No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 12 años

PLAZA PALMAS

Estando en la prepa, una de mis obligaciones era el ir a atender una de las tiendas de mi papá. Por las mañanas iba de 9am a 1pm al negocio y por la tarde entraba a la prepa a las 3:30pm, si no es que a las 2:40pm algunos días. Así que llegaba volando, comía, me bañaba y me iba. Sólo trabajaba medio turno.
Después trabajé tiempo completo. Estaba sola a cargo de un negocio, pero no me daba temor, no había la necesidad de alguien más. La tienda era grande, de techo muy alto en donde había una casita de madera con su balcón. Realmente la ocupábamos de bodega. Pero la vista que le daba al negocio parecía de ensueño. Me encantaba esa tienda y la sentía mía. La adorné y decoré con la misma mercancía que vendíamos y se veía linda.
El negocio de mi papá era de artesanías mexicanas y vendíamos cosas de toda la república: barro negro, zarapes, sombreros de charro, ónix, cobre, mimbre, alebrijes, cerámica, papel maché, papel amate, árboles de la vida, conchas y caracoles, vestidos típicos, joyería de plata y alpaca, juguetes de madera…en fin, la lista es larga. Era mi pequeño mundo.
Tenía unos equipales que hacían como una pequeña salita frente al aparador, así que cuando tenía visita de mis amistades, ahí platicábamos. Arriba, colgados de lado a lado, tenía tiras y tiras de papel picado, todos de diferentes colores. En las paredes había cuadros de chapopote, zarapes, sombreros, últimas cenas de madera, cortinas de carrizo, tenía de todo. Y por la parte de abajo de la casita de madera, colgaba maceteros de mimbre, lámparas de caracol, payasitos voladores de papel maché y alguna que otra cosa más. El piso era colonial color rojizo y conforme pasaba el tiempo y con el uso se iba puliendo y lucía más.
Se llamaba “Los Morales” y se encontraba en una plaza muy grande, en donde los locales estaban (están aún), al aire libre, con sus andadores y fuentes en cada plazuela. Los locales, todos con sus tejas, le daban ese toque colonial a la plaza tan atractivo.
Plaza Palmas así se llama. Anteriormente llena de vida y el lugar preferido de muchos para pasear y hacer sus compras. Nos visitaban gente de toda la república, la plaza era famosa y el giro de nuestro negocio era excelente para el turista que quería llevarse algún recuerdito de Tampico o de México. También nos visitaban muchos turistas extranjeros. Se embelesaban con todo lo que vendíamos y eran los que apreciaban más las artesanías mexicanas.
La plaza tenía de todo: negocios de telas, neverías, otro de donas, de chispas, esas de las maquinitas, cines, restaurantes, un supermercado llamado “Blanco”, gimnasio, acuario, una dulcería donde una “señorita” amargueitor se desquitaba con todos los escuincles por su soltería, me supongo.
La variedad de negocios era mucha y eran demasiados negocios para tan poco estacionamiento. Así que la plaza fue decayendo con los años, no se daban a basto con los lugares.
El auge de esa plaza y los tiempos de gloria no sé cuántos años duró. Uno a uno fueron cerrando y a una velocidad increíble se fue poblando la plaza de puros consultorios. Que no es el caso pues se supone que era una plaza comercial. Así que los pocos negocios que quedábamos tuvimos que cerrar. Sin comercio y sin turistas pues ya no.
Yo estuve como 4 años. Que fueron los últimos en esa plaza. Me dolió que cerráramos pues la sentía como mi segundo hogar. Ahí conocí a mucha gente muy querida, entre ellos a mi esposo. Era un gusto atender a la gente y el poderles contestar a sus preguntas en cuanto a la mercancía que vendíamos. Sabía de qué estaba hecha, de dónde era, cómo la hicieron o de dónde la trajeron. Mis pocos conocimientos sobre las artesanías eran suficientes para el que entrara, porque yo lo viví, yo viajé y vi cómo hacían la mayoría de las cosas.
Siempre tuve buenos comentarios de la gente, pero hubo uno que me cautivó bastante. Fue una muchacha que con ojos de asombro caminaba lentamente por la tienda. Miraba todo a detalle como si pudiera sentir en el ambiente “algo” especial. Y por fin, después de un rato me dice…-“¡Esto es maravilloso!, es como si uno entrara a un paraíso, su olor, su ambiente y su frescura es como si uno se transportara a un mundo mágico”.
…Creía que yo era la única en sentir eso, pero me di cuenta que también otras personas lo compartían conmigo.
Y si…así fue. Me tocó ir a esa plaza en sus años dorados cuando todavía era una adolescente. Me divertía y paseaba como todos en Tampico. Pero nunca me imaginé formar parte de ella.

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