No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 12 años

SIGUE JUGANDO

Eramos pequeños mis hermanos y yo, y ya bañados y merendados todavía teníamos tiempo para jugar un rato más. Con calcetas y en piyama de franela, la sensación era rica, la de sentirse limpios y calientitos. Nos ponían a veces un disco de Cepillín u otro de rondas infantiles, o mi mamá nos agarraba los deditos uno por uno diciendo…”este dedito se fue al parque, éste dedito se fue a la playa, éste dedito…”, a veces nos dejaban jugar con las sábanas y hacer casitas con las sillas. Hasta que mi papá nos cantaba la canción de Juan Pestañas y nos mandaba a dormir, ¡ayyy nooo!, siempre pedíamos un ratito más.
No sé de dónde sacaba tiempo mi mamá, pero siempre tuvo tiempo para nosotros, hacía su quehacer, lavaba el carro, bañaba a la perra, tejía, pintaba sus cuadros, regaba las plantas, el mandado, la comida, arreglaba la ropa en su máquina de cocer… aún así había tiempo para llevarnos a caminar a unas cuadras de la casa, de estar en el patio con nosotros, de hacernos rollito con la toalla y aventarnos como trompo en la cama, de jugar a guerritas con bolas de papel y de pasarla realmente padre con ella.
Uno crece y a veces las cosas de niños se olvidan: el caminar por una rayita o sobre una banqueta angosta sin caerse, patear una piedra, ficha o lo que sea mientras uno camina en la calle, ponerse de cabeza en el sillón y mirar todo al revés, peinarse como punk con la espuma del shampoo, hacer figuritas en el espejo del baño cuando uno se acaba de bañar, contar los cuadritos o manchitas del suelo mientras uno está sentado en el baño, correr y deslizarse con calcetines en el piso, esconderse debajo de la cama, aguantar la respiración y tratar de no parpadear…eso y mil cosas más todos lo hicimos alguna vez.
Pero nunca es tarde para poder revivir esos momentos…sigue jugando.
El trabajo, los compromisos y los pendientes nos absorben demasiado, tanto, que no nos dejan espacios lúdicos para nosotros mismos y nuestros hijos. Es fácil y cómodo en estos tiempos tener en paz a las fieras con sus aparatos electrónicos. Pero hay que mirar atrás un poco y recordar todo aquello que nos hizo crecer.
Hace muchos años, andando de novios mi esposo y yo, estábamos en la casa de la playa que tenían mis papás y cerca de ahí había un tobogán de un balneario ya viejo. No funcionaba, pero mis hermanos y amigos nos gustaba correr por ese tobogán sorteando las curvas que es donde uno agarraba más velocidad. Entonces, ese día que estábamos ahí, unos amigos de mi esposo fueron en parejas. Y le dije….-
-¡Vamos!, ¡vayamos al tobogán!. Y me dice…-Nooo, cómo crees, ellos ya son grandes. (digo, nomás porque unos de ellos tenían hijos).
-¿¿Yyy??, es divertido, les va a gustar.
Total, de que no fuimos y esa parte de “que ya son grandes” nunca la entendí. Ahorita ya soy grande y no por eso voy a dejar de divertirme. Creo que mi cerebro todavía no registra la edad que tengo…y no le vayan a decir eh?, dejen que siga con esa falsa sensación de seguridad.
Pero un día, hace como medio año, vino uno de mis hermanos a Monterrey y lo llevé al Cerro de la Silla junto con otros amigos. Subimos más allá del teleférico y él se trepó y changoloteó por todos lados ahí donde está la maquinaria. Parecía niño.
Ya cuando decidimos regresar, empezamos a bajar rápidamente, el impulso nos ganaba y esa sensación de querer correr era incontenible. Así que sin ponernos de acuerdo, mi hermano y yo empezamos a correr de la nada y mis amigos nos siguieron. Dábamos saltos largos y certeros uno tras otro, calculábamos cada paso en fracción de segundos y la velocidad nos invadía. Mi cerebro se revolucionaba a mil por hora, escaneando todo en cada desplazamiento que teníamos, no había tiempo de pensar, más que estar enfocados en lo que hacíamos. Era mucha la adrenalina la que corría por mis venas y aunque podríamos haber tropezado y lastimado severamente, el riesgo se mantenía latente. El corazón latía al máximo, el sudor nos empapaba y dábamos saltos en zig zag a cada momento. Pero queríamos llegar al final, ganar como niños y decir ¡lo hice!…
¡Qué sensación de libertad!. ¡Qué éxtasis e intensidad pura!. ¡Que gran momento!.
Y sí…así fue. Ese día que subimos al cerro, jugué con mi hermano y fue maravilloso.
Pero nunca es tarde para lanzar una pelota, atrapar una mariposa, mojarte bajo la lluvia, tirarte en el suelo y mirar las estrellas, echarte una carrerita, rodar de barrilito en el pasto y jugar a las escondidillas…nunca, nunca es tarde. Yo te digo, sigue jugando.

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