Tal vez muchos no lo sepan, pero cuando yo me casé, me fui a vivir a una casa sin techo.
Así le decía, por ser como una pequeñita hacienda, en donde uno tenía que salir al patio interior para poder ir a las recámaras, a la cocina o a la sala. Y ya se imaginarán, en tiempos de lluvia, de calor o de frío. Teníamos que adaptarnos a las inclemencias del tiempo.
Pero a pesar de eso, yo era feliz.
Los años pasaron y al cumplir mi hijo mayor 6 años, nos mudamos a Monterrey.
El tiempo pasó y en una vuelta que tuvimos a Tampico, pasamos a ver nuestra antigua casa sin techo y no podía creer que ahí hubiéramos vivido. Tan pequeña, tan vieja, tan complicada para acceder a ella porque estaba en un segundo piso…nada de eso nos importó, éramos demasiado jóvenes para darnos cuenta de las carencias que teníamos.
Pero bendita juventud, hace que nuestros pasos, vayan conforme a nuestras aspiraciones. Poco a poco.
Así que ya estando en Monterrey y tener una pequeña casa con techo, era lo máximo!. Me sentía privilegiada de poder bajar en la noche por un vaso con agua y no tener que mojarme, o de perdis, no tener que estar capoteando al perro para que no me chupetiara mucho.
En fin, fuimos felices ahí también. Teníamos una vista maravillosa frente al Cerro de la Silla y cada mañana, lo primero que veía al salir de la casa, era ese cerro imponente frente a mi.
Pero la casa, a parte de ser rentada, era demasiado pequeña. De dos pisos, pero muy pequeña.
Mis hijos empezaron a crecer, a convertirse en unos adolescentes y ya no cabíamos ahí.
Por supuesto que nosotros, con más madurez y con una mejor estabilidad, aspiramos a tener una casa propia, grande y linda con la mejor ubicación.
Recuerdo mucho, en algún lugar por ahí que decía…”cuando busques la casa de tus sueños, debe de tener tres características muy importantes: ubicación, ubicación y ubicación”.
Así que eso fue lo que hicimos, buscamos la mejor ubicación para nosotros y resulta que la fuimos a encontrar allá en casuchi, bien alejado de la ciudad.
…Ya tenemos tres años aquí y a pesar de las distancias; el poder llegar a casa y sentir que llegas a tu santuario, eso, no tiene precio.
Vivimos en un bosque, alejados del ruido de la ciudad, rodeados de naturaleza, de fauna y de un aire tan puro que no lo cambiaríamos por nada.
Disfruto mucho el despertar de un fin de semana, donde no hay prisas y poder apreciar toda esa belleza que me rodea: los cerros a lo lejos, el verdor a mi alrededor, los pájaros con sus platicas matutinas…y el Sol, dándole color a todo ese panorama tan lindo. Todo eso y más, desde mi terraza lo veo al despertar.
Y sí…así fue. Que cada quién busca su mejor ubicación para vivir. De eso depende, la tranquilidad con la que se viva en ella.
9 años
UBICACIÓN, UBICACIÓN Y UBICACIÓN.
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