Se dice, que cuando los hermanos o la familia vive en pleito, andan como perros y gatos.
Pobres perros y pobres gatos, qué culpa tienen ellos de haberlos etiquetado así. La realidad es otra, porque los que han tenido una convivencia desde pequeños, su relación es muy buena y amigable. Yo diría que mucho mejor que la de los humanos. Ellos no conservan rencores, ni celos, ni envidias, mucho menos dominios ni controles. Viven su momento y ante una mala experiencia, aprenden rápido, y eso lo hacen por instinto y no porque lo razonen en si. Su capacidad de supervivencia no los hace cometer el mismo error.
La prueba está con Luna, mi perra. Hace un buen tiempo supo convivir con un pato, eran los mejores amigos, pero al crecer el pato, sus necesidades eran otras y tuvimos que llevarlo al parque de Fundidora, para que viviera con otros patos y en un lago.
Ahora, hace unos meses, trajimos un pequeño gatito que apenas se había destetado de su mamá. Lo cuidamos por unas semanas dentro de la casa y ya cuando pudo comer sus croquetas, era tiempo de vivir afuera. El caso es que Luna no le hiciera daño. Se ponía muy nerviosa cuando se lo enseñábamos a través del cristal. No sabía qué era. Pues mucho tiempo antes ya había matado a una rata o tlacuache.
Día con día se lo mostrábamos a través del ventanal, después dejamos que lo oliera por la malla para que se fuera acostumbrando a su olor. Pero aún así, no me daba confianza todavía. Poco a poco fui abriendo el ventanal para que su trompa pudiera olisquearlo directamente. Todo el tiempo mantenía al gatito agarrado y al pendiente de cualquier reacción de Luna. Y un día ya estando afuera en la terraza con ella, dejé que se le acercara un poco mas al gato. Tenía al gatito bien agarrado con una mano y la otra suelta para poder protegerlo. Más, la actitud de Luna no me gustaba nada, había señales de alarma en ella que me mantenían en alerta: su mirada fija en el gato, su inmovilidad, sus orejas agachadas hacia atrás, eran signos de ataque. Y así fue, se le abalanzó de repente tratando de morder su cabeza, pero fui más rápida yo y le di un zape tan fuerte en la cabeza diciéndole con fuerza NO!. Si lo alcanzó a tocar, más no le hizo daño. Y ya con eso, Luna entendió que no era algo comestible ni masticable.
Con el tiempo pude dejar al gatito afuera con Luna. Pero lo más sorprendente es que, como el gatito era muy pequeño y necesitaba de su mamá y Luna había estado sola ya mucho tiempo. Ella lo adoptó como su hijo, el gatito se sentía protegido por ella y Luna lo bañaba como su cachorro, lo celaba como a un hijo, pues no le gustaba que agarráramos al gato, era suyo. Eso después se corrigió pues le enseñamos que no era de SU propiedad.
Fue muy paciente ella al lidiar con un cachorro inquieto, que todo el tiempo le mordía las orejas y jugaba con su cola. Se acurrucaba con ella y dormía sobre de ella también. Luna se convirtió en su mamá.
Encontraron compañía mutua a pesar de la diferencia de especies. Y como en toda manada hay un líder, aquí la líder es Luna y me ayuda con el mal comportamiento del gato, si es que lo llega a tener.
Luna es muy entendida y sabe lo que quiero y lo que se le ordena, más el gato no entiende nada, ni siquiera tiene nombre por lo mismo, porque no entiende al llamado de su nombre que una vez se le puso, así que se le quedó como Gato nomás.
Ahora el gato ya está grande y aún así siguen jugando Luna y él, pero sus luchas son muy divertidas, estando Luna acostada, el gato se le abalanza al cuello y le empieza a morder los cachetes, las orejas, los ojos y ella se defiende. Pero como su tamaño y su peso es mucho, a veces apachurra al gato y nomás se oye weeeewwww!.
Han sabido convivir perfectamente y si llegan a jugar pesado, se aguantan. Mantienen su distancia por un rato y ya.
Eso debería de suceder con los hijos y no tener que estar soportando el “que si me hizo, que si me dijo, que si me quitó, que si no me lo da, que si ya es mi tiempo…” Digoooo la lista es infinita y la verdad no puedo decirles que están como perros y gatos porque sería levantarles falsos a los pobres animales.
Entiendo que son etapas de la vida y que después pueden llegar a ser muy buenos hermanos. Por lo menos así lo viví yo y somos cuatro. Y mucho tiene que ver cómo nos educaron. Para mis papás se les hacía terrible que nos enojáramos entre nosotros, podríamos molestarnos de momento, pero no enojarnos por días. Por supuesto que jamás nos insultamos y si llegamos a decir una mala palabra, nos embarraban chile en la trompota. Respeto siempre hubo. Y es lo que yo les pido a mis hijos, respeto entre ellos. Para esto debe de existir el respeto entre los padres, porque si no ya valió cacahuate todo.
Y sí…así fue. Podemos vivir como perros y gatos siempre y cuando aprendamos de ellos. Su grado de nobleza, tolerancia y aceptación es realmente increíble.
12 años
COMO PERROS Y GATOS
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