No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 12 años

DE TIN MARÍN

Sin duda, cada día de nuestra vida está llena de decisiones, a veces grandes y otras muy pequeñas. Pero no nos podemos librar de ellas. Digamos que para que el que sufra de indecisión, es un gran martirio.
A mi me ha pasado algo de eso y más estando en algún restaurant. Te ponen toda una lista de platillos que más que ofrecerte variedad, te ofrecen toda una confusión absoluta. Que si las empipianadas con cecina, milanesa de pollo o con arrachera, picosas, poco picosas o muy picosas, encacahuatadas, enmoladas, encremadas, entomatadas o empipianadas, con papas o ensalada, con huevo o sin huevo….¡Me lleva! Lo mejor es pedir unas mixtas y ya.
Sé que la variedad es muy importante para el consumo de hoy en día. Pues es como estar en onda eso de ofrecer mucho surtido de algo. Pero es taaanto que abruma. Para todo hay opciones y muchas, hasta para llamar al banco o cualquier institución, nos dan un número de opciones infinitas para poder pasar al siguiente paso…”marque 1 si quiere consulta de saldo, marque 2 si quiere preguntar por algún servicio, marque 3…” Y después de todo eso, nos mandan a otra serie de opciones para poder seguir con el procedimiento…¡Me cachis!, ¡si yo sólo quiero hablar con la señorita del banco!. Y lo peor del caso es que tengo que volver a marcar porque ya se me olvidaron las primeras opciones…buéhh.
Pero algo ha de haber en mi pasado que no me permite el decidirme tan fácilmente con lo que voy a comprar. Y sé qué es: no soy consumista, ni mucho menos de las que cuando están deprimidas se van de compras para sentirse mejor. No necesito de eso. Compro lo que me hace falta y no más. Desde chica soy así, nunca acostumbraba ir a la tiendita por chucherías, y el día que traía dinero y las ganas de comprar “algo”, me paraba frente a todo ese mundo de papas, galletas, juguitos, panecitos, dulces, paletas y mugrerito y medio ¡de todos los colores y sabores!, de marcas diferentes y con gran variedad de surtidos…¡Chin! ¿Qué compro?. Muchas veces me regresaba sin nada y otras, si bien me iba, me compraba lo de siempre: unos polvorones de naranja o unos fritos con limón y sal.
A mi hijo el más grande le pasa lo mismo, pero en los restaurantes,  aquí el asunto no es que no sepa bien qué escoger, el problema es que se le antojan muchas cosas y no sabe por cuál de ellas decidirse y le pregunta a quién menos debe…a mi.
Pero antes el asunto no era tan complicado. Si uno iba a la nevería, había nieve de fresa, vainilla, chocolate, napolitano, mango y limón, las clásicas. Ahora, fácil han de tener como 30 sabores o más. Hasta de chicle hay.
Los shampoos nomás había como cuatro o cinco marcas y estilos, pero ahora hay ¡miles!, que si para cabello teñido, liso, normal, graso, seco, con caspa, puntas abiertas, chino, con caída, rebelde, largo, esponjado…¡Pfff, por eso me tardo tanto en el súper!. El jabón que siempre he comprado durante años ha sido el Dove, blanco o rosa. Pero ahora hay con exfoliante, reafirmante, reequilibrio, fresh touch, sea butter…¡si yo nomás quiero bañarme con un jabón cremoso!. Pero he de aceptar que esos nuevos huelen muy rico.
Y lejos de ayudarnos, nos confunden, nos paramos frente al mostrador para pedir una hamburguesa. Y nos quedamos mirando como mensos hacia arriba para escoger las múltiples opciones y…”Aaamm…bueee…puess….estemmm…¿qué vas a pedir tu?…-No tu primero”. Y ya que por fin nos decidimos por alguna, nos dicen…”Y por 10 pesitos más usted puede agrandar su combo, con papas grandes y refresco grande, ¿cuál va a pedir?”.  ¡Dios!
El otro día necesitaba comprar unas cremas específicas de esas dermatológicas, y le pregunto a la señorita que si las tiene. Una si la había y la otra no, pero me juraba y súper juraba que tenía una marca con las mismas propiedades que la que quería, y le dije que me aguantara un segundo, que le preguntaría a mi doctor, lo bueno que es amigo porque si no ni siquiera le mandaría mensaje. Total me dicen que si, que no es más mejor pero que por lo menos, es menos peor. ¡Ya stá! Dije yo. Y la señorita me sale que si la quería tipo musse o extra ligera. ¡Buéhh! Y ahí estoy yo mandando mensajitos pa saber de cuál. Por fin me dicen que la extra ligera. Y la señorita me dice ¿con color o sin color?….¡me cachis! Y ahí estoy yo de nuevo de corre ve y dile, a lo que me dicen que lo mejor es una que sea al color de mi piel. En eso volteo a ver a la señorita con ojos calculadores y por mi mente pasa una respuesta hipotética por parte de ella…”Lo siento señorita, pero no manejamos el color morena de fuego”…Seee cómo no.
En fin, compré la que había. Ya me sentía como en el Starbucks, que ahí si se llevan las palmas. No he visto lugar donde para comprar un triste café uno tenga que pasar por todo un interrogatorio. ¡Es desesperante!, por eso lo único que pido es un green tea cream y aún así me salen que si con leche normal o de soya, deslactosada o light.
…Creo que esto no es de Dios.
Y sí…así fue. Nos complicamos la vida de a gratis con tanta indecisión, siendo que con un simple “De Tin Marín” se puede solucionar todo. Pero somos exigentes y queremos más de lo que no hay. Buscamos lo nuevo, lo extra, lo plus para sentirnos al nivel. Y aún así con todo un carrusel de canales en la tele, estaciones de radio, sabores y estilos en la comida, marcas de calzado y ropa, paquetes de viaje o películas en el Netflix…nada, aún así nada nos es suficiente.

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