Hace unos días fui a recoger las calificaciones de mis hijos y no recuerdo que fuera tan complicado cuando era chica. Al parecer era dentro del horario de clases, pues no logro acordarme que mi mamá tuviera que ir en la tarde a recogerlas. Tengo esa vaga imagen de cuando los papás salían del salón con las calificaciones y nada más.
Ahora me ponen horarios cardiacos: a las 7:30am en puntitito o a las 7:30pm ú 8 a según, pero también en puntitito. Tengo dos hijos, uno en primaria y el otro en secundaria, así que hay que correr de salón en salón. Ya casi va a terminar el año y todavía no logro acordarme en qué grupo está cada uno. Así que me han de ver vuelta loca recorriendo los pasillos.
En una ocasión llegué a meterme a un grupo que no me correspondía, me chuté todos los avisos y perorata que dio la maestra hasta que empezó a entregar las boletas. Ahí fue donde me di cuenta de que “ese” no era mi salón. Y como mi papá siempre dice que “más vale una graciosa huida que una apasionada entrega”….yo huí.
Todavía no puedo caminar derecho por los pasillos, tengo que andar zigzagueando buscando el salón de mis hijos. Y eso que nomás tengo dos.
A uno, lo sientan en el lugar de su hijo y en vez de estar escuchando atentamente a la maestra, uno está pensando…”¡Pues por eso!…cómo no va a tener tos mi hijo, si lo tienen frente al clima, y aparte no le dejan traer pants, que porque ya no es invierno, ¡si el clima está como loco!, amanece frío y luego ya no…ashhh!…y aquí la pobre criaturita con todo el aire acondicionado dándole en su pechito”… Y la maestra bla, bla, bla, en eso oigo que dice algo de los uniformes, tareas, exámenes, promedios…y buéhh, creo que no me perdí de nada bueno.
Veo las calificaciones y ahí les califican hasta la sonrisa, y todo es por décimas. Antes, a mi en la primaria sólo me ponían números enteros: 8, 9 ó 10, así nomás.
Pero mucho antes, me platica mi papá, que había estudiado en un internado allá en México que se llamaba El Franco Español, ahí nomás había de dos calificaciones: “buenas o malas”.
Y eso aumentaba la tensión, pues como ahí vivían los niños, cada semana tenían que ganarse la salida para poder ver a sus papás los fines de semana. Para esto, a mi papá como que no le favorecía mucho eso, pues era muy peleonero y casi siempre se tenía que quedar. Pero hubo una ocasión donde según él y por petición de mi abuelo, le dijo que se portara súper bien para que pudiera ir a la graduación de su hermana ese fin de semana. Hizo su mayor esfuerzo y creo que ni un alma de Dios podría haberse portado mejor que él. Pero al final de la semana y estando en el gran salón comedor todos los chamacos sentados y esperando el gran veredicto, van diciendo…-Eugenio Morales…¡malas!. En eso mi papá levantándose de un brinco y aventando la silla les grita…¡¡ESO ES UNA INJUSTICIA INJUSTA!!
Creo que ha de haber sido toda una escena, en un colegio tan prestigiado de padres jesuitas y de disciplina intachable. Antes no lo llevaron al calabozo, donde alguna vez ya había estado. Al parecer los maestros por costumbre le dieron esa calificación, siendo que él se había portado angelicalmente.
Estando en la secundaria y prepa mis calificaciones no eran nada buenas como las de la primaria, puros 9 y 10. De tener 4 materias pasé a tener 14 y la calificación mínima aprobatoria por materia era de 7 y 6.9 no era 7. Así que fui panzando los años, a veces mejor y otras ¡chin a extraordinario!. Y eso que era bien portada, dedicada y buena alumna, pero con una memoria de teflón que no me ayudaba mucho.
Así que cuando nos entregaban las calificaciones, tenía que regresarlas firmadas…Ohh Dios. Pero con el tiempo, me fui dando cuenta que el mejor momento para darle la boleta a mi papá para que la firmara, era en su siesta. Todo adormilado no reaccionaba bien y me garabateaba su firma. Y un día que me manda llamar el padre Fritz a su oficina, pues el colegio era de jesuitas también y me pregunta con mi boleta en mano que si “esa” era la firma de mi papá. Pensando en que tal vez yo la había falsificado. Y le contesté con toda seguridad de que si. Lo que nunca supo él, era de que la firma estaba garabateada porque agarré a mi papá medio dormido.
Y sí…así fue. Los días de calificaciones eran terroríficos, más para unos que para otros. A menos que estuvieran seguros de sus buenas notas. A mis hermanos mayores les iba muy bien, a mi régules, pero mi hermano menor vino a descomponer todo eso con sus excelentes calificaciones. Es la oveja negra de la familia, pero el más codiciado para tenerlo como compañero en el juego del Maratón.
12 años
LAS CALIFICACIONES
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