Daban las 7:30am y ya teníamos que entrar.
Recuerdo ese olor fresco por las mañanas, con nuestros uniformes de pantalón de mezclilla y playera polo, tenis y una mochila al hombro algo pesada.
Era hora de entrar a clases. Y la secundaria era años luz diferente a lo que fue la primaria. Te sentías grande, sin tener que estar viendo a los niñitos de primaria andar corriendo por ahí. Las aulas, los pasillos, sus canchas, la cafetería, todo era muy distinto a todo aquello que había sido en mi primaria.
Habíamos entrado, a ese mundo insospechado de la adolescencia.
Éramos un conjunto de escuelas, en donde algunos se conocían y los de la mayoría dominaban. Otros no tanto, veníamos de primarias de gobierno y que sólo unos cuantos, habíamos pasado.
Los de los grupos mayoritarios, muy pronto lograban adaptarse a sus nuevas instalaciones, formaban grupos más grandes y se les veía recorrer los pasillos con más seguridad.
Los de los grupos minoritarios, con mucha cautela teníamos que aventarnos al ruedo, no podíamos quedarnos atrás. Algunos, sólo muy pocos, se relegaban demasiado y casi todo el tiempo se mantenían a distancia de los demás.
Así fue ese primer año de adaptación, en donde al final, ya te sientes parte de tu nueva escuela. Con orgullo portas su playera, te sientes parte de y aunque formes parte de algún grupo minoritario, ese grupo lo más seguro, es que se reencontrarán con mucho gusto, así pasen los años y los años.
Cursamos el primero de secundaria, todavía con algunos rezagos de nuestra infancia y más, si físicamente tu cuerpo no te lo permitía. Cara de niños y cuerpo de niños aún, no era algo que nos agradara a muchos. Te dicen que ya estás dentro del grupo de los de secundaria, pero al parecer tu cuerpo no se ha dado cuenta.
Algunos chicos, muy pocos, empiezan a estirarse desenfrenadamente, como si les hubieran echado mucha agua a las plantas. En cuanto a las chicas, ellas empezaban a tomar formita, a verse más lindas, a tener un cabello más dócil y manejable y a no traer el clásico moñito.
Otras, parecíamos que habíamos llegado tarde a la repartición de hormonas.
Nuestro segundo año había llegado y los grupos de amigos habían crecido, la secundaria se había convertido en nuestro segundo hogar. Y entre tareas interminables, trabajos por equipo y exámenes, había tiempo de hacer amigos.
Los grupos se mezclaban año con año y eso nos daba la oportunidad de conocer a más gente. El padre Fritz siempre nos decía “diversifíquense”.
El colegio donde estudié mi secundaria y prepa, fue de padres jesuitas y ellos impartían algunas materias.
Al llegar a tercero de secundaria, algo había pasado a muchos de nosotros. Ya no se nos hacían tan feos nuestros compañeros, mirábamos con cierto agrado a los chicos y nos ruborizábamos extrañamente.
Recuerdo, un chico con los ojos color miel más bonitos que haya visto, su mirada me cautivaba y esa sonrisa tan tímida, hacían que yo volara cada vez que me sonreía.
Tan llena de penita, me había fijado en un chico nada popular ni mucho menos destacado entre tantos otros que eran los que causaban suspiros en la escuela.
Me encantaba la clase de dibujo, porque se sentaba atrás de mí y cada vez que me pedía algo, yo me derretía.
Su timidez, el color perla de su piel, su cabello castaño muy claro, su sonrisa y esa mirada tan coqueta, me habían hipnotizado.
Algo muy extraño había sucedido en mi, de no haber pensado jamás en nadie, esos ojos color miel, me habían atrapado.
Y sí…así fue. Que esos primeros suspiros no se olvidan. Miras a un pasado y ves el destello del primer amor, si es que así se le puede decir.