No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 12 años

HAGAMOS UN TRATO

¿Recuerdan aquél escrito que se llamó “HOUSTON…¡TODAVÍA TENEMOS PROBLEMAS!”?. Si no, pues en mi Blog lo pueden encontrar. En ese escrito hablaba de todas las adversidades del principio y del fin de un viaje a Disney con mi familia. Éste nuevo escrito viene siendo el continuose del empesóse de lo que no se vio…
Aquella vez que fuimos a Disney con nuestros hijos, habíamos planeado el viaje 3 años antes. Decidimos que el Alex cumpliera los 6 para ya no andar cargando niños. El tiempo pasó y esa ilusión crecía conforme la fecha se acercaba.
Un año antes, nos metimos a fondo en el tema: compramos boletos de avión, entradas a todos los parques, hotel, comidas, todo. Así que prácticamente no teníamos de que preocuparnos.
También aprovechamos unos meses antes e hicimos una venta de garage. Sacamos un chooorro de juguetes y cosas. Mis hijos me ayudaron y estuvieron al pendiente de la vendimia. Y al final, todo ese dinero que se reunió lo cambiamos a dólares y lo dividimos entre dos. Así que se repartió entre mis hijos y les dijimos que “ese” iba a ser su dinero que tendrían para Disney. Cada quien con sus ahorros más lo de la vendimia, ya era algo. Nosotros como papás nos encargaríamos de los gastos fuertes, pero las chucherias y recuerditos ellos lo pagarían con su dinero.
Y aún con tanto preparativo y tantas ilusiones, había algo que me hacía ruido en mi interior…pensaba y pensaba que no sería justo que “algo” opacara nuestro viaje. Siempre hay imprevistos, lo sé, pero si ese algo depende de nosotros, pues con mayor razón. Estaba dispuesta a que nada ni nadie echara a perder nuestra aventura.
Así que un día, sentados a la mesa los cuatro, les dije…”Hagamos un trato”. Eran días previos para irnos y estando con un bote de plástico transparente en la mano les propuse ese trato: de que por cada berrinche, enojo, coraje, mala cara, mal modo o mal comportamiento, íbamos a tener que pagar un dólar y depositarlo en “El bote de las cosas inútiles”, y así al final del viaje sumaríamos el dinero recaudado y se convertiría en “El bote de las cosas útiles”, ocupándolo para hacer alguna compra en el súper.
Por supuesto que el primero en respingar y darse casi en banca rota fue mi hijo mayor. Lloró, suplicó y se enojó por dicho trato y dijo ¡que no era justo!. (Creo que sabía bien de qué pie cojeaba). Que risa, todavía no nos íbamos y ya se estaba dando por vencido pues en aquél entonces debió de haberse llamado Juan Corajes.
Aquí el asunto era parejo, y aún nosotros como papás teníamos que ser lo suficientemente honestos y congruentes con esos castigos. Nadie se salvaba.
Pero bien curioso, porque a pesar de que un dólar no representara algo gravoso (para los niños si, por ser sus ahorros), yo creo que fue el dólar más caro que hayamos pagado mi esposo y yo en ese viaje. En nuestro bolsillo no nos pegaba, nos pegaba duro en el orgullo y todo por un mal modo.
Es tan fácil que por cualquier tontería se arruine un buen momento o un buen día, que de la nada se puede hacer todo un caos…no quería yo eso.
Y estando ya de acuerdo los cuatro respetamos ese trato. Pasamos unas vacaciones inolvidables, disfrutamos de cada momento y nada opaco nuestro viaje.
Entonces al ver lo que les había costado el obtener y conservar su dinero, como por arte de magia  mis hijos empezaron a valorar más lo que compraban: si lo necesitaban o no, si les servía o no, si realmente lo iban a usar o no. Mi hijo más grande en aquél entonces de 9 años, administró muy bien su dinero y se compró en la tienda de LEGO varias cajas para su colección. El chiquito no se quedó con las ganas de comprarse algunas chucherías, pero aún así administraba bien su dinero. Fue fácil hacerlo, cada quién sabía con cuánto dinero disponía al día, así que si no gastaban casi nada en un día, al otro, podían aprovecharlo pues se les acumulaba.
Y si…así fue. Hubo pequeños desfalcos en los ahorros de mis hijos por pequeños berrinches, pero la idea la captaron rápidamente. A mi esposo y a mi nos tocó pagar también un dólar respetando las reglas del acuerdo. Y a pesar de que nuestra ida y nuestro regreso hayan estado de nervios, nada pudo empañar nuestro viaje. Mucho menos la estancia en Disney, pues habíamos hecho un trato y más que ser un trato, era cuestión de actitud.

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