En aquel entonces, cuando era chica, cada Navidad la pasábamos en México. Recuerdo el llegar a casa de mi abuelita, a ese lugar tan pintoresco, que más que nada, era parecida a una pequeña hacienda con su gran barda de roca volcánica. Sus olores y colores jamás los podré olvidar, era una combinación entre romero, el pasto fresco del jardín y toda esa roca volcánica, hacían de aquél lugar, algo inigualable.
Tepepan Xochimilco, era donde vivía mi abuelita, lejos de todo ruido, lejos de las grandes avenidas y de todo aquello que pudiera mostrar la modernidad de nuestros tiempos. Tepepan, siempre fue un pueblo junto a una gran ciudad, en donde el aire se respiraba muy puro.
Para ir por el pan o por algún refresco era toda una aventura, salíamos de esa gran muralla y a pie nos íbamos por las calles empedradas del pueblo. Todo era mágico, diferente, sus olores y colores, la gente con ese hablar tan curioso de siempre, los sonidos del ambiente; era algo así, como si el tiempo los atrapara eternamente.
Por las noches, a la hora de dormir, los sonidos se volvían más claros y nítidos. Así que me tomaba un buen tiempo el poder conciliar el sueño. Oía el tic tac del reloj y también el ruido de los carros al pasar. Pero como no había tráfico a esas horas, cada que pasaba un carro, era como tratar de visualizarlo desde que se oía venir…iiiiiiiiaaaaaammm….y allá se desvanecía a lo lejos.
Creo que me costaba algo de trabajo el poder dormir, y más, porque allá, muy allá, a lo lejos, se oían perros ladrar. Era plática de perros a la distancia, unos ladraban y otros más allá contestaban. Y siempre me preguntaba ¿de qué tanto han de platicar?, ¿se estarán pasando información importante entre ellos o estarán discutiendo por algo?.
-Oyeee!!
-Queeeé??
-No, tú no!
-Quién?
-Tu!!
-No tu!
-Cállate!
-Cállate tú!
-No, cállate tú!
-Que…te calles!!!
En fin…de algo importante han de platicar. Y ahora que vivo en un bosque, mucho de eso vuelvo a revivir. El cantar de los gallos a la distancia, el tilín tilín de las vacas, el camión que pasa allá por la carretera y la plática entre perros, es algo que oigo a lo lejos.
Nomás que ahora, Luna y el Roger, que son mis perros, se ponen a platicar con los perros del pueblo y por supuesto no dejan dormir. Andan con la cola levantada corriendo para allá y para acá sin tratar de perder el chisme con los perros.
Una noche, me encontraba profundamente dormida y al parecer entre sueños, oía ruido, como si estuviera lloviendo, me incorporé y le pregunté a mi esposo si llovía y me dice…shhh shhh shhh ya duerme, son los perros que están platicando. Y me volví a dormir. Vaya respuesta que me dio, cualquiera le hubiera dicho ¿Qué están qué?!!.
La verdad, nosotros no callamos a nuestros perros, dejamos que ladren, porque gracias a eso, han cuidado de la casa y de nosotros muy bien.
Y sí…así fue. Que todo aquello que parecía imperceptible a nuestros sentidos, ahí está, en lo más profundo de nuestros recuerdos, saliendo a la luz, cada vez que tocamos uno de ellos.