De ves en cuando, o me imagino que algún fin de semana, mis papás nos llevaban de paseo al centro de Tampico. Estamos hablando de cuando tenía unos tres años. Nos llevaban a La Plaza de Armas, que es la plaza principal de ahí. Y era como ir de paseo a un lugar muy especial. Con sus árboles enormes y frondosos, las palomas a montones buscando quién les diera migajas, las ardillas correteando por las ramas y toda una escena de vida y colores rodeaban ese lugar.
Era fantástico que nos compraran una pelota con elástico, esas de color rojo, blanco y azul, ¡claro!. Los globeros hacían su agosto pasándole por las narices a los niños todos esos globos de colores, o los perritos que se arrastraban y tenían fichas en las patas. Todo niño quería uno de esos.
Las burbujas nunca faltaban, tan grandes y cristalinas, era una proeza poder sostener una sin que se reventara. Las palomitas de maíz en papel de estraza y las pepitas saladas. Todo era fantástico, como un día de fiesta.
Al centro de la plaza hay un gran kiosco al que le llaman “El Pulpito” pues tiene forma de pulpo. Y nos divertíamos corriendo alrededor de él. No sé porqué tenían desnivel los escalones, me imagino que en realidad era uno sólo que giraba en espiral. Así que al ir corriendo subíamos y bajábamos constantemente.
Pero ahí cerca, a mediados de una cuadra, vendían (todavía venden) los churros más deliciosos que haya probado en mi vida. Su olor llegaba hasta la esquina y me imagino que de chica esos olores eran más deliciosos, porque hoy en día lo último que compraría en la calle es un churro empapado de aceite y con montones de azúcar. Afortunadamente tengo buena memoria (excepto la de corto plazo) y cuando he andado por ahí con mis hijos les he comprado algún churro, el cual disfrutan enormemente.
Pero en aquellos tiempos, mi hermano, uno de los mayores. Le dice a mi papá…-Papin, ¿me compras un chudo?.
-¿Un qué?.
-Un chudo.
-Ahhh…un “chudo”.
-Nooo un chuuudo.
-¡Por eso! Un “chudo”.
-¡Que no! ¡Un chuuuuuudo!.
Pobre de mi hermano, no podía pronunciar la “rr” y a mi papá que le re encantaba hacernos patinar, se divertía no con nosotros, sino “de” nosotros.
A final de cuentas mi hermano terminó con sus “chudos”. Recién hechos, los metían a una bolsa de papel de estraza y unas dos o tres cucharadas de azúcar. Había que agitar la bolsa para que quedarán bien azucarados y así poder disfrutarlos.
Ahí en la Plaza de Armas también está el famosísimo Globito, que es una jugueria de toooda la vida, con sus mesas de piedra y sus sillitas de alambrón afuera del local. Adentro tienen un buen espacio para comer. Es un lugar popular, pero sirven los licuados de tamaño jumbo más ricos que pudiera haber. Y no se digan las tortas, son muy buenas y recomendables. Lo curioso del lugar es que toda la fruta está a la vista como parte de la decoración.
Y si…así fue. Esas pequeñas salidas a pasear eran grandes y emocionantes para nosotros. Pienso que a veces nos complicamos en tratar de darles a nuestros hijos “lo mejor”, siendo que lo mejor está al alcance de nuestras manos. Eso es lo que deja huella. Entre más se les de, más exigentes se vuelven y por lo tanto dejan de apreciar las pequeñas cosas. Su capacidad de asombro es muy grande, así que no tengan temor de mostrarles las bellezas simples del mundo.
A final de cuentas, ahora nosotros llevamos ahí a nuestros hijos.Y a mi hermano por fin se le quitó lo lenguardo y pudo pedir sus tan preciados churros.
12 años
CHUDOS
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