Dejen les cuento…para llegar a mi casa, hay que ir hacia el sur de Monterrey, por carretera Nacional y allá muy allá, uno llega a un lienzo charro, donde entran y salen camionetotas llevando hermosos y enormes caballos de aquellos que me imagino que han de ser de raza pura. Ahí cerca, sobre el mismo camino, tienen un pequeño rodeo donde hacen sus prácticas. Lazan vaquillas más que nada. Y es común ver en el camino a casa, a charros paseando por el pueblo.
Un día, tenía una junta en la escuela y salí echa la raya porque ya se me hacía tarde, y ya casi llegando a la iglesia del pueblo, que me topo con seis charros que iban paseando por el mismo rumbo. Abarcaban toda la calle, con sus caballotes grandotes y pompudotes, que era todo lo que yo veía. Iban platicando muy a gusto y yo con una prisa del demonio. Me sentía minúscula con mi pequeño carro y no quise tocar el claxon porque mi “Nic Nic” les sería incómodo. No quería molestar a los caballitos y yendo detrás de ellos pacientemente, se hicieron a un lado en la primera oportunidad que tuvieron.
Nunca me creerían en la escuela que por culpa de unos caballos hubiera llegado tarde…en fin.
La cosa es, que por todo el camino que atraviesa el pueblo para llegar al fraccionamiento donde vivo, hay cosas muy pintorescas y una de ellas es una casa que está justo en una curva, donde tienen pollos adolescentes. Me supongo que han de criar pollos, porque siempre tienen. Pero casi todos son jovencitos: flacos, de cuello largo, con cuerpecito, medio desplumados, con patas estiradas, desgarbados y muy poco presentables, digamos que se ven gachitos. Andan por ahí en la calle y corren todos despavoridos cuando pasa un carro, con tan poco porte, sin estilo ni nada que los identifique como esos gallos pechugones.
Así son los hijos cuando llegan a la adolescencia, a poco no?. Es una transición…o será mutación?, donde la vida no les beneficia en nada!. Poco agraciados, cuello largo, tronco pequeño, patas grandes, brazos hasta las rodillas, dientones, ojos juntos, algunos se ponen como fideos, otros se expanden, cabello rebelde, acné, problemas hormonales y un genio de la patada. Sin mencionar la falta de delicadeza, las buenas costumbres, la caballerosidad, poca higiene, el buen porte, la poca o nula audacia que puedan tener, la fatiga excesiva y el no saber el rumbo de su existencia.
Creo que me he quedado corta, eso y mucho más es lo que todos los días veo al ir a mi casa. Esos pollos adolescentes me recuerdan a mis hijos y mis sobrinos. Es como si la vida les doliera, sufren de flojeritis aguditis y de una incomprensión colectiva.
Aun con todo y esos males del demonio, se han dejado ir poco a poco a casa de sus abues allá en Cancún a pasar el verano. Por azares del destino, se han tenido que ir solos y los que todavía no, pronto llegarán desde Puebla, Tampico y Monterrey. Ya se están haciendo grandes e independientes y van demostrando su madurez. Gran reunión de nietos mutantes van a tener este verano mis papás.
Y sí…así fue. Tooodos pasamos por ahí, fuimos gachitos, poco agraciados, nada audaces ni mucho menos intrépidos. Sufrimos del mismo mal y nadie nos entendía, andábamos desorientados como esos pollos adolescentes tratando de organizar nuestras vidas.
En fin…luego se compone uno.
11 años
POLLOS ADOLESCENTES
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