No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 13 años

2 BOCAS

A la edad de 5 años y hasta que me casé viví en la casa donde había un pantano. Nadamás teníamos tres vecinos y no precisamente uno a lado del otro.
La calle que era de pura terracería, estaba algo extraña pues resulta que tenía dos entradas así como tipo “Y”, nomás que invertida.
Estamos hablando de que eran solares válidos y por supuesto sin casas.
Y a pesar de lo chica que era yo, se me hacia algo ilógico el que fuera así.
Por esa razón la calle donde vivía se llamaba 2 Bocas.
A final de cuentas una de las entradas (la más incómoda) la cancelaron, pero nuestra calle continuó con su mismo nombre.
Cuando nace mi hermano, el más chico, mis papás plantaron un pequeño árbol de almendro frente a la casa. Así que fueron echando carreras a ver quién crecía más rápido.  Por supuesto que el árbol agarró ventaja y sobrepasó la casa de dos pisos de mis papás en pocos años.
Me podía pasar horas y horas bajo el árbol tratando de sacar las pequeñas almendras de su gruesa y fibrosa cáscara. Pero tenía que ser bien abuzada porque no era nada fácil lograrlo.  Me sentaba en la tierra, ponía una piedra grande luego la almendra y con otra piedra le daba un trancazo.  Aquí el chiste no nadamás era el no machucarse los dedos, sino que la semilla saliera completa, porque a veces le daba uno tan duro que se despanzurraba toda y no me gustaba estar comiendo pedacitos llenos de tierra.  Así que el golpe tenía que ser el justo.
Aaaaaa pero había un secreto;  uno primero tenía que escoger las almendras más secas, despelucarlas todo lo que se pudiera y ponerlas de canto por así decirlo, o sea no acostadas y darles un golpe certero para poder abrir la almendra en dos partes sin romper la semilla.  Por supuesto que ahí es donde uno corría el riesgo de machucarse los dedos. Pero yo siempre fui bieeen lísta.
A mis hermanos también les gustaba sacar las semillas,  pero nunca fueron tan pacientes como yo de pasarse horas ahí para lograr apenas un pequeño puñado de almendras.
Frente a ese gran árbol estaba un terreno todo enllervado y luego la casa de unos vecinos. Así que para ir con ellos teníamos que atravesar  por toda esa jungla.  Pero era interesante, porque era adentrarse al monte y de repente salir a una casa. Claro que con el tiempo se fue haciendo caminito de tanto que pasábamos.
Ahí vivía una amiguita de la edad de mi hermano mayor y jugábamos mucho con ella. Era muy linda conmigo porque a pesar de que fuera más grande que yo siempre jugaba conmigo a cosas muy divertidas.  Me encantaban sus cosas de Kitty y un supermercado  en miniatura con todo y su báscula para pesar las verduras. Y como siempre tuvieron gallinas en su patio, pues pesábamos a los pollitos.
Lo más curioso era que cuando mis hermanos iban conmigo a jugar con ella, jugábamos casi siempre a la escuelita.  Ella era la maestra y nosotros los alumnos, pero nos ponía hacer trabajos y nosotros de burris los hacíamos sin chistar.  A mi me encantaba y me divertía, sobre todo porque estábamos en el patio de su casa con sillitas y al aire libre. Sólo que luego nos teníamos que cuidar de que el chivo que tenía no nos diera de topes. También tenía un gallo viejo que se llamaba Esponjon y todos o casi todos los días se salía, se cruzaba el monte y mi calle para irse a pelear con mi gallo. Eran luchas encarnizadas a través del gallinero y hasta dejaban sangre en la reja.  Mi gallo se llamaba Don Gallo y era joven y hermoso. Pero a pesar de la edad del Esponjon siempre fue muy fuerte y casi inmortal, porque varias veces le dieron algún agarrón mis perros u otros por ahí y nunca se moría.
La calle 2 Bocas era nuestra prácticamente, no había carros que cruzaran, ni gente que pasara ni nadie que nos molestara.

Mayo 2013

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