Hace muchos años, mi papá tenía un carpintero de confianza que le trabajaba muy bien. Don Joaquín y su ayudante Flavio, vestían de overol color caqui, con una gorrita toda vieja y desgastada igual que sus gruesos zapatos y toda su vestimenta.
Ellos siempre andaban juntos y aunque Don Joaquín era un señor ya grande, su ayudante Flavio aparentemente lo alcanzaba en edad.
No sé dónde los encontró mi papá. Pero mis recuerdos, son de ver a esos dos carpinteros, haciéndoles trabajos cada cierto tiempo a mis papás para el negocio o para la casa.
Don Joaquín, era un señor de mucho respeto, serio en su trabajo y muy cordial con el trato con mis papás. El señor Flavio, era más reservado, casi no platicaba, sólo de vez en cuando sonreía en algún comentario que se hiciera.
Yo estaba muy chica y me llamaba mucho la atención la profesión de estos señores, porque eran los típicos carpinteros así como los representaba el libro de texto en la primaria.
Mis papás siempre les demostraron el debido respeto que se merecían. Porque no sólo eran Don Joaquín y Flavio, eran “El Maestro Don Joaquín y su ayudante Flavio”.
Un día, nos tocó ir a su taller, allá por las afueras del centro de Tampico, un lugar viejo y antiguo igual que sus propios dueños. El olor a madera y aserrín le daba ese toque característico a ese lugar. Y era sorprendente cómo de ese lugar tan viejo y tan austero, pudieran crear tantas cosas con la madera.
Lo que me dio mucha gracia y a la vez así como que ternurita, fue ver pegado en las paredes, unos viejos pósters todos amarillentos y decolorados por el tiempo, de unas muchachonas en bikini!. ¡Que risa!, Don Joaquín se había quedado atrapado en el tiempo y me imagino que en aquel entonces cuando puso esos “intrépidos” pósters, tal vez era lo más escandaloso y arrebatador del momento.
Las chicas que ahí salían, parecían sacadas de la revista “sensacional de traileros”, muy al estilo de la Silvia Pinal, digamos que así como que muy rellenitas. Y aunque sus bikinis si eran chiquitos, no podían negar que se parecían a las mujeres vampiro que salían con el Santo.
El caso es, que aquel señor Don Viejito todo serio y respetable, tenía en su taller, como todos los talleres que podamos ver, unos cuantos pósters de muchachochas ahí colgados.
…Ahora, después de muchísimos años, un chofer que maneja un camioncito con publicidad móvil para el salón de Yoga donde yo trabajo, me recordó mucho a Don Joaquín.
Este señor Don Viejito, no trabaja por necesidad, sino por gusto. No quiere quedarse en casa sin hacer nada y creo que encontró el trabajo adecuado para él.
El día que llegó y se presentó conmigo para decirme que iba a ser nuestro chofer, llegó con un tic facial muy acentuado y casi no podía explicarme bien sus funciones en el trabajo porque el tic no lo dejaba y se veía consternado por su misma situación. Le ofrecí una botella de agua y le dije que tomara asiento. El día estaba muy caluroso y una pequeña pausa en la chamba le caería bien.
Así continuó yendo con nosotros al salón de yoga, todos los días a llevarme el reporte de su recorrido. Y durante un mes, sin falta, antes de las 11 de la mañana, ya estaba con nosotros. Entraba, se desacaloraba un poco y se sentaba. Me platicaba con pelos y señas cada uno de sus recorridos. Le emocionaba el decirme de lugares nuevos con mucha gente para poder mostrar nuestra publicidad y sus aventuras durante las rutas siempre me llegaba a contar.
Poco a poco, me fui dando cuenta de lo a gusto y contento que se veía Don Viejito, su tic ya casi era imperceptible y era evidente que le gustaba venir con nosotros a la platicadita diaria.
Y sí…así fue. Que si algo he de tener de mi santo padre, es el de ser platicadora. Ya hasta mis hijos se burlan de mi, de que platico con quien sea. Pero en estas ocasiones es diferente y muy especial, porque no siempre en la vida nos vamos a encontrar con algún Don Viejito al que le podamos hacer su vida más alegre.