Hace casi dos años nos fuimos de viaje por todo el centro de la república, visitamos varias ciudades y al llegar a Puebla, un sobrinito se nos unió al viaje. Así que andábamos con tres chamacos apestosos, ocurrentes y con pláticas profundas. He de decir que el Geñito se portó muy bien. Tan es así que un día me dice…-Oye tía, ¿porqué a Beto y al Alex les dices cosas y a mi no?. Así como diciéndome “¿estoy pintado o qué?”. Y le digo…-Es que a ti no te tengo que decir que te metas a bañar, que te laves los dientes, que guardes tus cosas, que no des lata, porque lo haces sin que te lo diga. Me causó gracia porque era como pedirme un pequeño regaño, digo, por aquello de la falta de costumbre.
Y uno de esos días estando en Guanajuato, allá con las tataratías, resulta que no traíamos suficiente efectivo, teníamos mucha hambre y no había cajeros automáticos. Las calles son sumamente estrechas y la camioneta que es muy grande apenas si la pudimos meter a un estacionamiento. No era buena idea sacarla para ir a buscar un cajero. Y lo malo es que casi en ningún lugar ahí cerca aceptaban tarjeta. Entonces nos tuvimos que adaptar con los 200 pesos que traíamos. Y de pura chiripa nos encontramos una fondita donde nos daban comida corrida y agua de jamaica por 35 pesos, ¡qué barato!. Comimos los cinco y aparte nos alcanzó para pagar el estacionamiento. Qué tal.
Sin complicaciones disfrutamos de todos esos días. Pero un día, estando en León, fui sola con los niños a comprar zapatos. No había lugar por ningún lado para estacionar chica camionetota, pero en un estacionamiento había un lugar; y uno de los “viene viene” me dice…-Aquí puede estacionarse. Y le digo…-Pus cómo cree si es para discapacitados…
-Nombreee, si así siempre le hacemos.
-Pero no está bien, me van a decir algo. ¿Y si alguien lo necesita?.
-No pasa naaada seño, casi no se ocupa, yo aquí se lo cuido.
En eso entró esa dualidad de conciencia…”¿lo haré o no lo haré?…¡naaaah, no pasa nada!…¿y si alguien lo necesita y yo aquí ocupando su lugar?…pero es sólo un rato, aparte no hay lugar…¡pero yo no hago esas cosas!”.
Total que me quedé, y toda angustiosa les dije a los niños…-A ver tú, Geñito, has como que tienes chueca la pata, tú Alex, como que te brinca el ojo, y tu Beto, como que estás medio lelo. ¡Aghhhh me sentía culpable! Creo que no podíamos fingir bien y me dice el Geñito…-¡Ayy tía, si vas a hacer algo mal, de perdida hazlo bien!.
Me dejó sin habla, tenía toda la razón. Porque hasta para hacer las cosas mal, hay que hacerlas bien.
Es curioso y tal vez a muchos les ha pasado, que andando en el súper o de compras, uno sale con algún artículo en la mano y sin pagarlo. Sin esconderlo ni ocultarlo ni nada, (siempre y cuando uno no se de cuenta). A mi me pasó dos o tres veces en McAllen, en esas compras donde uno lleva el carrito lleno. Pues al estar mis hijos pequeños, siempre les daba varios juguetitos de ahí de la tienda para que se entretuvieran en el carrito durante la compra. Pero a la hora de pagar, sacaba todo y no ponía atención que el niño traía un juguete en la mano. Así salimos un día con una pelota suave de bebé y en otra ocasión, con una almohada de plaza sésamo pues mi hijo venía dormido sobre de ella.
¡Qué cosas!. Cómo la conciencia nos traiciona y nos hace ver las cosas malas más malas de lo que son. Tal vez ha de ser porque somos muy honestos, algunos, claro.
Un día, recién llegados a Monterrey, nos fuimos de paseo al Parque Fundidora, es enormisísimo y mis hijos andaban en sus triciclos. Les dijimos que no se salieran de ese tramo. En eso perdimos de vista al más grande que tenía 6 años. El pánico nos empezó a invadir buscando por todos lados y mientras mi esposo casi llamaba a la fuerza aérea y al ejército, yo pensé “calma se lógica”, “piensa como niño, ¿qué haría si fuera él?”. Y dije “le daría toda la vuelta al circuito”, y así fue, me fui en sentido contrario a la pista y lo intercepté. Me dio mucho gusto verlo pero casi lo quería ahorcar y le pregunté…
-¡¿Porqué lo hiciste?!. Y tranquilamente me contesta…
-Porque pude.
Fue desafiante y peligroso lo que hizo, más sin embargo su respuesta era la correcta. Ya después hablé muy claro con él sobre los riesgos y la desobediencia.
En otra ocasión saliendo de un shopping en McAllen, voy revisando la lista de lo que habíamos comprado y todavía sin salir de la tienda me voy dando cuenta que unas sábanas de franela me las habían cobrado a ¡80 centavos!. En ese momento me sentí “descubierta” y le dije a mi familia “¡vámonos, vámonos antes de que se den cuenta!”. ¡Por Dios!, y si no me hubiera dado cuenta…habría salido tan tranquila como si nada. En fin.
Y si…así fue. La mayoría de las veces cuando las cosas nos salen mal es porque a sabiendas de que están mal, la cajeteamos y salen peor. Tenemos ese chip al que se le llama conciencia y no lo podemos engañar. Es nuestro freno entre el hacer y no hacer. Pueden ser tonterías, cosas sin importancia o nada que afecte a los demás, pero aún así nos provoca cierta inquietud.
Así que pórtense bien y si no…inviten.
12 años
SI VAS HACER ALGO MAL, DE PERDIDA HAZLO BIEN.
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