Año con año, en la medida de lo posible, cada quién regresa a casa de los padres, a sus orígenes, a la familia y a disfrutar de tan grata compañía. Se recorren grandes distancias a través del país o se viene desde el extranjero y todo para reunirse con un mismo fin…estar en familia. Así son la épocas navideñas.
Pero el preludio a todo esto es interesante. Desde que se planea el salir de viaje: si se puede o no se puede. La ilusión de los hijos de llegar con sus primitos, con sus abues y todos esos lugares que nos llenan de tantos recuerdos. El que mis hijos cuenten los días para que se llegue el gran momento de salir, es de toda la vida. Sus ojitos brillantes de emoción y su añoranza es algo que atesoro enormemente.
Este año, mi hijo más pequeño cada vez que regresaba de la escuela me decía…-¡Mami, ya faltan 7 días…6 dias…5 días…!!. Se despertaba todos los días con sólo un pensamiento: el ir a Tampico con sus abues y sus primitos. Y fue tanta su emoción una noche antes de partir, que se durmió con la ropa puesta del día siguiente para ya estar listo.
Las partidas, siempre están llenas de movimiento, todos atareados, apurados poniendo las últimas cosas en el coche o la camioneta. Que si la maleta, el regalo, los recuerditos, la hielera, los sándwiches o tacos para el camino, la cobija, el iPod, iPad, Nintendo y cuanta tecnología para los chamacos. El costal de naranjas que compra uno en el camino para llevar a la familia, la miel, carne seca y glorias (ahora ya no, por la inseguridad), la gorra, lentes de sol y un montón de papas y mugreritos para ir comiendo en el camino. Patinetas, scooter y a veces hasta el perro.
Por supuesto que entre más grande el carro, más chivas le mete uno. Hasta pareciera que nos fuéramos a mudar de casa.
Todos dan de vueltas antes de salir de casa, los hijos preguntan dónde están las cosas como si no supieran dónde viven. El perro ladra y se acelera al ver a todos apurados y el marido peleándose con las maletas por no poder acomodarlas. La mamá cuidando que no se olvide nada, apagando luces, cerrando llaves y arreando a todo mundo pa que se apuren. Me imagino que la escena a de ser algo…pintoresca.
Y ya cuando están todos por subir al carro, no falta el que se regrese para hacer el último chorrito de pipí.
Así que entre gritos y sombrerazos uno por fin se puede ir. Pero no han pasado ni quince minutos cuando ya se están sacando los sándwiches o los tacos, los cuales se supone que eran pal camino. Y a partir de ahí uno va haciendo escalas en tooodos los OXXOS de la carretera.
Apenas uno lleva casi una hora de camino y los hijos empiezan a preguntar que si “ya merito”. Y luego a la media hora sale otro con que “quiero ir al baño”. Y me dice mi esposo…-¡Pero si acabamos de salir!. Pues sí pero hace media hora no quería ir al baño.
Según mi mamá, dice que yo tenía que conocer tooodos los baños de la carretera cuando era chica. Y era horrible porque estaban espantosísimos. Pero yo no tenía la culpa pues como viajábamos de Tampico a México, el clima iba enfriando cada vez más y me daban ganas de hacer pipí.
Pero todo esto vale la pena: el acelere, el tiempo, la distancia, si lo que quiere uno es reunirse con la familia.
Y si…así fue. Hacemos cuenta regresiva para poder partir. El poder salir de casa parece toda una proeza. Queremos llevarles a todos aunque sea un cariñito. Cargamos hasta el molcajete por si las moscas. Paramos mil veces en el camino y recorremos grandes distancias, todo para estar…con los tuyos.
12 años
CON LOS TUYOS
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