En aquél entonces, sólo éramos dos: mi esposo y yo. Tenía todo el tiempo del mundo y por las mañanas, como a eso de las once, prendía la tele para ver un programa de cocina, que había atrapado mi atención. Era fantástico, práctico, sencillo y lo mejor de todo, era con el sazón de nuestra propia tierra. El programa se llamaba “La Ruta del Sabor” y consistía en un chavo, que no sabía nada de cocina y que viajaba por todo México, por lo más recóndito de sus pueblos y ciudades, para entrar a las casas de personas que sabían hacer de comer muy rico en cada región. Así que desde sus casas, filmaban el programa y nos mostraban una gran diversidad de gustos y costumbres. El chavo del programa, me caía rebién, platicaba con Doña Juanita, Rosita, Chonita, Blanquita, Petrita y ahí, muchas veces a lado del fogón, no dejaba de poner atención a todo lo que hacía la Doña. Al final, él se llevaba todo el crédito, porque probaba cada platillo que hacían.
Era el único programa que veía y no me lo perdía para nada; con papel y pluma, siempre estaba preparada para poder anotar aquellos platillos que me interesaban. Al final de cuentas, me quedé con muchos de ellos, que todavía hoy en día conservo.
Después, me imagino que han de haber sacado del aire el programa, porque ya no lo vi más.
Mi gusto por el sabor de mi tierra, se acrecentó más y me di cuenta, de que no hace falta de la alta cocina para comer como reyes. El olor de cuando se tuestan los chiles secos, el cilantro recién picado, el ajo frito y todo aquello que hace que tu gusto se despierte, es algo que te arraiga más a tus orígenes.
Me gusta probar sabores, conocer gustos gastronómicos diferentes a nuestro país, pero esto, lo que ofrece mi México, no lo cambio por nada.
Ahora, que fueron estas vacaciones de Semana Santa, no teníamos pensado salir a ningún lado. Pero el último día de clases, mi esposo me llama y me dice, que si me gustaría que viajáramos a México. ¡Por supuesto que le dije que si! y dándonos prisa, dejamos todo listo para que al día siguiente saliéramos de viaje.
¡Toda una aventura nos esperaba! Y desde que hicimos escala en San Luis Potosí, emprendimos nuestra propia ruta del sabor.
Disfrutamos de cada momento en nuestras comidas, apreciamos la belleza que nos rodeaba y fuimos muy accesibles en los planes que continuamente cambiaban según nuestros tiempos.
Camino a México, paramos en un lugar muy grande sobre la carretera, en donde sirven barbacoa de pozo. Para poder entrar, hay que hacer fila, los meseros continuamente están en movimiento y sólo se ven pasar las charolas con grandes cantidades de barbacoa, para los comensales que ansiosos esperan.
Ahí sirven de todo: jugos exóticos, aguas frescas, pan con nata, postres, fruta, licuados, café, todo de todo y la gente no deja de entrar.
Nuestro viaje, se había convertido en un tour gastronómico, probamos de todo, nos metimos a los mercados, recorrimos muchos lugares, caminamos muchísimo, compramos artesanías a muy buen precio y nos tomamos un buen café. (Bueno, mi esposo porque yo no tomo café).
Mi delirio, fueron los tlacoyos, el atole de guayaba y los esquites. Y mi marido no descansó hasta encontrar las famosas tortas de Chilaquil. Todo parecía de película: los colores vivos, los juguetes de madera, el algodón de azúcar afuera de Chapultepec, las trajineras en Xochimilco, el pásele güerita y el sonido del Caballero Aguila en Teotihuacán; nos dejaron un gran sabor de boca.
Y sí…así fue. Que al parecer nos fuimos de viaje a tragonear nomás, pero es casi un pecado, el no probar todo aquello, que en tu ciudad no tienes a tu alcance.
Así, que aunque sea a una hora de tu ciudad, sal con tu familia, conozcan, convivan, prueben y nunca nunca, se les olvidará.