Habrá un tiempo, en el que los hijos pregunten, cuestionen y quieran saber el porqué de las cosas…eso decían los libros.
Decían que los hijos no esperan, que su tiempo es rápido y fugaz entre tus manos, que luego se van y a veces no quieren escuchar ya tus respuestas…
Ese tiempo, en el que los tienes todavía bajo tus alas, ese tiempo, es el mío y el de muchos más por supuesto.
Uno se siente grande y dichoso, porque sus platicas, dudas y comentarios te pertenecen todavía. Te hacen participe de sus cosas, te dicen lo que quieren y desean tanto. Compartes sueños e ilusiones que nos alegran día con día.
El vivir su adolescencia de manera intensa, sin juzgar, ni reprochar, tratando de llevarlos por buen camino, hacen que tu relación sea más estrecha.
El procurar escuchar y estar atento a sus necesidades, los hace estar siempre al pendiente de manera mutua. Los hace ser más sensibles y atentos a nuestras necesidades como padres que somos.
-¿Qué te pasa?, me preguntaba acongojado mi hijo. Notaba claramente que algo me sucedía. Preocupación, tristeza, enojo…no lo sé, pero algo extraño veía en mi.
-Tal vez necesites un abrazo, intuitivamente me decía. Y con todo el amor con el que sus brazos me pudieran rodear, me abrazaba tiernamente. Mejor cura, no pude haber tenido.
Me sentía dichosa, afortunada, única, por haberme mandado Dios a estos hijos tan atentos y observadores a lo que a mi corazón le pasara. Mi esposo y mis hijos han sido mis ángeles guardianes en todo momento, tan generosos y complacientes, que aligeran mi paso por este mundo, enormemente.
Volteo hacia atrás y veo con cierto dolor, el no haber sido así con mis padres. No recuerdo alguna vez en la que yo les haya preguntado “¿Estás bien?”. Uno como adolescente, vivía absorto en su mundo, que nada fuera de ello pudiera importarle. Recuerdo mis cosas y mis situaciones, pero no puedo recordar algo que yo haya hecho por ellos, algo que naciera de mí para que la carga como padres fuera menos. Y no me refiero tanto a la cuestión de trabajo y ayuda física. Me refiero, a esa ayuda sensible, emocional como persona, en la que a veces uno necesita que le quiten un peso de encima. Veía a mi papá con sus negocios, el trabajo, pendientes, deudas y a pesar de verlo tan abrumado, nunca me acerqué y le pregunté si estaba bien. Lo veía como cosas de mayores y que él de alguna u otra manera lo podría resolver. Sabía que siempre, siempre, siempre podría salir del bache. Pero nunca fui para decírselo…tal vez le hubiera aligerado un poco la carga.
También, nunca fui con mi mamá para preguntarle qué le pasaba, posiblemente, porque siempre la vi fuerte, como toda una amazona que no se deja caer. O tal vez, porque no me daba cuenta de sus flaquezas. Uno siempre veía a los padres, como dos grandes rocas e imperios indestructibles, pero muchas veces sin percatarnos de sus necesidades como seres humanos.
A pesar de todo esto, ellos fueron muy felices, sin reprocharnos nada, sin pedir nada, ni mucho menos, exigir nada.
Pero véanos ahora, no nos paran el pico cuando nos vemos!. Y no se diga por teléfono, porque de perdis una hora mi mamá y yo nos echamos. Los nietos ni se diga, como pulga en la oreja los traen a los pobres abuelos. No sé de dónde sacan tantos temas, pero es un bla bla bla interminable!. Y con eso de las comunicaciones, el Whatsap anda a todo lo que da en los grupos de familias.
Y si…así fue. Que los tiempos cambian y las necesidades y los grados de expresión son diferentes, se han vuelto más cercanas, más humanas y más sensibles. Tal vez, sólo tal vez, hemos adquirido una mejor conciencia.