Corríamos por todos lados, todavía descubriendo nuevos rincones, de aquella casa que nos vio crecer. Mirabas por la ventana, por cualquiera que fuera de ellas, y todo un verdor frente a tus ojos se desplegaba. La casa era grande y el jardín enorme, con grandes árboles frutales, que nos ofrecían frescas sombras.
Durante toda mi infancia, no recuerdo haber sufrido por el calor de Tampico, la casa era tan fresca, que todo el que llegara a ella, la consideraba un lugar de verdadero descanso. Ahí podías aclarar tu mente, después de un largo día de trabajo o de escuela, sólo tenías que pisar el porche de la entrada y ya estabas dentro de una energía positiva que pareciera que la casa misma irradiaba. Un gran refugio para todos era…mi casa en aquél entonces.
Ahí disfrutamos de grandes fiestas y reuniones. Mis padres siempre estaban dispuestos, a ofrecer su casa sin ningún problema y ya siendo adolescentes, ellos disfrutaban al igual que nosotros, de todas aquellas pachangas que hacíamos.
Mis papás fueron ampliamente conocidos y muy queridos por todos nuestros amigos. El ir con “Los Morales” era un punto de reunión muy agradable.
Esa casa, que durante muchos años estuvo a lado de un maravilloso pantano, un día empezó a rodearse de casas y edificios departamentales. Creíamos que ese lugar era exclusivo para nosotros. Pero no fue así. Toda esa privacidad y armonía con el medio ambiente, con el paso de los años, se fue terminando. Los espacios se redujeron, las fiestas se fueron acabando, la casa ya no era fresca como antes y mucho menos esa tranquilidad que reinaba en sus tiempos de gloria, ya no lo habría jamás, con el bullicio de los vecinos que tan cerca estaban.
La inseguridad fue la gota que derramó el vaso. Tiempos violentos se vinieron y mis padres tuvieron que dejar la casa de sus sueños. Treinta y siete años dejaron atrás junto con todos sus recuerdos. Y se fueron en busca, de una nueva casa.
Llegaron a Cancún con nuevas promesas de vida. Fue casi tan intempestiva aquella mudanza, que no hubo tiempo de extrañar el nido. La casa de los abues, ahora había quedado a la espera a que llegara un comprador. Parecía tan lejano ese día, que en lo personal sentía, que todavía había un pequeño lazo que nos estrechaba.
Más un día, después de un año, recibo un mensaje donde me dicen, que la casa de “los abues” había sido vendida. No puedo negar que un sentimiento de pérdida tuve en ese momento, algo en mí se desprendió, como si lo arrancaran de mi corazón. Tuve que dejar atrás aquellos recuerdos y poder abandonar la idea, de que ya jamás sería nuestra…
Sin estar planeado, mis padres tuvieron la oportunidad de poderse despedir de ella, en una ida a Tampico, poco antes de que se vendiera. Pienso tal vez, que hacía falta soltar de corazón, ese lazo que todavía los ataba a un sentimiento. Y con ese pequeño acto de agradecimiento, a aquella casa de sus sueños, todo un mundo de oportunidades se les presentaron en su nueva vida, lejos de Tampico.
Y sí…así fue. Ahora con gran entusiasmo, están construyendo la nueva casa de sus sueños y aunque hayan dejado atrás casa, amigos y la tierra que los vio florecer; hoy, una nueva vida con promesas…los espera.