Cuando éramos chicos, las salidas a comer en familia eran muy bastas. Uno cargaba hasta con la abuelita y muy numerosa se hacía la familia.
Éramos de un comer ligero, ninguno nos sobrepasábamos y mis papás jamás nos limitaron en algo. Pero al pasar el tiempo y al ir creciendo nosotros, la casa se empezó a llenar de hijos, sobrinos y amigos adolescentes. Sé que el estirón en los chavos es muy considerable y que la necesidad de comer más, es mucha, pero uno nunca deja de sorprenderse de cuánta necesidad tienen.
Se convierten en unos voraces tremendos, que si bien para algunos, parece que tienen la pata hueca, flacos flacos y largos largos. Otros, más amigajonaditos, esperan esa metamorfosis rara, de a ver cómo van a quedar dentro de unos cuantos años.
El tiempo les hará justicia, pero mientras tanto, hay que lidiar con esos raros especímenes, que andan rondando por toda nuestra casa.
Recuerdo que mi mamá, casi todos los días ponía a cocer frijoles y era lo que cenábamos. Frijoles refritos con aceite de oliva, mmmm ñam, ñam, ñam. Nunca me cansaré de comerlos. Claro que en aquél entonces, para nosotros era una delicia el que mi mamá los preparara todos los días. Lo que no sabíamos y que acabo de caer en la cuenta, era de que para ella, los frijoles era un muy buen alimento para saciar a cuatro hijos tragones.
Ahora comprendo el asunto. Aquellos tiempos, en donde parecía que jugaba a la casita con mis hijos pequeños, ya pasó. Las comiditas eran en proporciones muy pequeñas, el mandado me duraba casi todo el mes, el abastecimiento en mi alacena, casi nunca se acababa y los poquitos del día anterior, siempre salvaban el día. No había problema alguno.
Pero mis hijos, ya son unos adolescentes muy semejantes a un barril sin fondo. Mi refri necesita abastecimiento constante, las tapas de huevo me dan ganas de comprarlas por caja, no se diga de la leche y el pan. Los frijoles apenas me duran para el día siguiente y tal vez para el otro, los guisados que se suponen que son para dos días, apenas llegan para la noche, las jarras de agua, vuelan, y el pan y las tortillas también.
Claro está, que están en pleno desenrrollo, pero no es como para que lo tengan a uno en la inopia!. Y no se diga cuando vienen amigos a comer a la casa, porque arrasan con todo. Sufren de hambritis aguditis y aunque su tamaño lo demande, se me hace exagerado esa hambre voraz permanente. Toman leche como si fueran becerros, comen como pelones de hospicio y duermen como osos en pleno invierno. Grave transición de la naturaleza diría yo, sin mencionar las crisis existenciales que sufren y el gran sentimiento de incomprensión generalizada. Sufriditos con ganas, mártires por naturaleza y poseedores de un mundo, que todavía no les pertenece.
Pienso, que tanto sufrimiento para ellos, les ha de dar hambre, ha de ser eso. Y ahí ha de estar todo el meollo del asunto:
Sufrimiento = hambre
Incomprensión = hambre
Flojera = hambre
Sueño = hambre
Hambre = más hambre
Y sí…así fue. Que todo el asunto éste de la comedera, es por ese crecimiento desenfrenado que tienen nuestros hijos. Muchos papás tenemos que ingeniárnosla para alimentar a tan tremendos becerrones. Y aunque para algunos adultos ya mayorcitos, la etapa de crecimiento ya pasó, su panza y su antojo todavía siguen en un arrebato total, Ohh Sii.
11 años
PELONES DE HOSPICIO
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