Ja!, bueno, espero y así se diga. Y es que a todos en casa nos encanta ver películas, con botanita, palomas y toda la cosa. Pues desde que mi marido y yo éramos novios, íbamos muy seguido al cine; a veces hasta le ganábamos a la cartelera y ya no teníamos nada que ver. Nos preparábamos con tacos, tortas o lo que hubiera en casa, para llevarlo al cine.
Un día, no sé qué preparó mi marido, que al sacarlo durante la función puffff!, toda la sala se olió a lo que llevábamos y uno o dos asientos más arriba, una chava con un tonito de fresa dijo…¡ashhh huele a garnachas!. Cosa que no nos importó porque estaba deli. Y de seguro a más de uno se le ha de haber escurrido la baba.
Ahora, hacemos lo mismo con nuestros hijos. Me llenan la bolsa con comida, chocolates, cacahuates, jugos y todo lo que quepa. También las bolsas de las chaquetas o el pantalón son buenos lugares para traficar alimentos.
Pero hubo un tiempo, unos años diría yo, en el que dejamos de ir al cine. Fue cuando tuvimos a nuestros hijos, eran muy chiquitos y las idas al cine, tenían que estar totalmente programadas, sincronizadas con la Luna y las estrellas para poder ir. O mejor dicho, siempre y cuando los abues pudieran cuidar a sus nietos. Así que las salidas al cine, eran muy esporádicas.
Pero con eso de las antenas de Sky y un sinnúmero de canales, en casa podíamos ver pelis.
Primero tuvimos una tele de esas grandotas por todos lados, que la verdad no recuerdo si la compramos o qué. Necesitábamos de una gran mesa para ponerla y por supuesto que ocupaba mucho espacio. Y así con toda y la telesota nos venimos a Monterrey; luego tuvimos la oportunidad de comprar una pantalla plana y fue lo máximo, ya que nuestra recámara era muy pero muy pequeña, uno apenas le daba la vuelta a la cama y ya. Entonces, aquella tele plana que compramos, quedó excelente frente a nosotros, colgada de la pared sin ocupar espacios. Las imágenes eran grandes, colores bonitos, sonido envolvente, no no no no una chulada de tele.
Pero, yo no sé qué bicho le picó a mi marido, que unos años más tarde, compró una tele más grande, más plana, más ligera y más chida.
Así que la que teníamos, se pasó al cuarto de juegos de los niños y ahora nosotros teníamos la megatele.
En eso mi esposo me llama y me dice muy emocionado…
-¿Y qué tal, cómo la vez?.
-Pues de seguro se ha de ver muy
bien, desde la pared del vecino.
Es en serio!, con chica telesota, las imágenes se veían enormes, así como cuando vas al cine y te toca en mero en frente. Los ojos se te hacen viscos, no puedes leer bien las letras y sales con un dolorón de cabeza.
El caso es que estaba bien grandota para un cuarto tan chiquito. Pero a todo se acostumbra uno.
Ahora, que ya vivimos en nuestra nueva casa con techo, el espacio es lo que sobra, y tenemos el living para ver películas a todo lo que da, con sillones reclinables y sonido stereo, nos acomodamos muy agusto en piyama, con palomas, botana, cenita y algo de tomar por supuesto.
Y sí…así fue. El ir al cine y el ver películas en casa, lo disfrutamos mucho. Nos preparamos como es debido y la emoción de ver una buena peli, nunca termina.