Hace muchos años, cuando mi hijo el más grande tenía 3 años, lo metimos al fútbol sóquer, pensando en que fuera bueno, que el pequeño tuviera una actividad física.
Así que entró a un equipo, donde también había niños de su edad y más grandes.
El pobre no duró mucho tiempo, ya que nunca puso atención, de plano no le interesaba lo que el entrenador decía. Y mientras los niños corrían tras la pelota, mi hijo se ponía a jugar con la tierrita!.
Sinceramente es algo frustrante como padre, el ver que su hijo no es muy “normal” que digamos. Todos corrían menos él!. Así que después de varios intentos, decidimos sacarlo.
Nos dimos cuenta de que él era más intelectual, más analítico y que todo lo que fuera aprender, le gustaba. Ya para esto había cumplido sus 4 años o estaba por cumplirlos e inmediatamente, fue cuando lo metimos a clases de piano.
Cosa que le quedó como anillo al dedo. Y pronto, al término de ese año, tuvo su primer recital. Ya saben, fue puro plim plim plim, pero nosotros como padres, nos desasíamos al verlo tocar ante un público en un gran piano de cola.
Pero como mi hijo fue de los primeros en tocar por ser de los más chicos en esa larga lista de alumnos, sabía que no se iba a poder quedar quieto en su lugar por tanto tiempo. Así que fui hasta su lugar y le puse resistol blanco en las manos!…Siii ya seee!, han de decir vieja loca!, a quién se le ocurre hacer eso!. Pero yo sabía lo que tenía y si no lo mantenía entretenido, no podría quedarse en su lugar por casi dos horas.
Por eso pensé en todo y me llevé el resistol para que se entretuviera quitándoselo como pellejitos. Digooo, en ese entonces no había amansa tontos con algún celular o jueguito de video, que tristemente es el método más eficaz para los papás de hoy de quitarse a los hijos de encima.
A final de cuentas, todo fue un éxito. Pero al cumplir los 6 años, nos venimos a vivir a Monterrey.
Inmediatamente busqué una academia de piano y continuó con sus clases. Después entró mi hijo más chico, al cumplir los 6. Así estuvieron como por cinco años. Rápidamente se igualaron los dos en habilidades y tocaron en varios recitales.
Pero un día hubo que dejar todo y pasaron casi cinco años en volver a regresar.
Esta vez, mi hijo el más chico me pidió regresar al piano. Ya para esto casi cumplía sus 15. Sinceramente nos dio mucho gusto que de él saliera el querer regresar a sus clases y como desde siempre había tenido yo la tentación del piano, me animé a tomar clases con él.
Siempre había postergado mi oportunidad de poder aprender piano y aproveché la oportunidad de compartir esta aventura con mi hijo.
Así que a mis 45 años me metí a piano y ya son tres meses los que llevamos. Pero aunque mi maestro dice que voy avanzando rápido, yo siento que me faltan años luz para poder tocar una melodía, digamos, decentemente.
Veo a mi hijo tocar y parece que sus dedos vuelan, ha avanzado a pasos agigantados en tan poco tiempo y constantemente busca nuevos acordes.
Yo no salgo del plim plim plim con mis dedos tontos y mi cuaderno de figuritas y muero por aprender rapidísimo. Pero la verdad me sorprende cómo es que mis hijos pasaron por todo lo que yo he visto y lo han aprendido exitosamente y más a la edad que tenían. Mis respetos para ellos.
Y sí…así fue. Que no hay edad para aprender algo nuevo, en especial la música y más que verlo como una de las más bellas artes, es sentirlo, como un aliciente para el alma.
8 años
PLIM PLIM PLIM
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