Estando soltera nunca me fui a ningún lado, nunca viví sola, ni mucho menos estudie fuera. Toda mi vida la pasé en casa de mis papás. En esa casa grande, al lado de un maravilloso pantano, el que me vio crecer.
Pero se llegó el día en que me iba a casar. Y por primera vez me saldría de mi casa.
La casa en la que vivimos por 9 años, era propiedad de mis suegros y nos la prestaron. Teníamos que subir por unos altos escalones que daban a un patio interior. Vivíamos en un segundo piso, abajo eran bodegas donde mi suegro guardaba toda su mercancía de la papelería que tenía.
Yo la veía grande, como una pequeña hacienda, en donde los cuartos y sala comedor se encontraban alrededor del patio central. Así que todas las habitaciones daban al patio. También teníamos una amplia terraza en donde mis hijos pasaron largas horas jugando cuando eran muy pequeños. Tan fresca y agradable, esa terraza daba a la calle. Y aunque no había mucho que ver porque el rumbo no era nada bueno; el estar ahí tumbados en una hamaca resultaba muy grato.
En nuestro patio que era de cemento, se podía subir fácilmente al techo por una escalera la cual teníamos clausurada con muchas macetas para que los niños no subieran. Era padre estar ahí arriba. Como era la casa más alta de la colonia pues estaba cerca de un acantilado, se podía ver el puente Tampico desde ahí y parte del río Pánuco también.
Cuando nos fuimos a vivir ahí, le tuvimos que hacer unas mejoras. La casa era muy vieja y necesitábamos de ciertas comodidades.
En invierno hacíamos unas posadas muy padres, muy típicas con piñata, dulces, serpentinas, globos y farolitos de papel. Dábamos tostadas de tinga y picadillo, chocolate caliente y mucho ambiente.
La casa se veía linda, toda adornada y nosotros disfrutando con familia y amigos de esos gratos momentos.
Pero a pesar de ser linda mi vieja casa, era algo complicado para trasladarse de un cuarto a otro. Sólo el cuarto de los niños, el cuarto de juegos y el nuestro, estaban comunicados junto con el baño. Y si queríamos ir a la cocina o a la sala teníamos que atravesar por el patio. Por supuesto que primero teníamos que lidiar con el “Goliat”, que era un enorme bóxer que siempre esperaba a que alguien saliera para retorserse frente a nosotros, moviendo su pequeña colita a mil por hora y hacernos cariños como era su costumbre. Él no era problema. El problema era que cuando llovía, teníamos que salir con sombrilla a la cocina, o si hacía un frío del demonio, tenía que sacar a mis hijos envueltos en un cobertor para pasar al otro lado de la casa. Era un show.
Más sin embargo, a todo se acostumbra uno, menos a no comer. Así que nosotros éramos felices en esa casa sin techo.
En lo personal no sé cómo le hice para aguantar esas escaleras tan altas estando embarazada, y mucho menos con los chorrocientos kilos que subí. Sólo veía a mi mamá cómo se compadecía de mi. Pero yo no sufría mucho, estaba joven, fuerte y nunca me preocupó esa incomodidad. Mis hijos llegaron y con ello doble trabajo, pues había que subir con pañalera, porta bebé con todo y niño, y aparte cuidar que el más grandecito no se me cayera de las escaleras. Casi siempre lo hacía sola. A menos que mi marido estuviera para ayudarme.
Así transcurrieron los años. Y cuando la compañía le ofreció a mi esposo un cambio de ciudad, con todo el dolor de nuestro corazón lo dejamos todo: casa, familia, amigos, escuelas…todo.
Pero una gran ilusión teníamos, pues ahora sí viviríamos en una casa con techo. Sin mojarnos al salir del cuarto, sin tener que soportar los calores infernales ni tampoco los crudos inviernos cada vez que queríamos ir a la sala comedor. Una nueva y grata experiencia nos esperaba. Porque todo, es a su tiempo.
Llegamos a Monterrey y una casa pequeña de dos pisos nos acogió. Y a pesar de su pequeño tamaño, la vista frente al Cerro de la Silla es maravillosa. Era extraño al principio, el poder bajar en la noche por un vaso de agua “con tanta comodidad”. Fue ahí donde me di cuenta de las carencias que habíamos pasado.
Ahora, si Dios quiere, tendremos una nueva casa con techo, pero más grande.
Y si…así fue. En esta vida todo tiene su momento, y la juventud y la ilusión de formar una familia hacen que las pequeñas carencias que podamos tener no pesen tanto. Con el tiempo uno se vuelve más demandante. Pero así es nuestra existencia, así son nuestras necesidades y nosotros crecemos junto con ellas.
12 años
UNA CASA CON TECHO
Some HTML is OK