No sufrí al levantarme. No llegué tarde. No se me olvidó ningún hijo. No mandé a mi maridin al trabajo con dos yemitas. Y lo mejor de todo es que regresé al Gym y no me dolió!!

Publicado: Hace 11 años

VIVIENDO DE NOCHE

Llegaban los fines de semana y casi cada tercer fin de semana tenía una invitación para unos 15 años.
Fue la época de tercero de secundaria y primero de prepa; en donde los 15 estaban a la orden del día y nosotros felices de poder disfrutar de todos ellos.
Cumplí mis 15 ya en la prepa, y fue uno de los más padres de la generación!. Fue una noche estupenda!. La gente no se quería ir, y la música que tocaban, era de lo mas nuevo de ese tiempo. No sé quién disfrutó mas de la fiesta, si mis hermanos o yo.
Mi tiempo había empezado. Y de ahí en adelante, el gusto por las fiestas era mucho. No sé otras personas, pero mi interés de ir a bailar era mucho. No me gustaba quedarme sentada, y mientras otros platicaban y trataban de ligar, yo aprovechaba cada oportunidad que tenía para poder bailar.
El tiempo pasó y los quince años quedaron atrás. Fue entonces cuando empezamos a ir a tertulias en el Deportivo Español o en el Casino Tampiqueño, allá en Tampico. En el Regatas y en el Campestre también. Después, empezó la época de los antros.
Ya estábamos mas grandes, traíamos carro y salíamos en parejas. Fue una gran época!, teníamos un buen grupo de parrandas y la noche era corta para poder disfrutar de ella.
Queríamos hacer algo intrépido, algo audáz, pero siempre terminábamos cenando en el restaurant el Globito de la Plaza de Armas, o en el Kingdogs de Madero entre otros.
El dar el roll, era de ley, ya sea antes o después del antro. Nos metíamos todos en un sólo auto, no importando lo apretado que fuéramos, el chiste era ir juntos.
Muchas veces terminamos en la playa o en el malecón. Eran buenos tiempos, donde nunca nos preocupamos por la inseguridad. Teníamos cuidado de donde anduviéramos, pero hasta ahí nomas.
Hay una disco padrísima allá en Tampico. Se llama Byblos y todavía existe. Era fantástica!, se hacían colas para poder entrar. La crema y nata de aquella época, ahí se juntaba. Nos encantaba ir casi cada fin de semana, nos gustaba vivir de noche, esa euforia de las noches de antro.
Era clásico llegar a Cheto’s, un lugar donde preparan bebidas. Y pedíamos litros pal camino: Micheladas, Mojitos, Alfonso 13, Desarmadores, Mai tai, etc…
Y eso de que “pedíamos”, me suena a manada. Nunca he sido buena para el vino. Así que luego me agarraban de conductor designado. Sólo que una vez, no había comido ni bebido nada esa noche, entonces tuve una baja de azúcar y la hipoglusemia la traía a todo lo que daba. Me dijeron que manejara porque los demás andaban bien servidos, pero después de un rato, al ver mi hermano que andaba balbuceando y como que no manejaba derecho, mejor me quitaron del volante. La más grave era yo. Bueeeno puej!.
Ya estando casados, optamos por cambiar las noches de antro, por reuniones en casa. Nos íbamos rolando, cada semana en una casa diferente. Cargábamos hasta con chamacos y los dormíamos a todos juntos. Ellos felices y nosotros también. La noche era larga y a veces, dejábamos a los niños ahí a dormir.
Y sí…así fue. Mis hermanos y yo fuimos pachangueros. Mi casa la tomaban los amigos como punto de reunión, para de ahí partir a las fiestas. Superamos el récord del auto sardina y las noches se nos hacían cortas. Vivimos de noche tantas aventuras, que segura estoy, que las han de recordar muy bien.

Some HTML is OK