No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 12 años

¡CON FUERZA, CON CORAJE…CON EL CORAZÓN!!!

Cada temporada se escribe una nueva historia. Mis hijos asisten a sus entrenamientos de fútbol americano. Uno en la infantil en la temporada de invierno y el otro en la juvenil en verano, así que durante todo el año tengo que ir porque hasta ahorita sus categorías son distintas. Este año, mi hijo más pequeño termina su temporada infantil y pasa a la juvenil inmediatamente en agosto. Ahora tendré a los dos juntos nuevamente.
Todos los días regresan de la escuela con mucha hambre, les doy de comer lo más pronto posible para que tengan tiempo de hacer sus tareas y también puedan descansar un rato.
La hora se llega y la condición, es que hayan terminado todos sus deberes antes del entrenamiento. Ellos entrenan en la noche de 7 a 9. Se ponen sus fundas que son como sus pantalones y en ellas traen sus 7 protecciones, tachones especiales, hombreras, casco y chupón que es para que no se lastimen los dientes. Más aparte, alguna que otra protección especial según la posición en la que jueguen. En este caso mis hijos son tacles defensivos y deben de protegerse los brazos que es donde más salen lastimados.
El equipo de nuestros hijos se llama Aguilas y es uno de los más padres, con suficientes instalaciones, muy buen ambiente y la mejor vista del Cerro de la Silla frente a nosotros.
A la hora de los entrenamientos, quinientos niños están entrenando, con un sinnúmero de coaches. Es un mundo de hombres y las mamás por supuesto no pueden pisar el campo, se ha hecho como regla general y es muy mal visto que una de nosotras quiera ir hablar con algún coach dentro del campo.
Y como es un mundo rudo dentro del campo, ahí los niños tienen que aguantar vara y no sentirse mal ni chillonear si es que los coaches les gritonean. Soportan entrenamientos intensos y más les vale hacer las cosas bien porque si no, les ponen de castigo dar vueltas al campo o hacer gatas. Otro de los castigos es, que si los ven platicando, hacen que den una vuelta al campo agarrados de la mano (por si se dicen tan amiguis) y es sumamente vergonzoso.
A veces han tenido que entrenar bajo condiciones extremas, han soportado dolor y cansancio intenso. El frío, el calor y la lluvia no es impedimento para dejar de asistir al campo y en ocasiones han tenido que entrenar hasta los sábados si es que en domingo tienen partido. No descansan a veces y los lunes por regla general son de “friega”…ya se han de imaginar cómo terminan los niños.
Conforme van subiendo de categoría, las exigencias son mayores y por supuesto que en la juvenil ya es otro nivel. Mis hijos en alguna ocasión han salido llorando de los entrenamientos, más que nada de enojo por lo intenso y pesado que pueden ser, por tener que soportar entrenar bajo la lluvia helada o por los castigos extras que se llevan todos por culpa de alguno.
A pesar de todo eso, el ir a los entrenamientos es un desfogue para ellos, la escuela, las tareas y los exámenes se quedan atrás cuando su mente y su cuerpo se concentran en el ejercicio. Además la convivencia diaria con sus cuates, el platicar cosas de chavos, las parrilladas y convivios, los campamentos con papás y el pasársela padre, los hace regresar.
Pero cuando se llegan los partidos oficiales, la tensión aumenta. Tenemos que cubrir siete jornadas con la mejor puntuación para pasar a semifinales.
En las gradas los papás con nuestras playeras del equipo, echamos porras a todo lo que da. Pero no siempre es así, hay temporadas donde los papás son muy apáticos y otras donde son muy prendidos. Cuando la porra o el ánimo no se anima lo suficiente, me he dado a la tarea de dirigir las porras. Que para eso me pinto sola.
A pesar de ser muy tranquila y de llevar mi vida a cierto ritmo, cuando se trata de estar en las gradas y apoyar a mis hijos en su equipo, me transformo, es como si me saliera mi otro yo, ese lado intenso que llevo dentro aflora y me hago cargo de que las porras no paren. Grito con fuerza, con coraje…con el corazón! Me he quedado sin voz, pero no importa porque sé que mis hijos siempre me escuchan y saben que voy a estar ahí con ellos para apoyarlos. Y cuando son semifinales y finales, el público se enardece y son luchas continuas de porras entre los dos equipos. La tensión aumenta y a nosotros casi nos da un infarto.
Dicen que soy la mamá porrista y me da gusto porque saben que cuentan conmigo.
Y sí…así fue. Durante unos años mis hijos regresaban batidos de lodo de sus entrenamientos, ahora ya no porque su campo es de pasto artificial. Las heridas y contusiones están a la orden del día. El carácter y la disciplina se fortalece. Aprenden a perder y a ganar en equipo. Sacan su mayor esfuerzo hasta el último aliento y por eso mismo, en lo personal, doy todo lo que puedo en las gradas, echando porras lo más fuerte que pueda para que mis hijos sepan que estoy ahí, siempre ahí.

Some HTML is OK