No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 11 años

EL LIBRO DE LAS PREGUNTAS

Desde que éramos muy pequeños, mi papá nos compró muchos libros. En realidad, se dio a la tarea de conseguirnos muchas enciclopedias. Unas de volúmenes grandes como el Time Life y otras no tanto como la Quillet.
Había unos cuentitos que teníamos, donde sus páginas eran de pasta dura para niños muy pequeños. Así éramos nosotros, muy pequeños, y aprendimos a contar, con unos dibujitos donde una niña chaparrita y gordita, volteada de espaldas, mostraba dos chonguitos con un sólo moño rojo, y en la página anterior venía el número “1”. Siempre tuve la curiosidad de verle la cara, veía y veía por mucho tiempo ese mismo dibujo, tratando de imaginarme cómo era la cara de la niña, y también me daba un poco de ansiedad el ver que sólo traía un moño. ¿Dónde habrá dejado el otro?, me preguntaba, ¿se le habrá perdido?. Qué grandes interrogantes tenía en esos momentos. Al igual que uno de mis hermanos, que se pasaba horas y horas tirado de panza en el piso, con la cara recargada en sus manos, tratando de ver a qué horas salían de una almeja, aquellos ojos que se veían escondidos en su concha entreabierta. Era el dibujo de Pinocho con orejas y cola de burro, en el fondo del mar. Mi hermano a lo mucho tendría unos 5 años y yo 3.
Todo un mundo de interrogantes teníamos y un sólo dibujo podía captar nuestra atención por horas. Cada línea era importante, cada trazo, cada color. Y lo podíamos ver veintemilveces y no perder la esperanza de que aquél dibujo pudiera cambiar de posición.
Todavía no sabíamos leer y ya teníamos muchos libros. Unos, los cuales para mi hermano pequeño eran sus favoritos: los de dinosaurios, me sorprendía su inteligencia y su capacidad para aprenderse tantos nombres raros. Fue fan de los dinosaurios al igual que Calvin, el de “Calvin y Hobbes”. Tuvo muchos muñecos de ellos y se metía a bañar en la tina con todos. El mejor, era un enorme Diplodoco gris, con sus articulaciones movibles y su gran tamaño. Era fantástico.
Todo un mundo de información teníamos a la mano, los libros nos fueron de gran utilidad estando en la secundaria y la prepa, ya que en aquel entonces no había internet. Muy pocas veces, tuvimos que ir a la biblioteca de la escuela para sacar información, ya que casi todo lo teníamos disponible en casa.
Mi papá hizo la mejor inversión que pudo haber hecho: comprar enciclopedias y libros. Y no sé dónde, encontró una enciclopedia de los libros del “¿Porqué?”. Eran los libros de las preguntas: “Dime dónde”, “Dime cómo funciona”, “Dime porqué”…
Cientos de preguntas habían ahí, venían 2 respuestas: una sencilla y corta y otra más larga y científica. Por supuesto que yo sólo leía la más sencilla. Cada pregunta traía un dibujo para representarla y la lectura se hacía muy interesante.
Aún así, yo creo que un niño tiene más preguntas que todas esas. El grado de complejidad es incomparable y no creo que ningún libro pueda responder preguntas tan profundas, como las de un niño.
-Oye Papin…Preguntó mi hermano pequeño, acostado en la cama de mis papás, con las manos detrás de la cabeza y viendo al techo con los ojos chiquiiiitos, chiquiiiitos, tratando de visualizar su pregunta.
-Mhmmm?…Contesta mi papá medio dormido a mitad de su siesta.
-Oye Papin…y los dinosaurios…¿volan?.
-¡¿QUEEE?!. Se enderezó de golpe mirando a mi hermano.
Qué gran pregunta!, hasta ahorita, de todos mis hermanos, creo que ha sido la mejor que yo sepa.
Un día, hace mucho, quise anotar cada pregunta que me hacían mis hijos. Eran tan graciosas y ocurrentes, que eran dignas de haberse escrito. Pero no lo hice, fueron tantas, que fui olvidando aquellas anteriores, por la ola de preguntas que me venían a diario. Ahorita siguen preguntándome cosas. Pero ya no es ese bombardeo diario que me hacían antes. Hubiera estado padre, tener un compendio de las preguntas de tus hijos desde chiquitos. Ojalá y mis hijos si lo hagan en su momento.
Y sí…así fue. Cada niño, podría tener su propio libro de las preguntas. Y nos sorprendería realmente, la capacidad de imaginación y ocurrencia de cada uno. Sé que a veces, nos impacienta el tener que responder a todo, pero trata de responder a sus preguntas, a todas sus preguntas, porque habrá un día; en que no quieran escuchar tus respuestas.

Some HTML is OK