Desde que tengo uso de razón, cada vez que nos raspábamos o nos dábamos un porrazo, mi mamá nos ponía salivita con su dedo. Y era algo mágico!, aparentemente el dolor disminuía.
Llegaba uno lloroso con la mami, cómo si fuera nuestro salvador y la única que pudiera quitarnos ese dolor.
Un ángel podía quedarse corto a comparación de ella y en realidad ese era mi pensar. No había nada ni nadie en este mundo que pudiera quitarme un dolor o un pesar.
Nadie quien con tanto cariño, dedicara ese tiempo para curar las heridas, para decirnos que ya pasó y que todo va a estar bien.
Las palabras también curan y suelen ser muy reconfortantes. Por eso, hay que tener mucho cuidado de lo que se diga cuando un hijo tiene un pequeño accidente, porque en muchos casos suele salir la clásica frase que me rechoca…¡Te lo dije!. Hasta parece que me jalan de los pelos, porque aparte de ser chinchosa, raya en lo odioso.
¿Pues qué no ves que le duele mucho?, tal vez sí se lo dijiste, que se iba a caer si se subía ahí, pero ya que se cayó y le dolió, encima le dices ¡Te lo dije!. (Esto a veces acompañado de un zape o manazo).
Digooo, no le vas a aplaudir, pero sí después de que haya pasado la crisis del trancazo, hacerle ver que te tiene que hacer caso.
…Hace ya unos años, mis hijos jugaban en un equipo de fútbol americano. En ese entonces, me encontraba en un partido de mi hijo el mayor y el más chico estaba en las gradas viendo el juego. Mi esposo no estaba, andaba de viaje, así que estaba sola con mis dos hijos.
Iba casi a la mitad el partido, cuando veo a mi hijo más chico, estar jugando con la reja de malla que daba al campo, se aventaba desde las gradas y rebotaba con ella, una y otra vez. Y le dije que no estuviera haciendo eso. No pasaron ni cinco minutos, cuando llega conmigo llorando y agarrándose la nuca.
…Se había caído contra el filo de las gradas y se abrió la cabeza…
Todo fue muy rápido, lo único que pudieron hacer los paramédicos ahí, fue ponerle una gasa para presionarle y detener un poco la sangre. Así que me lo llevé al hospital, de noche, sola y con un tráfico espantoso.
Lo único que le dije en cuanto vi a mi hijo fue…¡papacito, mira nomas!. Y sin perder tiempo me lo llevé al hospital y sin tanta palabrería, había que pensar claro y preciso para hacer lo que se tenía que hacer. Recuerdo que mi hijo soportó en gran medida el dolor, de repente gritaba más fuerte en cuanto los espasmos le venían y haciendo oídos sordos, me concentraba en manejar y llegar lo más rápido posible.
Con un brazo lo sostenía en su asiento y era lo único que él tenía de mí para agarrarse. Me apretaba fuertemente y fue cuando nos pusimos a rezar. Y lejos de pedir a Dios que todo estuviera bien, fue para poder distraer al niño del dolor tan fuerte que lo martirizaba.
Al final, ya que todo había pasado, le dije a mi hijo…papacito, pero si te acababa de decir que no hicieras eso… y me contesta muy acongojado…lo siento mami, no te escuché. Casi quería llorar al oírlo, cómo un niño tan pequeño se estaba disculpando conmigo por no haberme escuchado. En eso, recordé el momento en que le dije que no lo hiciera y fue cuando caí en la cuenta del entorno, la gente gritaba con sus porras, se paraban y aplaudían y toda una euforia se vivía alrededor, fue cuando le grité al Alex que no hiciera eso, pero tal vez cometí el error de no cerciorarme si me había escuchado o no…
Gracias a Dios no le dije “¡Te lo dije!”. Y todavía a modo de disculpa, me dijo mi hijo…mami, si te hubiera escuchado, no lo hubiera hecho.
¡Zopas! cachetada con guante blanco.
Afortunadamente no soy de las que dicen “¡Te lo dije!” y ese día abracé a mi hijo en todo momento para poder sanarlo de alguna manera.
Cremita era lo que les ponía a mis hijos cada vez que se caían y en realidad era árnica, todo el tiempo la cargaba conmigo, pero para mis hijos era “cremita”, la que curaba todo.
De chica, mi mamá nos ponía iodex en los chipotes y era una pomada negra que olía…pues a iodex, claro.
Y no sé porqué, pero el Escuis de Hierro sabe a iodex. Los que son de Tampico sabrán de lo que les hablo.
Pero mi mamá siempre ha sido muy versátil, ella nos pone ajo para los piquetes, sábila para las quemaduras, el pellejito de la cebolla cuando te cortas cocinando, tomillo en la planta de los pies para la gripa, vaporub en el pecho para las vías respiratorias, gárgaras de bicarbonato para las flemas, té de manzanilla para limpiar los ojos lagañosos, té de bugambilia para la tos y un poco de salivita entre otras cosas.
Pero lo que más cura, son los apapachos.
Y sí…así fue. Que te lo dije que no dijeras “te lo dije”. No por favor, es hiperodioso y la gente se hace más hiperodiosa cada vez que lo dice…en fin!
8 años
¡TE LO DIJE!
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