño ratoncito fué el alma de la fiesta y nos reíamos de cómo burlaba a mi hermano y se salía con la suya al agarrar el sebo y escapar una y otra vez.
Pero en una de esas…¡Zaz!, que se cierra la trampa…Todos nos quedamos atónitos al ver que si había atrapado al ratoncito, pero el pobre quedó casi descabezado pues no pudo salir a tiempo. ¡Poooobre ratoncito!. Y lo peor de todo es que mi hermano puso una cara de compunjido por lo que había pasado. Así que con cara de puchero, le fue a dar una honrosa sepultura en el campo.
Al día siguiente, y trepados como vacas en una camioneta, nos llevaron a unas grutas fabulosas allá en casuchi (muy conocido el lugar por cierto). El viaje digamos que fue…pintoresco. Nos llovió, hizo un frío de aquellos, parecíamos pepitas en comal y por supuesto nos mojamos un poco, gracias a que nuestro camión guajolotero traía una lona que le daba un “plus” a nuestro viaje. Pero valió la pena, todas esas peripecias. Las grutas estaban súpermegaguáu, vírgenes aún, sin caminos ni luz, ni nada. Chorreantes y lodosas con peligro de resbalarse. Digamos que Indiana Jones se quedaba corto. Y nosotros por supuesto, fascinados por tal revelación.
Y si…así fue. Nos la pasamos de lujo esos días, nos divertimos bastante, comimos rico, disfrutamos de la naturaleza al máximo. Y lo mejor de todo, es que estuvimos en el Cielo…otra vez.

Some HTML is OK